¡Cuidado ahí, cuidado ahí, la botavara!

La Voz

GALICIA

XOSÉ CASTRO

El verano abarrota de aspirantes los cursos de navegación a vela promovidos por clubes náuticos y escuelas privadas en todo el litoral gallego «No me hagáis reír, no me hagáis reír, que si me río me descontrolo». Sonia llevaba la caña del barco, antes llamada timón, cuando la situación a bordo empezó a empeorar. A sotavento (y esta posición es importante), uno de los tripulantes se afanaba en cebar peces a costa de su descomunal mareo. A barlovento, alguien trataba de hacer lo propio con sus tripas, para lo que habría de ganar el corto espacio que va de lado a lado del Yatlant. Pero... Ya era demasiado tarde. La botavara, la temida botavara, se abalanzaba sobre su víctima, amenazando con arrancarle la cabeza de cuajo. Las carcajadas de Sonia se oían a millas. Era el primer día del curso de vela. El último...

13 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

A CORUÑA. MONTSE CARNEIRO Redacción Era un curso de vela. De ésos que hace la gente en agosto, por aburrimiento, por envidia de los que se fueron de vacaciones o por exceso de lectura de Stevenson y Cook. El caso es que allí estaban, en medio de los pantalanes, quien más quien menos envalentonado, y sin saber qué es babor y qué estribor. «La idea es que al acabar los cursos podáis gobernar el barco solos», confiaba el monitor. «Venga, que nos compramos uno», retaba un grumete. El velero, de unos siete metros (3,2 millones de pesetas), gozaba de buena estabilidad, lo que hizo posible que nadie cayese al mar y que, a pesar de la juerga de quien llevaba la caña y del consiguiente desgobierno del barco, nunca llegase a volcar. Era vela de crucero, cosa fina. El espejo de popa El primer día lo aprendieron todo. Aprendieron a ser prudentes y a ser osados. A desayunar Biodramina, no perder de vista la botavara (ese palo horizontal que fija la vela mayor y se mueve de lado a lado con la fuerza que le viene en gana) y a pasar la mañana viendo el espejo de popa de un barco gemelo. Incluso a ser superados por barlovento (lo peor), por una tripulación que hasta entonces sólo había suscitado chismes. Aprendieron a sentir el viento, a mirar al horizonte y querer llegar, a pensar en las estrellas que guían los rumbos, a navegar. ¡Jo si es necesario! Jorge Pereira, el monitor, consentía el silencio. Abandonados los cuerpos, libres de toda compostura, los grumetes perdían la mirada en un punto incierto que ni es cielo ni es tierra ni es mar. Ni el pecho de Hércules podría abrigar corazones tan agitados. Fuera, silencio. El viento, el barco y el mar. «Orza, que trasluchamos» Eso descubrieron el primer día. Los siguientes sirvieron para repasar y notar en falta una racha mínima que impulsase el velero por encima de los cuatro nudos. Pero no llegó y entonces se impuso la lógica y el sentido común, o de la oportunidad, o como quiera que se llame. Asistieron a clase. Bajaron de las nubes y organizaron maniobras, que es el principio de navegar. Virada por avante, venga, calza esa escota, orza, orza, que trasluchamos, bien, arriba un poco, que no flamee el foque, arriba, arriba, bien, bien, así está bien. Juraron por su honor que nunca más les pasarían por barlovento, juraron que nunca más saldrían al mar con las boyas puestas, juraron que jamás les llamarían «panda de domingueros». Tuvieron que tragarse la jura y el honor. Pero el último día, cuando iniciaban la maniobra de regreso a puerto, lanzaron un último juramento. Volver a navegar. Brindis con vino y empanada de xoubas. Hoy es el día.