La luna asoma tras las nubes, como dibujada por un niño en una pantalla de esas que se borran en un movimiento. Puede desaparecer en cualquier momento pero ahora está ahí, jugando al misterio, como la propia ciudad, regalándome un plus de belleza en este momento de copa de vino en la terraza de un piso enorme de la vía Duomo. Me temo que hemos gentrificado a su dueño, que nos ha dado las llaves y se ha retirado a otra ala de la casa, un poco encorvado, apurándose en cerrar la puerta, como si quisiera preservar lo que queda de su intimidad o de aquellos tiempos en los que no necesitaba alquilar esta habitación de techos altos y balcones desde los que se atisba el mar. Incluido en el precio está la noche de septiembre, cálida, húmeda, ruidosa. Nápoles parece refractaria al orden y al silencio, como si sus habitantes hubieran aceptado que el universo tiende a la entropía, al caos, y que es inútil pasar una escoba a la acera donde pasan la tarde sentados sobre sillas de plástico. Hay algo egregio en esas señoras que veo en la puerta de sus casas, al lado de tendales donde han olvidado unas bragas amarillas. Nunca sé si están preparados para una colada o para una instalación artística. Sin ropa, con sus alambres torcidos parecen esculturas de Louise Bourgeois; con ella, podrían ser estandartes de reinos antiguos. Nápoles semeja ser la ciudad más vieja del mundo y, al tiempo, provisional, como si nunca quisiera acabarse del todo. Por eso es tan viva, porque la vida es tránsito y que la tierra se mueva o el volcán ruja sirve para recordar que todo puede desaparecer en un día, tu aliento o Pompeya.
Adoro Nápoles, como adoras a alguien que no entiendes, agónicamente, sabiendo que es pura contradicción y desacato, rebeldía indiferente, exceso y nihilismo en un mismo cuerpo lleno de pliegues, de recovecos, de escondrijos que, en realidad, solo quieren mostrarse. La Nápoles que describió Walter Benjamin en un artículo que escribió a medias con Asja Lacis, a la que conoció en un mercado en Capri. Lo leo en un librito editado por Casimiro. «Los edificios se convierten en teatros populares». «Incluso el más mísero de los seres actúa con aplomo cuando advierte obtusamente (…) que forma parte del gran espectáculo». Así me siento yo.