Héctor Abad Faciolince: «En el fondo, no somos tan importantes, todos seremos olvidados»

El libro con el que el escritor trató de postergar por un instante más «El olvido que seremos», sublime retrato del padre asesinado, llega al cine de la mano de Trueba en una película que aspira al Goya y forma parte de la sección oficial de Cannes


Cuando Héctor Abad niño (Colombia, 1958) tuvo que escoger un día entre Dios y su papá, él escogió a su papá. La que fue la primera discusión teológica de su vida es el comienzo de un libro inolvidable, El olvido que seremos (Alfaguara), escrito con la memoria de quien quiso inmortalizar, y a un tiempo vengar con palabras, el legado de su padre, el médico y activista social colombiano Héctor Abad Gómez, asesinado a disparos en una calle de Medellín en 1987. Fernando Trueba lleva al cine, con guion adaptado de su hermano, David Trueba, y con Javier Cámara como protagonista, esta historia íntima que en España se estrena el 12 de marzo.

­-¿Cómo es ver la vida de uno en película?

-Es una experiencia rara, única para mí, pero, en últimas, muy bonita porque son una serie de resurrecciones y lo que más quería cuando escribí El olvido que seremos era preservar en las palabras la vida de mi padre. Si ahora se puede preservar en una película que me ha gustado mucho, no puedo sentir otra cosa sino agradecimiento. Lo que quería es que se supiera la verdad. Fernando Trueba y los actores me han ayudado a que se cuente bien. Y es extraordinario que tenga una imagen más completa de cosas que solo podía recrear con la imaginación o la pesadilla.

«La Historia, con mayúsculas, cuando se cuenta en historias con minúsculas, con personas comunes y corrientes, tiene un poder muy grande»

-¿La ficción tiene un poder mágico?

-La Historia, con mayúsculas, cuando se cuenta en historias con minúsculas, con personas comunes y corrientes, tiene un poder muy grande de penetrar en las resistencias de la memoria. Los seres humanos estamos hechos para aprender las cosas del mundo en forma de relatos sencillos de lo que pasa. Cuando nos enamoramos, preguntamos la historia de la otra persona, que su vida pasada que no conocemos se convierta en un cuento y así esa persona entra en nuestra cabeza. Es muy larga, pero hay momentos en que la vida se condensa. La ficción, la novela y el cine, tienen un poder extraordinario. A veces, sus personajes tienen una vida mucho más larga que los personajes reales.

-Lo que primero atrapa al lector de su libro es el título. ¿Diría que es desolador?

-El título es muy bueno y puedo decirlo porque no es mío, es de un gran poeta, Borges, aunque muchos niegan su autoría [el padre de Héctor llevaba el poema escrito en un papel, guardado en el bolsillo del pantalón, la noche que lo mataron]. Creo que Borges lo escribió al final de su vida. Un hombre lleno de fama, renombre, prestigio, pero muy realista: por muy famoso que uno sea, tarde o temprano, todos seremos olvidados. Para él eso no representa una tristeza. Termina diciendo en el poema que es un consuelo, que él no está aferrado al mágico sonido de su nombre. Creo que cuando uno es consciente de que no somos tan importantes, eso da al transcurso de nuestra vida mayor tranquilidad, menos ambiciones tontas. Uno puede y debe vivir la vida bien, tratar de dejar un buen recuerdo entre las personas que lo rodean y que quiso, pero no pretender ese monumento eterno de una posteridad larguísima. Eso es una ambición desmedida. Si la vida se convierte solo en la búsqueda de eso, bah… se olvidan alegrías mucho más sencillas, de una vida mucho más local donde, a lo mejor, no se llega tan lejos en la geografía, pero se valora lo que se vive y lo que se tiene.

-¿Cuáles son sus ambiciones?

-Voltaire concluye en Cándido que hay que cultivar el jardín propio. Mi padre cultivaba el de la medicina preventiva y la salud pública. Yo trato de abonar un pequeño jardín de palabras, aunque lo más probable es que ninguna de las historias que cuente tenga tantos lectores como El olvido que seremos. De todas maneras, sí voy a sacar rosas más pequeñas, pues no importa. Aspiro, como hizo mi papá, a ir moderando mis ambiciones.

—«Queda lo escrito, todo lo demás no queda», dijo Emilia Pardo Bazán.

—Estoy muy de acuerdo con doña Emilia. Hace poco, Rosa Montero me aconsejó una novela corta, bellísima, Insolación. Esa es la maravilla de la escritura: es un reemplazo extraordinario de la memoria.

—Cito una frase de su libro: «De mi papá aprendí algo que los asesinos no saben hacer: poner en palabras la verdad, para que esta dure más que su mentira».

—No acepto ninguna venganza física, ningún ojo por ojo, pero contar la verdad es importante. A cierto tipo de personas que cometen maldades, no les gusta que uno revele sus actuaciones. Esa venganza pacífica de la escritura que aplico en El olvido que seremos creo que es legítima y es justa.

—¿Es también cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política?

—Soy un no creyente que practica algunas virtudes del cristianismo; un no marxista que entiende que Marx describió muy bien algunas injusticias, pero soy más un liberal y librepensador. No soy como mi papá. Tampoco soy tan comprometido ni estoy tan metido en la política. Me da ira. Vivir aquí, en Colombia, es hacerlo en un columpio que lo mantiene a uno medio mareado de no saber qué pensar.

—¿Se parecen las novelas a la vida?

—Tienen que parecerse a pedazos cumbres de la vida. A mí no me interesan tanto esas novelas donde no pasa nada. Se nos va mucho tiempo en situaciones insulsas, en diligencias cotidianas necesarias, pero rutinarias. Hay situaciones que están como subrayadas, en las que uno siente la vida con toda su intensidad. Deben ser así, no solo las novelas. Un novelista, creo, no puede saber solamente de literatura. El conocimiento humano es muy vasto.

—Se hizo escritor por su padre. ¿Tiene más de aliento o deber la figura paterna?

—A ratos digo que me puso una tarea superior a mis fuerzas. Pero, cuando siento que no soy capaz, pienso en la confianza que tenía en mí, cuando no había escrito nada.

SU CONDICIÓN EN EL RODAJE

Mientras toma su papaya, Faciolince, cuyo último libro son sus diarios, Lo que fue presente (Alfaguara, 2020), cuenta al teléfono desde Medellín que le puso una condición a Gonzalo Córdoba, el productor. «Él quería una película colombiana, pero yo le pedí por carta a Fernando Trueba que la dirigiese», recuerda. No solo ganó ahí. «Los actores colombianos propuestos no podían por fechas y volvimos a mi idea: Javier Cámara para el papel de mi papá». Propuesta por Colombia para el Oscar y aspirante al Goya a la mejor película iberoamericana, el rodaje acabó justo antes de la pandemia. Una coincidencia «extraña», ya que Abad Gómez era epidemiólogo: «Si viviese, estaría en primera fila, luchando contra las tristezas evitables, que es por lo que luchan los mejores médicos».

—¿Cuánto saben los hijos de sus padres?

—Algunos, nada. Una amiga, una vez, me dijo: «Yo de mi padre solo conocí la ropa». Los padres son siempre un misterio. No hay una regla general, pero es una relación que siempre es interesante desentrañar.

—¿Ha gustado la película en su familia?

—Sí, tuvimos un pase privado en Medellín y ya la hemos visto, disfrutado y llorado juntos. También mi madre, a sus 95 años.

—¿Uno siempre quiere volver a casa?

—¡Yo siempre quiero volver a Galicia! El último plan arquitectónico que tengo es hacerme una galería gallega en La Ceja.

—¿No tendrá una abuela gallega, como insinuó García Márquez?

—Mi bisabuelo materno, Joaquín García, que escribía crónicas muy amenas en Bucaramanga, descendía de un gallego de San Pedro de Cervo [exclama sonriendo]. Tenemos aún el escudo, bastante pretencioso, «ninguno diga que es más que García», y en su biografía, dice: «Es mi apellido oriundo de la fértil e indómita región montañosa de Galicia». En el 99, cuando me fui a vivir a Madrid aburrido de Colombia, asistí a la presentación de un gallego que cantó esto que siempre tengo en la cabeza: «Aí vos quedades, aí vos quedades, entre curas, frades e militares» [la estrofa, cantada por Xurxo Souto, forma parte de un tema de Os Diplomáticos de Monte-Alto]. Además, hay un gallego que escribe como los dioses. Es mi mejor compañero de vinos y comidas: Álvaro Cunqueiro. Fuera de Galicia está olvidado. Debería leerse como un clásico en todas las partes, todo el tiempo.

-«Lo que fue presente», su último libro, son sus diarios. ¿Un intento por alcanzar la expiación?

-Fueron el sustituto del confesor y del psicoanalista para no enloquecer por no ser capaz de escribir lo que quería escribir. La alcantarilla por donde se iba el dolor, lo feo, desleal, sucio y asqueroso de mi vida. El ejercicio de poner por escrito los confusos hechos que ocurrían en mi cabeza eran la manera de entenderlos. Y una forma de confesión. Ya he perdido la amistad y palabras de personas con las que antes tenía más contacto, pero supongo que es el precio que se paga. Al escritor que no sea capaz de pagar el precio por lo que escribe, le toca enmudecerse. El problema es que los diarios, generalmente, se publican póstumos. Yo no quería dejarles ese problema a mis hijos. Les pedí permiso para publicarlos y obtuve su compromiso de no leerlos. Por ese lado, estoy tranquilo.

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