Isabel Mellén, historiadora: «La pornografía nos hubiera parecido un sinsentido en la Edad Media. Gente copulando, ¿y?»

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La autora de «El sexo en tiempos del románico» descubre el papel de las mujeres de la nobleza en el siglo XI

11 oct 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Fíjense bien cuando entren en una capilla. Una cantidad no insignificante de las que salpican nuestra geografía fueron promovidas por las clases nobiliarias del románico. Templos privados que los obispados se adjudicaron. Si en alguno contemplan una escultura con posturas extrañas, es lo que piensan. En Galicia, la historiadora del arte Isabel Mellén (Vitoria-Gasteiz, 1986) nos recomienda ir a San Martiño de Mondoñedo.

Su libro, El sexo en tiempos del románico (Crítica), es una indagación sobre el papel que tenían las mujeres que figuraban en estos edificios. No solo en los documentos, también representadas. De su investigación por el noroeste de España, tiene una escena preferida. «La orgía de la iglesia de Santiago el Viejo de Zamora te rompe cualquier esquema que tengas».

—Ahora ya sabemos quiénes son...

—Estas representaciones se han mirado con los ojos de la misoginia actual, y se buscaron otras explicaciones: escenas bíblicas, Adán y Eva... ¿Cómo una señora de bien, que ha puesto el dinero para esa iglesia, querría representarse así?

—¿Por qué eran tan abiertos?

—La sexualidad de los siglos del románico es todavía heredera del modelo sexual anterior, el romano. De hecho, en pensamiento e ideología, aún son muy romanos.

­—¿Cuándo comenzó el cambio?

—La sexualidad se empieza a querer convertir en un tabú, precisamente, en el románico, a partir del siglo XI, cuando la situación hegemónica es la contraria, una sexualidad sin tapujos que para las clases nobiliarias es motivo de orgullo y la base de su poder político, tienen una sangre que han ido seleccionando generación tras generación mediante eugenesia, y así lo muestran en estos edificios. Con escenas escultóricas donde las mujeres nobles casadas (la clave para identificarlas es el atuendo, aunque estén desnudas, llevan toca) muestran sus pechos, su vulva o agarran un enorme falo, que se asociaba a una mayor fertilidad. No hay una intención sexual, sino que nos dicen: conmigo continúa la estirpe. La nueva moral que defiende la castidad es una minoría y va a tardar siglos en llegar a todas las capas. Tenemos que situarnos en el XIX o el XX. A la iglesia le costó mil años convertir la sexualidad exultante del románico en nuestra sexualidad actual, donde el cuerpo humano es un tabú. No somos conscientes de cuántos tabúes tenemos.

­—¿Por ejemplo?

—Las clases nobiliarias practicaban el incesto con total alegría, se casaban entre primos no pasaba nada, y la homosexualidad no estaba catalogada como tal. Esta categorización actual viene impuesta por un tabú previo sobre qué cosas se pueden hacer y cuáles no. Si tu sexualidad es más libre, no necesitas tanta categoría para definirte. Otro es mostrar el cuerpo desnudo. Vemos a señoras y hombres que aparecen con los genitales al aire. Hoy pones un pezón en Instagram y te censuran. Los pechos femeninos tenían prestigio en la Edad Media. Se veían muy a menudo, también en la Virgen. Se creía que por la leche materna circulaban las virtudes morales de la mujer y su linaje, lo que hoy llamamos genética.

—¿El sexo era poder?

—Todo esto se trata de discursos de poder, que legitiman que unas personas sean diferentes para ejercer un gobierno sobre los demás. En el caso de la nobleza, está muy basado en la reproducción. Esto explica por qué se casan entre sí. Los individuos mueren por el linaje, los hombres en la guerra, las mujeres en el parto, un sacrificio para que perviva la dinastía. Ese milagro ocurre en su cuerpo. Ellas saben que tienen poder político a través de su cuerpo. Y, para conseguir ese poder, la Iglesia sabe que tiene que vulnerar esa piedra angular, empezando por controlar la sexualidad del clero. Frente a la exultante sexualidad de la clase nobiliaria, nosotros somos puros porque somos personas castas elegidas por Dios.

—Si era un deber, ¿ellas podían disfrutar?

—Según las creencias obstétricas de la época, se pensaba que la semilla femenina que se liberaba en el orgasmo era necesaria para procrear. Esto fue un problema en el caso de las violaciones. Y, por su puesto, había espacio para el amor y para el deseo, pero el matrimonio era otra cosa. Tenías que reproducirte, y hasta ahí la obligación. Siempre con cuidado de no quedarse embarazadas, porque no podían traer bastardos a la familia, ellas tenían relaciones extramatrimoniales, muchas veces, conocidas por el marido. Era algo que incluso venía bien al linaje: contar con amantes vasallos. Fuera de las clases nobiliarias, el matrimonio importaba menos. La gente se rejuntaba. Entonces, no había nada privado. En la noche de bodas había testigos. La pornografía nos hubiera parecido un sinsentido en la Edad Media. Gente copulando, ¿y?

—Y nosotros nos creemos modernos...

—Esto no tiene que ver con el catolicismo, el tabú sexual que se empieza a imponer en el siglo XI, poco a poco, va moldeando el pensamiento europeo y se exporta con la colonización. Asustarnos de nuestro cuerpo o de algo tan básico como la sexualidad, que es lo que nos permite reproducirnos, si lo pensamos, es una cosa un poco extraña. Es como si nos asustase comer. Hoy, hablar de educación sexual en los colegios sigue siendo algo problemático.