Miguel Ángel Oeste: «Los hombres se sentirán incómodos en este relato»

FUGAS

Miguel Ángel Oeste, autor de «Vengo de ese miedo».
Miguel Ángel Oeste, autor de «Vengo de ese miedo». .

El pavor se cuenta así. Brutal ejercicio narrativo: de no querer a quien te da la vida, de querer odiar y no poder, de sobrevivir al desprecio

21 oct 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Entrar en esta historia no tiene mérito: es casi imposible resistirse a su arranque —«Quiero matar a mi padre»—. Lo complicado es salir de aquí, desquitarse de un ejercicio narrativo con el que, bordándolo, Miguel Ángel Oeste (Málaga, 1973) da tal consistencia gelatinosa al horror que ni exorcizado consigue quebrarse. Y, sin embargo, es cierto que Vengo de ese miedo (Tusquets) es un libro «luminoso» y «esperanzador», tal y como reivindica su autor, un relato de palizas, desplantes, ponzoña y violencia vicaria que nos dice que las cosas pueden cambiar y se pueden hacer de otra manera, que se puede sobrevivir también al mal.

­—Pregunta de rigor: ¿es esta historia real?

—Aparte del tema de la violencia familiar, el gran eje del libro es la escritura y sus efectos, sobre el que escribe y sobre el que lee, porque todo está compuesto para generar una serie de sensaciones. Para mí ahí está la maravilla de la literatura, un artefacto estético en el que prima la construcción y el estilo. Si no lo hubiese contado como lo he contado, no produciría el efecto que produce. Es un libro que desde la ficción, o de la autoficción, como quieras llamarlo, dialoga con la realidad más extrema, un texto en el que por un lado me distancio de mí mismo, pero a la vez escarbo en lo más profundo de mí. Y también es un juego, un juego híbrido de géneros en el que mezclo el valor testimonial con voces ajenas, confronto mi memoria con ellas, e incluyo elementos de la novela policíaca, del terror y de la literatura popular. Hay más ficción de la que puede parecer en un principio, lo que pasa que está contado de una forma tan descarnada que produce ese determinado efecto.

—¿Ha sido la escritura de esta novela una manera de vengarse, de ajustar cuentas, de demostrar que no era un fracasado? ¿Qué ha encontrado?

—Quizá el objetivo de esa búsqueda era llegar al perdón, a poder escribir padre en vez de decir otra palabra. Y también creo que bajo ese rencor y ese odio y ese resentimiento que sobre todo sobresalen en la primera parte, donde asoma esa carencia de ser amado, subyace la forma. Se escribe feo de lo feo, es decir, si me hubiera puesto muy exquisito, habría estilizado el horror, lo habría convertido en una especie de eufemismo, y yo he intentado dejarlo desnudo, descarnado. En ese juego de identificación y distancia entre el narrador y el autor (yo), el lector se siente interpelado, y es lo que quería. A mí no me curó escribir esto, esa idea de que la escritura cura o alivia es una tontería.

­—No le cura ni le alivia. Y además escribir esta historia, y ahora publicarla, le habrá obligado a volver a ella una y otra vez, a revivirlo todo, casi una revictimización.

—Escribir sirve para comprender y para perdonar un poco. Y asienta las cosas. En todo caso, insisto, yo siempre he visto este libro como un artefacto estético. En él hay cosas que tienen mucho que ver conmigo, pero también otras de las que me que me despego de forma consciente para que no se parezcan a la realidad. Endurezco mucho más el libro, que además también es un retrato sociológico de una época en la que la violencia se quedaba en los límites de la casa. Pero la violencia no ha dejado de existir. Y la sigue generando el hombre, eso es indudable. Por eso, seguramente, los hombres se sientan más incómodos en este relato, contado por alguien heterosexual que muestra una cierta debilidad. A ciertas masculinidades puede llegar a molestarles.

—¿Pero es la misma violencia? ¿No hemos avanzado?

—Si enfocamos la historia que se cuenta con la perspectiva de ahora, nos parece intolerable, porque hay muchas cosas que se están legislando, muchas conductas que se han penalizado para que no queden impunes, pero seguimos viviendo en un mundo bastante patriarcal. Lo que se cuenta aquí puede verse como algo muy duro, pero es que así era, era el día a día, y yo vi cosas y situaciones incluso más aterradoras, padres mucho peores que este he conocido. Y no pasaba absolutamente nada.

—Tiene dos hijas. ¿Cómo se encarna la paternidad viviendo lo que ha vivido?

—De una forma mucho más consciente. Apreciando la educación de los hijos e intentando que no les falte nunca amor. Enseñándoles que sean bondadosos, que ayuden, creo que es lo más importante que uno puede enseñarles.

—¿Le preocupa ser como su padre?

—En la novela hay un miedo atávico a la herencia genética de la violencia, es uno de los motores narrativos. Todos deberíamos plantearnos las memorias que tenemos pegadas, las que no son conscientes y que desconocemos, hacer un ejercicio de excavar en uno mismo para no repetir patrones y no trasladárselos a nuestros hijos.