La arquitectura, el poder y el oportunismo de Le Corbusier

FUGAS

La exposición «The Architecture of Power» puede visitarse en el Pabellón Le Corbusier de Zúrich hasta el 29 de noviembre
La exposición «The Architecture of Power» puede visitarse en el Pabellón Le Corbusier de Zúrich hasta el 29 de noviembre -

Una exposición reflexiona en Zúrich sobre la ambigüedad política del arquitecto franco-suizo

09 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

El poder se puede materializar de muchas maneras, pero se representa mediante una por encima de todas: la arquitectura, que labra el teatro de la autoridad y establece la relación con sus dominados. Desde las pirámides, tanto las instituciones religiosas y políticas como la nobleza siempre han aspirado a crecer en ornamentación y tamaño; entendían la grandiosidad como expresión del orden, la permanencia y la jerarquía, como un puente entre lo terrenal y lo eterno.

Las grandes crisis existenciales del siglo XX obligaron a repensar la concepción civilizacional de cada pueblo. En Europa, el fascismo y el comunismo proponían modelos de un nuevo mundo y, con ellos, necesitaban una nueva forma de organizarlo y habitarlo. Su poder sin límites daba a la planificación una nueva dimensión física y propagandística, que elevaba al régimen y subyugaba al individuo. Pero, en muchos casos, el afán experimental se limitó al papel, como ocurrió con algunos de los proyectos más transgresores de Le Corbusier, que no tuvo reparos en intentar seducir a Mussolini, Hitler o Stalin para llevar a cabo su idea de ciudad como «máquina de vivir».

«En la época de entreguerras, Le Corbusier propuso proyectos que buscaban nada menos que reformar la sociedad de acuerdo con principios autoritarios», recoge la exposición The Architecture of Power, que se exhibe en el Pabellón Le Corbusier de Zúrich. En la planta inferior de este edificio, que es un buen ejemplo de la funcionalidad de Le Corbusier, podemos observar las ciudades utópicas ideadas en la década de los 1920: la ciudad contemporánea para tres millones de habitantes y el Plan Voisin (que proponía una reconstrucción de París), dos proyectos con un afán de pureza, control y eficiencia que no se alejaban del entonces incipiente fascismo. «Le Corbusier fue, a la vez, un testigo, un crítico y un participante clave para una era en la que la arquitectura se convirtió en una forma de expresión totalitaria», se lee en la muestra.

El pabellón Le Corbusier, de Zúrich.
El pabellón Le Corbusier, de Zúrich. -

Hacia el final de esa década y en el contexto de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM), Le Corbusier se presenta al concurso para la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra con un edificio transparente, funcional y monumental, una «máquina diplomática» que representa la idea de la paz en un «orden nuevo y supranacional», pero que no convence a un jurado demasiado conservador y académico. También entonces propone el que fue, posiblemente, su proyecto más rompedor: el Palacio de los Soviets de Moscú, igualmente descartado por no encajar en la retrógrada doctrina del socialismo realista impuesta por Stalin —aunque en la capital rusa todavía brilla el edificio Centrosoyuz, con reminiscencias constructivistas—. Lo mismo le ocurrió en la Italia de Mussolini, cuya estética clasicista no aceptaba las propuestas de Le Corbusier, y en la Francia de Vichy, con la que tampoco consiguió construir —los nazis acusaron al arquitecto de «degenerado»—.

Disciplina en cinco principios

Fueron, en cualquier caso, proyectos que lo consagraron como uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX; sus cinco principios, expuestos en 1927, marcaron para siempre la disciplina, pero él no se quedó ahí. Su método es la búsqueda paciente, una constante observación, reflexión y propuesta que evolucionaron con la sociedad. Astuto y oportunista, tachado de bolchevique, fascista o antisemita, es un genio que desafió a todas las posturas y pasó a la historia como una figura fascinante. Su dinamismo, ligereza y aparente sencillez quedan patentes en el pabellón zuriqués que acoge esta muestra, de una arquitectura que concede tanto protagonismo al vacío como a lo material, y que sigue siendo formidablemente fresca.

Si entre 1920 y 1930 la vocación clasicista de los dictadores europeos se impuso a los principios visionarios de Le Corbusier, este acabaría encontrando en la democracia y el multilateralismo el espacio para expresarse con dos de sus mayores proyectos: la ciudad de Chandigarh y la sede de la ONU en Nueva York.

El artista estaba a merced del tirano, pero el arte acabó sobreviviendo a la tiranía. La atracción entre arquitectura y poder, con todo, no ha terminado.