Mientras la mayoría de la población disfruta del período vacacional, los internados en centros médicos viven sus particulares calvarios Nada de fiestas. Nada de alegría. Sangre, sudor y lágrimas en versión moderna. Las personas que se ven obligadas por la enfermedad a pasar el verano hospitalizadas tienen el «hotel» pagado, pero éste tiene permanentemente las puertas cerradas para ellas. Las ventanas, con el sol entrando como un triste sarcasmo, son el único lugar por el que parece que se filtra la vida. Prisioneros de su propio cuerpo, los hospitalizados _y según la sala en que se encuentran_ «disfrutan», como cualquier recluso, de sus particulares «vis a vis» con familiares y amigos, que, en cierto modo, también tienen hipotecadas sus vacaciones.
25 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.La orden de ingreso de Carmen, una joven de los alrededores de A Coruña, en un hospital de la ciudad coincidió con los preparativos de su hermana para irse una semana a Canarias. Las dos hicieron las maletas al mismo tiempo, pero su contenido no se parecía en nada. La de Carmen pesaba poco, llevaba lo imprescindible para un viaje corto, aunque el regreso era una incógnita. El médico le había entregado el billete de ida hacía dos días. Tenía que ser intervenida a causa de una dolencia en el esófago. Después de pasar por admisión, le adjudican una suite con vistas a la playa. En el arenal, vecinos y turistas se tuestan mientras meriendan. Carmen cierra los ojos y se toma su cóctel de pastillas y su ración de sol a través de la ventana. Las visitas Sus nervios a flor de piel saltan al oír abrir la puerta. Son varios miembros de su familia. La hora de visita comienza. Palabras de ánimo y alguna indiscreción van a ser su aportación diaria. En la misma habitación, Josefa gime cada vez que tiene que darse la vuelta en la cama. La cuchilla ya había hecho su trabajo en sus carnes. Aún conserva el moreno de los rayos de julio, mes en que le fue diagnosticado un tumor en un pecho. «¡Maldito verano! Siempre lo recordaré», repite. Carmen sale de la sala y empieza a recorrer el pasillo. Ojos con miradas tristes, en los que se refleja el invierno ¡en pleno agosto!; saludos en voz baja, y silenciosos «lo siento» en cada gesto de los que se cruza. ¡Maldito verano!