El deseo y la culpa de Tolstói

Mercedes Corbillón FUGAS

FUGAS

Todas las familias felices se parecen, y las infelices lo son cada una a su manera. Esa frase mítica escogió Tolstói para iniciar una de sus obras maestras, quizás pensando en su propia experiencia.

La manera que Tolstói y Sofía tenían de ser infelices quedó muy constatada por escrito. A ver quién sale indemne de la mirada escrutadora sobre todos los pensamientos que se te ocurren en lo cotidiano sobre el que convive contigo.

En Tolstói ha muerto, Pozner, además de recoger los telegramas enviados y recibidos aquellos días de agonía de Tolstói en Astapanovo, intercala unos capítulos que titula Historia de un matrimonio, que construye de la misma originalísima manera usando extractos de los diarios del escritor y su mujer.

Inmediatamente, los pedí en Cronopios, y también ¿De quién fue la culpa? (Xordica), novela que la mujer de Tolstói escribió como contestación a Sonata a Kreutzer, donde el ruso utiliza la voz de un personaje para denostar el matrimonio y la sensualidad humana, que en última instancia es culpa de la mujer que exacerba con su erótica presencia los latidos de la carne y de los celos. La suya lo hace hasta tal punto que la elimina de la faz de la tierra y santas pascuas, ya puede contarlo tranquilamente desde el vagón de un tren.

No debemos confundir el yo del autor con el de su protagonista o nos cargamos la historia de la literatura y la literatura misma, pero alguna indirecta debió de recibir la Tolstaya cuando tuvo ganas y decisión para pergeñar una réplica.

Sofía no tiene el talento de Tolstói, es verdad, pero soy de su equipo a muerte, porque quizás si no hubiera estado pariendo y criando todos los hijos que su marido, ávido de castidad, pero inflamado de deseo, le fue haciendo hasta dieciséis veces con sus trece infancias y alguna muerte, y no hubiese pasado a limpio siete veces Guerra y paz y cada uno de sus textos, habría tenido tiempo para perfeccionar su propio talento para las artes y su inteligencia natural, que queda clarísima en sus palabras y en su conciencia de que era «libre para comer, dormir, callar y someterse».