Pilar Quintana, premio Alfaguara: «Hay determinados abismos que nos atraen»

La colombiana se hace con el galardón literario a través de la voz de una niña que es hija, madre y padre. ¿Quién no ha querido alguna vez desaparecer?


Los niños comprenden perfectamente todo lo que sucede a su alrededor, dice convencida Pilar Quintana (Cali, 1972). Se dan cuenta de lo que les pasa a los adultos y de lo que estos dicen cuando creen que no los entienden. «Lo que pasa es que no tienen palabras para nombrar lo que ocurre, es necesario hacerse mayor para darle un nombre, un lugar», termina de explicar. Para escribir Los abismos, premio Alfaguara 2021, tomó prestada la voz de una niña de 8 años y, sin embargo, resultó que no le interesaba tanto ponerse en la piel de la Claudia que se asoma al precipicio de la infancia como en la de la adulta que, reposado el tiempo, cuenta la historia de la niña que un día fue. «Escribiendo esta novela me di cuenta de que los problemas que tenemos siendo niños son tremendos, de que cargamos con los de nuestros padres».

­-¿Qué son los abismos?

-La novela está llena de abismos geográficos: transcurre en Cali, que es una ciudad de tierras bajas, y en un momento dado los personajes se van a una finca en las montañas y se instalan en una casa, al borde de un acantilado, a la que se llega por una carretera llena de curvas. Y al mismo tiempo están los abismos que hay entre los miembros de esa familia. Hay una pelea entre los padres de la narradora que es clave. Se gritan y eso es terrible, pero más terrible es el silencio que se sitúa entre ellos después.

­-¿Cuál sería entonces el mayor abismo en esta historia?

-La protagonista está muy sola siempre, a pesar de que siempre está con gente. Su madre está todo el tiempo en casa, se ha dedicado solo a criarla, pero aún así ella está más sola que si se fuese a trabajar todos los días. El abismo más terrible, profundo e insalvable es el del silencio y la soledad.

­-La niña Claudia dice en varias ocasiones que los abismos son «espeluznantes», pero también habla de una «cosa rica en la barriga». ¿Tienen algo que nos atrae?

-Exactamente, hay abismos que nos atraen. Y aquí lo vemos en esas «mujeres de las revistas» que siempre están al borde, como pensando si saltar o no. Y eso es lo que Claudia percibe en su madre. Le da terror que tenga una tendencia a estar asomada en ese abismo, tiene mucho miedo de que salte y la deje sola, más sola de lo que ya está, sola de verdad, huérfana de verdad. A mí de pequeña, que se muriesen mis padres me parecía lo más terrorífico.

­-¿Hay mucho aquí de tu infancia?

-Para poder crear el personaje de Claudia me tocó ponerme en la piel de esa niña que fui. La narradora es una adulta que nos cuenta su vida de niña, pero lo cuenta desde este punto de vista, el de la niña. Es como cuando uno va al psicólogo y le pide que vuelva a la niñez, que se reubique ahí, que la reviva para volver a sentirla: eres adulto y tienes las palabras del adulto, pero sientes casi de la misma manera que cuando eras niño. Y eso es lo que hago. Y para hacerlo tuve que volver ahí, para crear esos lugares emocionales tan difíciles, porque creo que muchas veces idealizamos la infancia, desde fuera está idealizada. Sentimos que sus problemas no son problemas, que la vida era más fácil, y no lo era.

-Pero, ¿realmente entienden los niños el mundo de los adultos?

-Perfectamente, lo que pasa es que no pueden divorciarse de una situación tóxica, porque necesitan a su familia, a los demás, para sobrevivir. Y entonces se las apañan lo mejor que pueden. Muchas veces crecen sintiendo que la violencia es lo normal dentro de la familia porque no pueden ponerle freno a eso, no pueden denunciar esa situación, les toca sobrevivir ahí. Crecen pensando que el maltrato es normal, y saben perfectamente que los han maltratado, pero hasta que no le dan nombre no pueden sanar. Al crecer se le da a las cosas la dimensión que realmente tienen. 

­-¿Qué querías contar exactamente?

-En mi anterior libro, La perra, hablaba del deseo de una mujer de tener hijos, una mujer enloquecida porque quería tener hijos y no lo conseguía. Esta novela es la exploración de la otra cara: la mujer que tiene hijos y se plantea si era lo que realmente quería, la que no está del todo satisfecha con su papel de madre y se encuentra ya con una hija, la que si tal vez hubiese tenido la oportunidad de elegir nunca hubiese escogido ser madre.

­-Y la maternidad ¿también está idealizada?

-Yo creo que sí. Hace unos días, durante una entrevista en televisión, leí un fragmento de la novela que cuenta que tras parir, con la niña en los brazos, la madre dice: «Dios mío, no puede ser que haya sufrido tanto para esto, es horrorosa». Y la presentadora, justo al acabar, me dijo que a ella le había pasado exactamente lo mismo. Cuando enuncio las oscuridades y los lugares que no son magníficos ni hermosos de la maternidad, hay mujeres que vienen a decirme en voz baja que son ciertos, que a ellas les pasó así. Las madres son vistas como unas santas que aman a sus hijos sobre todas las cosas y sienten amor incondicional, cuando eso no es cierto.

-¿Y por qué decides contar esta historia desde la voz de una niña de ocho años?

-Creo que narrativamente es más interesante. El personaje de la madre también lo es, una mujer frustrada, una mujer insatisfecha con su papel de madre, pero la niña ve la frustración de su madre y carga con ella y, además, con su propio dolor y soledad, que nadie entiende como debería entenderlo. Ella se pasa la novela sola, absolutamente, sufriendo sola. Nadie se detiene a pensar, oye, ¿y esta pobre niña qué está haciendo? Tiene que llegar al extremo de hacer una cosa determinada en un momento dado para que sus padres se den la vuelta y le digan, ey, pero qué te está pasando.

-¿Fue duro situarte en esta perspectiva?

-Mira, creo que eso fue lo más difícil de todo el proceso, fue un reto. Hace unos años empecé a escribir una historia desde el punto de vista de una niña: lo intenté y lo intenté, pero no fui capaz, no lo logré. Tenía la historia, tenía todo, pero no lograba la voz narrativa, así que la dejé y me puse a escribir otra sobre una Claudia adulta y lo que le pasaba con su marido. El problema era que cada vez que quería avanzar en esto, volvía a contar la infancia de Claudia, hasta que me di cuenta de que la historia de la adulta no estaba fluyendo y me concentré en la de la niña. Cuando terminé el borrador, Claudia la adulta había desaparecido y solo quedaba Claudia la niña. Y mi esposo me dijo: al final, escribiste la novela de la niña. ¡Y tenía razón! Escribí la historia de la niña, pero no contada por esa niña, contada por la adulta poniéndose en el lugar de la niña que fue.

-¿Cómo escribe Pilar Quintana?

-Esta novela me costó tanto trabajo [cuatro años y cinco reescrituras] porque yo nunca me dejo ir, cuando me siento siempre sé lo que voy a contar, y en esta ocasión fue duro situarme. Al ser yo tan estructurada, no me hacía caso a mí misma. Generalmente tengo claro el argumento, hago una escaleta con las cosas que tienen que pasar y, una vez que siento que el edificio está fijo, ahí ya sí, me pongo a escribir. Pero la novela que yo quería contar no era la que quería ser contada.

-¿Y cómo es ubicar una historia en un tiempo que no es el actual? ¿Hay miedo de ser inexacto? 

-Fue un trabajo difícil. Yo viví en los años 80, pero en 1980 tenía ocho años, era una niña, y uno no puede -¡no debe!- confiar en la memoria. La memoria es una forma de ficción, acomoda las cosas como ella quiere. Entonces tuve que investigar mucho: los modelos de los coches, por ejemplo, o tener cuidado en hacer cuadrar lo que iba pasando con los hechos reales a los que hacía referencia. 

-No es la primera vez que recreas tu ciudad natal. ¿Qué supone Cali para ti? 

-Desde muy joven sabía que quería ser escritora, pero las historias que yo leía pasaban en la campìña inglesa o en las cortes rusas, en sitios muy lejanos. Y de repente leí a Andrés Caicedo, un autor caleño, y me descubrió mi ciudad como un escenario literario. Pensé, bueno, puedo hacer mi literatura en Cali, y fue ahí cuando supe que podía ser escritora. Siempre supe que quería serlo, pero mis referentes eran muy lejanos; ahí supe que podía. Me hizo ver que con mi realidad próxima también se podía hacer literatura. Y es lo que me he dedicado a hacer, coger esa realidad próxima.

-¿Y qué papel juega la vegetación en «Los abismos», siempre presente?

-Es que Cali es una ciudad exuberante, con árboles, río, naturaleza, animales y pájaros. Y eso es parte de la realidad y yo intento reproducirlo. Como narradora, me parece muy importante que cuando el lector entra en una novela entre en un lugar con un clima, unos paisajes, unos colores y un ambiente que le haga sentir que está en un lugar verdadero. Siempre busco que la naturaleza forme parte de las situaciones, pero dicho esto, no la pongo porque sí, tiene también una función narrativa, habla del estado anímico de un personaje o, por ejemplo, si la escena es opresiva agudiza esa sensación de opresión. Ayuda a generar sensaciones.

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