El secreto de las manos de mi madre

Mercedes Corbillón LA CIUDAD Y LOS LIBROS

FUGAS

26 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Mamá me señala todo el tiempo algo con la mano, un nido, una rosa, un pájaro, una mariposa, una cesta de peras de su peral, una nube blanca, los restos de un incendio, una rama de carballo, el molino en ruinas del que nadie tiene las partillas, una sábana blanca que bordó la abuela, la vista desde los navales, la sierra en llamas amarillas, el corazón de un castaño, los helechos que crecen en las arrugas de la piedra, las articulaciones artríticas que no le impiden subirse a un muro o cavar una zanja para plantar un olivo.

Amo las manos torcidas de mi madre, que llevan el fuego de generaciones y me señalan en el atrio de la iglesia de su pueblo la tumba de su padre, que es solo eso, un agujero en la tierra y los restos de un cuerpo y encima una piedra sin nombre y sin fecha, un pedazo de granito donde crece el musgo y el olvido. Posiblemente, solo queda ella en el mundo que lo recuerde cuando estaba vivo. Una familia de canteros y nadie se molestó en hacerle una lápida, se queja. A mí me gusta ese túmulo anónimo que pisamos el día de fiesta cuando en la aldea abren las puertas del pasado y suenan las campanas y vamos juntas a misa, ella y yo, que no creo en nada, pero tengo fe en mi madre, en la forma en que venera a sus fantasmas, que la rodean sin hacerle daño, como hacen las avispas mientras corta la hierba del jardín y todos los que por aquí moraron la acompañan al pilón donde hace más de 150 años alguien ya lavaba la ropa con el agua de la fuente que no se acaba, ni siquiera ahora que somos ocres y tórridos y ardientes y el aire de agosto nos reseca el alma.

En la capilla, encalada hace años por un cura sin vocación, pienso en sacar mi libro y seguir leyendo a Delphine Horvilleur. Vivir con nuestros muertos es un pozo inagotable de belleza, de emoción, de sabiduría. Es como la mirada profunda de mamá, como la fuerza inagotable del manantial de la casa de mis antepasados. Leerla me ayuda a incorporarme a su herencia, como si fuera yo la que pone la piedra sobre sus tumbas, una forma de no decir adiós.