Un chico recuerda a su padre quizás con la intención de olvidarlo para siempre, o al menos olvidar que un día, cuando tenía 15 años, encontró su cuerpo colgado de una viga en el garaje de la casa del bosque en la que había crecido...
23 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En la novela que estoy leyendo un chico recuerda a su padre quizás con la intención de olvidarlo para siempre, o al menos olvidar que un día, cuando tenía quince años, encontró su cuerpo colgado de una viga en el garaje de la casa del bosque en la que había crecido. No fue una sorpresa, los que sufren van dejando huellas. A veces, cuando caminan, hacen surcos en la tierra de tanto que les pesa la existencia, lo cual no impide que esa deserción nos resulte incomprensible.
El narrador, que también es el autor, le habla a él, al padre del que heredó los rizos o los gestos, ese lenguaje anatómico que no sirve para explicar la ausencia ni tampoco una vida, pero quizás asusta porque quién sabe si se pueden heredar las ganas de morir. Nadie quiere un legado suicida guardado en el cajón de las escrituras.
Tal vez el libro de Pol Guasch es un intento de exorcizar esa posibilidad, la de seguir los pasos del padre y del abuelo, que antes había elegido el mismo escenario para hacer mutis por el foro. En el relato se aparecen otros suicidas, fantasmas que guardan un secreto que solo conocen ellos. Anne Sexton, que deseó para sí la muerte de Sylvia Plath que metiendo la cabeza en el horno se anticipó a la suya. Ladrona, la llamó en un poema. Plath había escrito: «Morir/es un arte, como todo/ y yo lo hago excepcionalmente bien». Su hijo, que estaba en el cuarto aquella mañana, se suicidó unas décadas después, quizás espoleado por ese designio, «una sombra que se esparce», dice el narrador, una mancha imparable.
No todos los suicidas son poetas, pero todos los muertos son una incógnita, «¿quién sabe lo que esconde una reliquia?».