La condesa no se acaba nunca


Las bachilleras siempre han sido personajes secundarios, pero ya sabemos que algunos son tan buenos que acaban comiéndose al principal. Tal como yo lo recuerdo, en los libros de texto de los ochenta Emilia Pardo Bazán era la mujer a la que se le dejaba figurar allí porque, como si hubiera algo azaroso en ello, había escrito una novela que lo hacía inevitable. Mientras los otros eran los grandes escritores de la época, ella era la señora que había escrito Los pazos de Ulloa.

Para escribir este artículo le he preguntado al profesor González Herrán, uno de los grandes expertos en la autora de Meirás, si lo suyo con la Bazán había sido un flechazo. Me dijo que no, que adentrándose más en su obra, acercándose a sus textos más desconocidos, investigando sobre la cantidad ingente de escritos, alguno por descubrir, porque la condesa parece no acabarse nunca, fue como se alimentó su vocación de pardobazanista.

A mí me pasa lo mismo, pero en versión frívola, cuanto más sé de ella más grande me parece, y no me refiero al tamaño de su miriñaque, sino a lo que sucedía en torno a él. Esa fuerza, esa confianza en sí misma, ese atreverse a ocupar un espacio de hombres, en lo público, pero también en lo privado, ese feminismo vital, la capacidad de amar en igualdad, el sentido del humor para sobrellevar el «sí pero no» de sus colegas, escoger lo intelectual sin excluir la pasión, adorar a Pérez Galdós y tener un romance con un hombre mucho más joven, confesarlo, separarse elegantemente. Ser libre.

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