«Pequeñas cosas como estas»: Un héroe tímido contra los horrores de las Lavanderías de la Magdalena
FUGAS
Cillian Murphy protagoniza una historia profunda y silenciosa que se intuye, pero no se cuenta
21 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.A veces las historias viven en el no relato. En los pequeños silencios que dejan el tiempo justo para respirar antes de la siguiente palabra. En lo que todos intuyen pero nadie quiere mirar claramente, por si acaso. Así fluye Pequeñas cosas como estas, de la mano de un Cillian Murphy que entiende las profundidades a la perfección. Así, bajo la superficie, esta última película de Tim Mielants se adentra en las oscuridades de las Lavanderías de la Magdalena en Irlanda; instituciones católicas que amparaban a «mujeres caídas» —que habían perdido la virginidad antes del matrimonio, que habían sido expulsadas de sus casas, prostitutas, violadas o madres solteras— y procuraban su «redención». Estas mujeres, consideradas no aptas para la sociedad, debían trabajar sin remuneración en condiciones infrahumanas, lavando la ropa, haciendo encajes y costuras, a veces maltratadas de por vida.
Alzar la voz cuando todos callan
El relato de la película, la superficie, transcurre entre el presente y el pasado de Bill Furlong (Murphy), un hombre introvertido, atormentado por la muerte prematura de su madre. La historia profunda comienza cuando una mañana, repartiendo carbón en una Lavandería de la Magdalena, ve el ingreso forzoso de una mujer embarazada. Respira y late cuando Furlong se levanta por las noches, envuelto en sus recuerdos, incapaz de mirar hacia otro lado, como muchos personajes le recomiendan a lo largo del metraje. Y florece cuando, de madrugada, encuentra a una joven desfallecida en el cobertizo donde suele dejar los sacos de carbón. Un punto de inflexión a partir del cual emprende una batalla invisible contra sí mismo y contra lo que se espera de él. Una lucha sutil contra el silencio cómplice —por miedo— de su mujer y sus vecinos; incluso contra los sobornos y amenazas de las monjas. Y, sin quererlo, demuestra que la timidez y la valentía no tienen que ser antónimos.