Cuando la buena voluntad no es suficiente

FUGAS

La complejísima relación de sus padres dotó a Ingmar Bergman de inspiración durante toda su carrera

18 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Todas las familias felices se parecen, decía Tolstói, pero cada familia desgraciada lo es a su manera. Y la familia de Ingmar Bergman lo fue, desde luego. La complejísima relación de sus padres dotó al genio sueco de inspiración durante toda su carrera. Le permitió, incluso, cumplir con la fantasía de matar a aquel padre religioso, represivo y seco en la maravillosa Fanny y Alexander. Él, que huyó en cuanto pudo de la casa familiar y pasó 30 años sin hablar con su padre, se convertiría después en un maestro a la hora de diseccionar las relaciones de pareja. En Secretos de un matrimonio, en Sarabanda... y más allá de las pantallas, sobre el papel, en una novela que también es un guion. Acaba de llegar a España una nueva edición de Las mejores intenciones, con un título más ajustado al original: La buena voluntad (editado primorosamente por Fulgencio Pimentel), y no hay mejor excusa para recordar la historia de amor de Henrik Bergman y Anna Akerblom (Erik y Karin en la vida real), desde sus primeros días en Upsala al pueblo perdido donde se asentaron tras su boda, y en el que el pastor Bergman inició su carrera, hasta el tortuoso traslado a Estocolmo, con Ingmar a punto de nacer. Henrik y Karin tendrán para siempre los rostros de Samuel Fröler y Pernilla August, en la película dirigida por Bille August, escrita por el propio Bergman.

Fotografías, recuerdos, cine

No es esta una novela al uso. Bergman recuerda en el prólogo que el cine y la imagen son su forma de expresarse. Escribe «de forma dramática, cinematográfica», a partir de fotografías y recuerdos. Como buen creador, Bergman reconoce que no siempre respeta la realidad. Que exagera, cambia. Pero el juego, dice, es más claro que la realidad. Esto es el cine, el teatro, la literatura. Y en todos estos campos Bergman fue un jugador excepcional.