El silencio de los Corderos

La Voz

GALICIA

DANI GAGO

J. Á. FARIÑAS ANÁLISIS Los procesados por el alijo de Tapia se desdicen de sus declaraciones

23 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

A historia que han contado los diez acusados se resumiría en que ninguno de ellos tuvo nada que ver con aquella película. Alfredo Cordero, según sus propias palabras, estaba por aquellas fechas dedicado en cuerpo y alma a atender la cafetería-bolera que montó en Vilanova de Arousa, pueblo natal de su mujer. De Francisco Javier Martínez Sanmillán, el gafitas, su viejo compañero de fatigas de los tiempos del banquillo del macrojuicio celebrado en la Casa de Campo de Madrid, sigue sin saberse nada, porque hasta el momento no se ha dado por enterado de que tiene a su nombre tres órdenes internacionales de busca y captura. Se sabe algo más de su cuñado, José Sanjorge Casal, quien se presentó voluntariamente medio año después de la aparición del alijo, y al que también le pueden caer veinte años de cárcel, como a Alfredo Cordero. Sanjorge insiste en que no tiene nada que ver con los hechos, a pesar de que hubo alguien que lo identificó como la persona que ese día pilotaba la planeadora que acercó la droga hasta la costa. José Ramón Ortigueira Trasande, otro de los presuntos jefes, también lo negó todo en el juicio que se celebra en la Audiencia Nacional, y como prueba de su buena fe contó que durante ese año había pujado por llevar las andas de la Virgen en las fiestas de su pueblo. Aladino Mora, vecino de José Sanjorge en la parroquia pontevedresa de Lérez, lo tenía más complicado porque fue el único al que los agentes de la Guardia Civil detuvieron en el escenario de los hechos: un maizal próximo a un acantilado. Tan complicado lo vio este hombre que lo cantó todo desde el primer momento, primero ante la Guardia Civil y más tarde ante el juez. Sólo se desdijo cuando le comunicaron el auto de procesamiento. Ahora, en el juicio, alega que aquellas declaraciones se las sacaron por la fuerza. Como prueba, aporta los moratones que presentaba en la cara y en un ojo. Pero el forense que le reconoció en su día aseguró que esos hematomas eran anteriores a los hechos que se juzgan. También se desdijeron de sus declaraciones sumariales Vicente Rial, José Luis Barata y José Manuel López García. Ni siquiera se molestaron en ofrecer una coartada que fuese coherente. Hasta la testigo protegida del caso se volvió atrás. ¿Qué le queda ahora al tribunal? El cuerpo del delito, las declaraciones sumariales realizadas por todos los acusados y los testimonios aportados por los guardias civiles que intervinieron en la operación. El fiscal del caso cree que tiene bastantes pruebas para poder conseguir una sentencia condenatoria. ¿Tendrá razón?