«Tengo miedo torero»

Mercedes Corbillón

FUGAS

El escritor y «performer» Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015), afilado cronista desde la militancia política y sexual, desde la izquierda y su condición de gay
El escritor y «performer» Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952-2015), afilado cronista desde la militancia política y sexual, desde la izquierda y su condición de gay Andrés Cánepa

Me hubiese gustado conocer a Pedro Lemebel, aunque hasta no hace demasiado ni sabía quién era, incluso ahora me cuesta escribir correctamente su nombre. ¿No debería llevar una tilde en la segunda e? Pues no, pero tendemos a corregir a los demás, individual y colectivamente, hasta en los acentos. Debió de ser duro para él ser abiertamente gay en el Chile de los ochenta, vistiéndose de mujer cuando le daba la gana. Dicen que con su amigo Francisco Casas se dedicaban a hacer escraches en las presentaciones de libros, como si a alguien le importaran las presentaciones de libros. Bueno, claro que sí. Los libros están de moda, pero esa es otra historia que se me mezcla aquí imaginando a Hilda, la mujer de Pinochet acudiendo a un acto literario.

En fin, que debía de ser un personaje, pero además era un escritor extraordinario. Su novela va pasando de mano en mano, creciendo con esa cosa que no es márketing, sino una voz que recomienda a otra voz que llega a la librería y deja recado. Siempre hay uno o dos o tres ejemplares de Tengo miedo torero en las estanterías. Ahora de dos sellos. Cómo es ese cambalache editorial no lo sé, pero ahí están las ediciones de Las Afueras y Seix Barral. El otro día lo compré, adivinando que es uno de esos títulos que se quedan contigo. Hay novelas potentes, bonitas, poderosas, interesantes y hay novelas que, además, son mecanismos exactos. La vida está ahí, fangosa y exuberante como el corazón de la selva, pero además está la estructura que mantiene el relato en un equilibrio perfecto. Mientras la gran historia está pasando, la pequeña historia tiene toda la fuerza para quien la está viviendo. En la novela, los Pinochet acuden a su casa de los cerros, ella se pone sombreros y él despide a soldados amanerados. El país los ama, como creen siempre los dictadores, ajenos a los movimientos que pretenden eliminarlos.

En una esquina de la ciudad, un Santiago de «vibrantes colores y grafitis violentos», una mujer trans recibe a un joven estudiante y le deja guardar las cajas de los libros en el trastero mientras se enamora de él, de su nombre que repite «como si bordara las letras en el aire». La historia pequeña eclipsando a la historia grande. O al revés.