Onofre Bouvila en texturas: cuando la tinta se hace forma y color

«La ciudad de los prodigios» es la última adaptación de una novela al cómic, fórmula que ha dado algunas excelentes obras dibujadas. Estos son algunos ejemplos


La gran dificultad, y el enorme mérito, que tiene el cómic como género es que su creador -o creadores- ha de contar primero con una buena idea, claro, pero luego tiene que ser capaz de trasladarla a imágenes, creando escenarios, ambientando calles, poniendo (y repitiendo) caras, situando diálogos, pensando la puesta en página... Son a la vez diseñadores de vestuario, documentalistas, paisajistas, maquilladores, arquitectos... A veces no hay una buena idea, y se tira de la que tuvieron otros antes, por ejemplo en una novela. Y hay abundantes ejemplos de esa traslación de género, de la narrativa al cómic. Con algunos patinazos, pero también con un buen puñado de grandes trabajos.

El último en asumir este riesgo ha sido Claudio Stassi, italiano afincado en Barcelona (¿dónde si no para este reto?), autor de esa pequeña joya sobre la mafia llamada Brancaccio. Pocos autores italianos recientes, más allá de Gipi, logran algo de reconocimiento en España. Stassi se ha embarcado con la mejor obra de Eduardo Mendoza, La ciudad de los prodigios, una novela que hace honor a la última palabra que lleva su título: es un prodigio. De principio a fin, un monumento a la transformación de Barcelona durante el siglo XX y a la mutación de sus vecinos. Una novela sobresaliente en el que entre bajos fondos, corrupción, lucha de poder, política y guerras va creciendo un personaje cautivador, Onofre Bouvila, un tipo avispado que llega a la ciudad de chaval, sin nada que llevarse a la boca, y que irá escalando de forma magistral. Y sin escrúpulos. Onofre es el protagonista; Barcelona, el gran escenario. Stassi ha sabido recrear muy bien este segundo aspecto, el de esa ciudad bulliciosa de finales del XIX, expectante ante la Exposición Universal, mientras en sus tripas se cría el anarquismo y engorda la burguesía. Barcelona va madurando, y eso se advierte en el cómic.

Pero Stassi no acierta en ese trabajo enormemente difícil que es trasladar tramas y personajes de la tinta a las formas, al color. La recreación de Onofre como una especie de Peaky Blinder -hay secuencias realmente similares a la serie- o los saltos en el tiempo y la aparición de secundarios sin contexto no ayudan a que el lector se enganche, ni a advertir la inmensidad de la obra que le da origen. El italiano es un gran dibujante, pero ha intentado ser tan fiel a Mendoza que al final ha hecho un resumen a trompicones. Y quien tome este por un cómic nuevo sin referentes detrás también detectará que falta algo.

Es que es complejo asumir este reto de una adaptación. Se puede intentar ser un espejo extremo, y resultaría inabarcable en páginas dibujadas. O buscar un ángulo original y desarrollarlo. Esto último está en Informe sobre ciegos, versión libre del maestro Alberto Breccia sobre un cuento de Sábato, más inquietante que el original por el dramatismo de las imágenes y su tenebroso blanco y negro. Por algo similar optó Manu Larcenet (Los combates cotidianos) para el durísimo El informe de Brodeck de Claudel alrededor de un brutal asesinato en un aldea con la sombra del nazismo. O David Mazzucchelli para la Ciudad de cristal de Paul Auster, recuperando la esencia de esos relatos extraños e hipnóticos alrededor de Nueva York. Todos (curiosamente todos estos en blanco y negro) buscaron un punto que les permitiera ir a un trabajo nuevo.

La otra vía, la de la fidelidad casi al extremo está en las versiones que Hernán Migoya y Bartolomé Seguí están haciendo -con acierto- de la saga de Pepe Carvalho, el investigador de Montalbán, con un dibujo extraordinario y una caracterización de personajes muy destacada. Ya van dos aventuras en álbum. O en esa colorida Lisboa que ha imaginado Pierre-Henry Gomont para la trágica Sostiene Pereira, una ciudad mágica en un momento terrible; tiene altibajos, eso sí. O cómo se metieron Ari Folman y David Polonsky en un libro épico poniendo aún más drama en su imponente visión de El diario de Anna Franck.

 

 

 

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