Luis Landero: «Fuera de la memoria no somos apenas nada»

FUGAS

Itziar Guzmán

Después de «Lluvia fina», el escritor nos traslada en «El huerto de Emerson» a un viaje donde entrelaza sus recuerdos con las experiencias vividas a través de los libros

19 jun 2021 . Actualizado a las 10:44 h.

Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) tiene dos baldas en las que reposan sus «imprescindibles». Unos 50 o 60 títulos entre los que figuran obras de Machado, Rulfo, Virginia Woolf, McEwan, Fitzgerald, Pamuk, García Márquez... Son su «pequeño canon», cuenta por teléfono mientras los repasa. La parcela que cultiva, como escribió el autor estadounidense que da nombre a su último libro, El huerto de Emerson (Tusquets). Un viaje al universo vivido y leído por el escritor, desde la infancia, donde se empapó de aquella «cultura campesina desaparecida», y en la que habitaban personajes como Pache o su abuela Frasca, hasta su juventud en el madrileño barrio de La Prosperidad. En esta aventura solo hay que leer y dejarse contar.

­-¿Por qué revisitar el pasado?

-Porque eso es lo que solemos hacer todos los días. Cuando recuerdas, estás contando tu propio pasado. Cuando sueñas por la noche, lo estás convirtiendo en cuento. Fuera de la memoria no somos apenas nada, personas que están en la actualidad, como cualquier animal. Lo que hace de nosotros algo especial es que archivamos en la memoria y también en el corazón, otra forma de memoria, lo que hemos vivido y lo que hemos visto vivir. Lo que leímos, las experiencias, todo tipo de episodios. Somos lo que hemos sido y a la hora de escribir apelamos al pasado, lo cual no quiere decir que no inventemos, pero se inventa desde la realidad, hasta los libros más fantásticos tienen su semilla en algo real. Además, el pasado no hace falta recordarlo, está ahí sin querer. Es nuestro bagaje sentimental, nuestra biografía. Salvo cuando somos niños, que no tenemos pasado ni tememos al futuro, y estamos libres de nostalgia y de miedo.

-¿Quiso dejar por escrito sus lecciones de cuando fue maestro? ¿Dejar una huella?

-El libro es un paseo por mi pasado, solamente eso. Desde el punto de vista personal, las vidas normales no dejan huella. Nuestro destino es morir y ser olvidados. No hay otro ni hay que escandalizarse. Es así. Pero sí pervivimos en la memoria de la sociedad en la que vivimos. Nacimos en una cultura, en una civilización que tiene cuando menos 3.000 años de antigüedad, desde Grecia. Sin los libros, el pasado sería un yermo, un páramo total. No sabríamos qué ocurrió, qué fue de nuestros antepasados. De nuestros queridos antepasados, porque son familiares nuestros. En realidad, 3.000 años son 120, 140 generaciones, no más. Gracias a los libros que cuentan la vida de los humildes, de la gente de a pie, cosa que los manuales de historia ignoran, sabemos cómo fueron, cómo se enamoraron, qué miedos tuvieron, cuáles fueron sus afanes. Somos fugaces, pero la tribu a la que pertenecemos es inmortal. De alguna manera, uno queda. Los libros dan cuenta de nosotros. Uno tiene que reconciliarse con la vida. Estas son las reglas del juego: los días que nos han sido concedidos los vivimos y ya está.

« No soy de fiar, no me pueden encargar un artículo, no digamos un cuento o novela. Escribo lo que me sale y ni eso estoy seguro de que me vaya a salir»

-Dice que es un hombre sin oficio.

-Sé que tengo un oficio que es escribir, pero la palabra profesional no me gusta. Cuando estás en un avión o en un quirófano, pides un profesional, una persona que domina una técnica y va sobre seguro. Como un carpintero, un oficio que me gustaría mucho. Soy un escritor que no es fiable. No soy de fiar, no me pueden encargar un artículo, no digamos un cuento o novela. No sé escribir de encargo. Escribo lo que me sale y ni eso estoy seguro de que me vaya a salir. Afortunadamente, mi inseguridad es lo que me da fuerza.

-¿Tiene fetichismo por los pasillos?

-Todos tenemos nuestros pasillos. Pasillos concretos, donde tuvimos miedo, donde nos enamoramos. Para profundizar en la memoria tenemos que recordar algo concreto, como unos zapatos o como Proust, que accede a su pasado a través del sabor de una magdalena.

«Vivir es vivir más contarlo»

-¿Por qué nos gustan tanto las historias?

-La gente cuenta historias sin ser escritor. Antes de la escritura, ya existía el afán de contar, de que esas historias pervivieran. Se transmitían de generación en generación a través del lenguaje oral. Casi todo lo que comunicamos, cuando charlas con alguien, no son ideas, son historias. No has vivido realmente algo hasta que lo has contado. Vivir es vivir más contarlo.

-¿Escribirá ahora «Polvos de papel», su proyecto sobre los cien más memorables de la literatura, un poco como ese final de los besos de cine de «Cinema Paradiso»?