Somos dóciles

Mercedes Corbillón FUGAS

FUGAS

21 jul 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Somos dóciles, por suerte, supongo. De pequeñitos aprendemos a obedecer y a seguir las reglas establecidas. Después nos pasamos la vida haciendo lo que se espera de nosotros. Respecto al orden establecido también somos mansos, entre otras cosas porque no acabamos de comprenderlo del todo. Nadie está dispuesto a dejarnos un camino de migas que nos lleve hasta las raíces del poder, ese al que le interesa que todo cambie para que todo siga igual.

Algunos, mientras hacen lo correcto cada día, caminan arrastrando su silenciosa furia y sueñan con revoluciones o con comerse a los ricos. Es solo una idea, una fantasía, un desahogo, una salida para el estupor que nos da a veces la visión del absurdo o la injusticia.

De ese club es uno de los protagonistas de la última novela de Edgardo Cozarinsky. No sabemos excesivas cosas sobre él. Es escritor, ha criado solo a su hija a la que su madre abandonó y con la que vive una escena incómoda que prefiero obviar aquí, porque si no mi columna iría de otra cosa. Sabemos que le han diagnosticado una enfermedad terminal, sin más detalles y sin más dramas. No temer a la muerte es un buen estímulo para la rebelión. Una silenciosa y discreta, también violenta, pero justa, moral. Al menos comprensible.

Un atropello intencionado provoca el encuentro con otro personaje, un policía que nació en el interior donde lo cuidó una abuela indígena y sabia y que soñaba con llegar a la ciudad, la inmensa ciudad que contenía todas las promesas y que resultó estar cubierta siempre por un cielo sucio. El mismo cielo que nos cubre a todos.