La mejor forma de morir


Papá no tiene miedo a morir, quizás porque posee ese desapego de la vida que tienen las personas con capacidad para soñar. Disfrutar y aferrarse no suelen ser verbos que caminen juntos. Los que tienen miedo a perder, también la vida, difícilmente pueden solazarse en ella. Además, solo las personas sin miedo pueden mirar atrás y estar orgullosas de todas sus equivocaciones por acción. Los recuerdos dolorosos son aquellos que no nos atrevimos a vivir y papá siempre fue de los que vivieron por encima de las posibilidades que el destino le tenía previsto.

Nadie quiere morirse y menos si aún puedes comer otro cocido de mi madre. El otro día, en la sobremesa de uno épico, hablamos sobre nuestro tema favorito últimamente: mil y una formas de morir. La mejor, según mamá, es la del tío Pepe, que comió caldo de nabizas y se fue a sentar al poyo. Lo último que vio, con las manos apoyadas al cayado, fue el atardecer sobre la Esculqueira. Ya nadie muere así, antes de que llegue Caronte a recogerte lo hará una ambulancia medicalizada y te habrán «salvado» la vida aunque te quedes convertido en una alcachofa y tu familia se vea obligada a aparcarte en una residencia, en versión Meliá o en versión Ibis, donde alguna joven sin alma podrá usarte para sus vídeos de YouTube.

La vejez de los telediarios da más miedo que la muerte. Papá asegura que cuando las cosas se compliquen se dará de baja. A saber a qué se refiere, pero me ha nombrado albacea de sus cenizas. El 51 % son para San Mauro, el 24 % para la boca de la ría -dirección Buenos Aires-, y el 25 % para la aldea de mamá, adonde nunca quiere ir porque Internet va fatal.

Allí estaban cuando lo vio atravesar la carretera hacia el naval con una azada. No ha cogido una en su vida y ella se preguntó qué demonios haría con la herramienta. Fue en su busca. Lo encontró sudoroso bajo un carballo. Tapaba con unas piedras un pequeño hoyo. Aquí es donde quiero reposar, anunció. Así, cuando te asomes a la ventana verás que me quedé para siempre en el mismo lugar donde te vi por primera vez.

Mamá, con ojos llorosos, le espetó: «Muy bien, pues ya has cavado tu propia tumba». Y ambos se echaron a reír.

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