Yoseba MP: «Las superabuelas son Jedis en peligro de extinción»

«No creo en el matriarcado. Ellas no mandan, tienen poder en casa porque lo hacen todo ellas», matiza el autor de los grandes murales de las «Fenómenas do rural», que empieza este viernes nuevo proyecto en Verín

Yoseba MP junto a una de sus modelos, «lady Falcón»
Yoseba MP junto a una de sus modelos, «lady Falcón»

Es el creador de las «superabuelas», concepto que en su arte se refiere a un tipo muy determinado de mujer. Gallega, del rural, galegofalante, nacida antes del 60, que tiene una fortaleza superior a lo normal y que no deja de hacer cosas jamás. Siempre en faena, de manera natural. El deber es para las superabuelas una vocación curtida en la entrega que revienta los límites de la jornada laboral. Hoy, corre peligro de extinción el campo sembrado de su saber. Yoseba MP, oficialmente Joseba Muruzábal, ha llevado del lienzo a las medianeras de ciudades y villas gallegas a estas Fenómenas do rural. Mullerones como Lola, A greleira de 50 pés; Balbina, a muller macroondas; Fina, a muller nitromón; Claudina, a ninja das olas, o Carmen da depuradora, Lady Falcón. Yoseba, que acaba de inmortalizar a Dolores Calviño (la señora Lola) en Pasarón, trabaja ahora sobre un cuadro de Celsiña, de Zobra (Lalín), con una cuadriga tirada por dos cerdos, en plan Ben-hur.

Celsiña le ha dado a este artista de O Temple la oportunidad de llegar a un lugar remoto como Zobra, a paisajes aún por pintar: «Es una aldea que está muy aislada. Tienes que subir por montaña y no hay casas que bordeen el camino. Fue algo así como llegar a un pueblo como del Courel pero en Lalín, en el centro de Galicia», cuenta el artista.

­-¿Cuándo descubriste que las abuelas gallegas tienen un poder especial?

-Fueron una mezcla de circunstancias. No soy del rural, pero soy de Cambre, que está cerca de Coruña y de lo que es ya el rural. Y siempre me despertó el asombro ese tipo de mujer mayor sola trabajando, trabajando... Todo empezó cuando comencé con una búsqueda de cruceiros de carretera. Y en una de las fotos que hice para ese trabajo salía una señora en un arcén con el mandilón y un perrito. Empecé a buscarlas a ellas, se daba la casualidad de que solían ser señoras. Esto no lo había contado aún.... Para abreviar, simplifico diciendo que estaba pintando una hamburguesería móvil y puse a Yoda haciendo levitar unas patatas fritas. Justo después, pinté una señora con mandilón haciendo el mismo juego: la puse a hacer levitar una patata.

«Las superabuelas no son meigas, son Jedis, tienen una fuerza especial, el pivote de esa fuerza es el minifundismo»

­-¿El poder de las superabuelas está en su fuerza?

-Sí. Llevaba tiempo flipando con estas señoras que pasan trabajando toda la semana, con el mandilón puesto todos los días, todo el día en faena... y dije: «¡Coño, están aquí!». Las superabuelas no son meigas, son Jedis. Ellas tienen una fuerza especial.

­-¿Cuál es el pivote de esa fuerza?

-El minifundismo. Es la base de una vida condicionada al trabajo. La mujer rural minifundista mezcla las tareas del hogar con las de la huerta.

-En resumen, lo hace todo ella, en un pequeño territorio, con sus manos...

-Claro. Y estas Fenómenas do rural son mujeres de una generación. Son la generación de la posguerra y la dictadura; las mujeres que nacieron a partir de los 60 ya no tuvieron las vivencias de las que nacieron a principios de los 50, los 40 o los 30. Ahora nace una mujer en el rural y a los 10 años puede ayudar, pero no trabaja. Las mujeres que pinto llevan el trabajo en la sangre, en el ADN, desde que nacen. En el latifundio, a pesar de haber trabajado toda la vida en el campo, cuando te jubilas la tierra no es tuya, por eso dejas de trabajarla, pero en el minifundio no es así. Ese motor que no para es el que hace que una señora de 80 años sea capaz de podar un manzano. Porque nunca dejó de podarlo. Esta es mi teoría.

-Hay una identificación de mujer y tierra. ¿Son un todo en el campo gallego?

-Sí, es cierto... llevándolo a un punto más místico. Hay una palabra japonesa que explica cómo las personas viven en sintonía con la tierra en el sentido de plantar, sembrar, recoger... Es un motor que hace que estén siempre vivas y alerta. Una de estas mujeres se rompe una cadera y de repente se desmorona, porque pierde su fortaleza física.

-¿Cuál es la peculiaridad de las superabuelas gallegas?

-Las que yo pinto son todas del rural. A lo mejor tiene más en común una mujer del rural gallego con otra del rural ucraniano que una de la Castilla profunda o de Andalucía... Otro rasgo importante es el arraigo familiar que tenemos en Galicia. La tierra tira. Y aquí de la emigración siempre hay una vuelta. Celsiña, de la que hablaba antes, es una mujer emigrante que estuvo trabajando en Francia con un buen puesto. Ella no quería volver, pero su marido sí, y volvieron. Ella perdió la comodidad que tenía allí y ahora vive sola porque es viuda.

—Son mujeres con una fortaleza especial, ¿pero tienen ellas el poder real?

—No, yo no creo en el matriarcado. Cuando hablamos de superabuelas, hablamos de que lo son por sufrimiento, por haber padecido una vida de trabajo y sacrificio. Tienen ese superpoder y son la hostia a día de hoy porque han sobrevivido a todo. Ellas tienen superfuerza, yo hablo de eso, pero la mayoría de las superabuelas con las que trabajo son viudas... No veo la relación que tienen o tuvieron con sus maridos. Como el caso de Celsiña, que volvió porque el marido quería, conozco más. Conozco al menos cuatro casos de gallegas emigrantes que volvieron porque sus maridos querían, pero no quiero generalizar... Una se llama Pura y aún no la pinté. Vive en Escairón y se habían ido a Miami. Ella sabía inglés, era la gerente de un pequeño hotel. Luego está A cortesa de Cambre, a muller acróbata, que emigró en Inglaterra y tuvo que volver...

—¿Tenemos una versión edulcorada del matriarcado, un poco fantasiosa?

—Yo no creo en el matriarcado en el sentido de que la sociedad esté dirigida por mujeres, porque no es así. Ellas, las superabuelas, tienen mucho poder dentro de lo que se hace en casa, en su terreno, porque lo hacen todo ellas. Ese poder de decisión se lo da el esfuerzo, ese hecho de que lo hacen todo. Un matriarcado real sería el de una persona que no ejecuta las cosas, sino que manda, ordena.

—¿Nieto de superabuelas?

—No, no conocí a mi abuela gallega y mi abuela de Navarra ¡era latifundista! La conocí rezando el rosario en el sofá de casa.

—¿Las superabuelas son invisibles... hasta que se suben con arte por las paredes?

—Si no las vas a buscar, tienden a pasar inadvertidas. Piensa en cómo ocupamos el espacio público los hombres y las mujeres, y cómo lo ocupan las mujeres de antes. Entras en un bar de carretera y está lleno de hombres, es raro que veas una mujer...

—Quizá mi abuela hace unos años diría: «E que fai unha muller no bar?»

—Porque la diferencia generacional se nota. Las mujeres del rural hacen mucha vida social mientras trabajan, y en las sobremesas. Sus relaciones tienen mucho más que ver que las de los hombres con el espacio que habitan. Creo que hay otro punto: cuando estas mujeres se dan cuenta de la fortaleza que tienen empiezan a saber que la casa funciona gracias a ellas; a partir de los 70 empiezan a tener más libertad. Muchas son viudas que seguramente tengan una segunda vida... o no.

«La de estas Fenómenas es una generación que se crio con unas faltas que las siguientes no tuvieron, y es una suerte. Ojalá en el futuro no haya superabuelas, ojalá no haya esa necesidad de sacrificio»

—¿Las superabuelas son una especie en peligro de extinción?

—Sí, es una frase que tengo acuñadísima. Las superabuelas gallegas tal como las estoy pintando yo son una generación que se crio con unas faltas que las siguientes no tuvieron. Y es una suerte. Ojalá en el futuro no haya superabuelas, en el sentido de que no haya esa necesidad de sacrificio solo de una persona. Si ellas vivieran de una forma un poco más egoísta, con 85 años a lo mejor no estarían sachando en la leira ni poniendo todos los domingos la mesa para ocho, cocinando y fregando ellas. Son superabuelas por el espíritu de sacrificio que tienen detrás, que las empuja a eso. Si no existiesen, no habría una sola persona en la que delegarlo todo y todos haríamos más. Están en peligro de extinción hasta sus nombres: Erundina, Claudina, Celsiña, Lelucha, Soledad, Virtudes, Dolores...

—Falan todas galego?

—Sí, de hecho estoy aprendiendo a hablar gallego gracias a estas Fenómenas do rural. Yo tenía el gallego por los pelos, del instituto. Desde hace seis años, por las entrevistas que les hago, voy mejorando.

—¡Es una buena inmersión lingüística!

—Sí, son fuentes vivas.

—¿A cuántas Fenómenas has convertido en obra de arte?

—En murales creo que son 15 o 16. Estoy empezando a perder la cuenta, y es bueno... Y cuadros, otros tantos.

—¿Dónde brotará tu próxima «supermuller»?

—En Verín. Voy a pintar en el centro del pueblo a la viticultora de Oímbra Isabel Alonso Pardo, la primera mujer productora que incluyó su cosecha en la denominación de origen de la zona. Tiene 88 años y se hizo mayor de golpe cuando su madre murió al clavarse una punta oxidada y ella tuvo que hacerse cargo de sus cinco hermanos, y después de su padre hasta que falleció. Pero tuvo un matrimonio moderno, ¡con su marido viajaban siempre que podían!

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