«Movida» y ejercicios espirituales

REDACCIÓN SANTIAGO

GALICIA

SANDRA ALONSO

Las monjas benedictinas mantienen su vida contemplativa cerca de A Quintana, la plaza que acoge más conciertos de verano en Santiago Los calores de agosto hacen que, como en el milagro de los panes y los peces, los conciertos se multipliquen en la plaza de A Quintana, en Santiago. Mientras Joaquín Sabina cerraba las actuaciones del mes de julio con las provocadoras letras de su disco «Diecinueve días y quinientas noches», las madres benedictinas del convento de As Pelaias entonaban sus últimos cánticos del día. Cuando se iniciaron este tipo de actividades, las monjas se quejaban del estruendo que hacían los compases de espectáculos como el de la Naranjo, pero ahora el sonido de noches de rock, pop o folk se mezcla sin problemas con sus ejercicios espirituales de verano.

11 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

El centro de Santiago es como una especie de cóctel molotov en el que los sonidos de la Berenguela se mezclan con el murmullo de los miles de visitantes que cada día entran en la catedral, con los reclamos publicitarios de los mercaderes que rodean este templo, con los ritmos de los conciertos que acoge O Obradoiro, A Quintana o la praza de San Paio y con el bullicio de la movida nocturna que inunda la ciudad. Ahí, en el epicentro mismo de la nocturnidad compostelana, las madres benedictinas mantienen la tranquilidad y el orden. Son unas supervivientes que saben mantener la compostura incluso ante La Bomba, que cada noche se repite una y otra vez en los pubs que rodean la entrada de este monasterio urbano. Y es que, pese a todo, la vida en el interior de un convento de clausura, como diría Julio Iglesias, «siempre sigue igual», incluso en el caluroso mes de agosto. Vida dedicada al trabajo Ni la estratégica ubicación de su especial hogar altera el quehacer diario de las benedictinas compostelanas, unas monjas con una actividad muy similar a la del resto de habitantes de los conventos que todavía se mantienen activos en toda la comunidad. El reloj no perdona y cuando los primeros rayos de sol empiezan a entrar por las ventanas, las hermanas se levantan ya para interpretar sus laudes, los rezos cantados de la mañana. Si durante el curso la residencia para señoritas es la que ocupa la mayor parte de su tiempo, los ejercicios espirituales, las pastas, las magdalenas, las tartas de Santiago y de milhojas por encargo o los arreglos de ropa centran sus labores este mes. Aunque el torno existe, una ventana presidida por una reja es la que las comunica con el mundo exterior. Ahora, en verano, sólo diez metros separan ese pequeño marco de las terrazas en las que los turistas se mezclan con los compostelanos de pro para ocupar un buen puesto en la praza de San Paio, un espacio que se consolida como el escaparate estival de las noches compostelanas.