¿Será el encierro creativo?

La cuarentena es una oportunidad para sentarse a pensar; a Shakespeare o a Newton les resultó productiva, ¿les pasará ahora lo mismo a estos escritores gallegos?


Era 1606 y la peste asolaba Europa. Shakespeare se sentó a escribir. De aquella reclusión nacieron El Rey Lear y Macbeth. En 1665, la Universidad de Cambridge echó el cerrojo. De nuevo, otra peste condujo a un joven Isaac Newton de vuelta a su pueblo, en Woolsthorpe. Allí, cuentan que le cayó la legendaria manzana que desencadenó la fórmula de la fuerza de la gravedad. Otros encierros, el de Cervantes en la prisión de Sevilla o el de Mary Shelley en la mansión suiza de Villa Diodati en el extraño año sin verano de 1816, alumbraron, por este orden, El Quijote y Frankenstein.

Hoy, en el norte de Italia, Paolo Giordano (La soledad de los números primos) publica esta semana en formato electrónico En tiempos de contagio. A él, el confinamiento por el coronavirus le ha resultado productivo. Puede que no sea el único. Consultamos a seis escritores gallegos.

Condenados a escribir

«Newton y Mary Shelley no contaban con pasar una cuarentena en un piso moderno con hijos pequeños», bromea Manel Loureiro. Para los fans del creador prolífico de novelas zombis, el pontevedrés tiene algo de agorero. En la última, Veinte (Editorial Planeta), un virus desencadena un apocalipsis. ¿Les suena? «¡Las que me están cayendo!», sonríe. En su ficción, los microbios solo afectan a los mayores de 20 años y, para documentarse, visitó el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, en EE. UU. «No tenían la menor duda de que esto podía pasar. Hoy, un virus surgido en un pueblo de Sudán deja de ser local para ser mundial. Pero nadie quiere escuchar cosas tan desagradables», justifica. «Por primera vez en la historia de la humanidad nos estamos encerrando todos en nuestras casas». A Loureiro el COVID-19 lo ha pillado con las correcciones de su próxima obra que, en principio, sale en otoño, pero, además «he empezado a preparar unas notas apresuradas de lo que puede ser otra historia», anuncia.

De la misma forma que el cólera inspiró La Peste, de Albert Camus, «vai haber tanto manuscrito sobre distopías de aquí a catro meses!», exclama Inma López Silva, que estaba en plena promoción de O libro da filla (Galaxia), en castellano con Lumen. De escribir algo sobre lo que sucede, «o corpo pediríame máis un ensaio que unha ficción: que acontece cun mesmo cando está pechado? Ademais, esta situación non é o resultado dunha lea política, senón dun bicho, da natureza. Iso cámbiao todo». Apura un relato que empezó a escribir con el encierro. El punto de partida, «unha muller que non sae da casa, pero por unha discapacidade! Rompín un pé en novembro, estou de segundas». Y reivindica: «Vou pedirlle ao Ministerio de Educación que me valide dous anos de Maxisterio». Sus hijas tienen 4 y 6 años.

Posibles adelantos

El coronavirus va a aplazar la celebración de un número redondo para Domingo Villar. Los 100.000 ejemplares vendidos de El último barco (Siruela), que suma doce ediciones. En gallego, O último barco va por la tercera. «Non estaba previsto, pero comecei a esbozar xa, un pouco antes do pensado, a cuarta entrega», confiesa el creador de Leo Caldas. Para los fans de su saga policíaca ambientada en la ría de Vigo la noticia no puede ser más alentadora. Un rayo de luz en medio del coronavirus. Eso sí, no desvela nada más. Prohibido hablar de un libro antes de que se publique.

El estado de alarma supone una parálisis de promociones e ingresos. «En cierto modo, he tenido suerte. La idea de Blackie Books era lanzar Infelices en febrero. Menos mal que lo adelantamos al otoño», cuenta Javier Peña. Su debut es una de las sensaciones literarias que trajo el 2019. Desde el viernes 13, «estoy escribiendo mucho, pero no ficción, sino talleres para los cursos que espero retomar. Suelo escribir historias más íntimas, no me interesa una sobre el Armagedón de los virus. Estoy seguro de que ya hay muchos autores pensando en eso, pero no sé si la gente tendrá ganas de leer sobre epidemias una vez que la superemos», cree Peña. El parón es un golpe para el sector, pero también un reconocimiento, alega: «Qué haríamos ahora sin la cultura?».

«Este ano collera unha excedencia, polo que xa estaba traballando desde a casa. Escribir é unha profesión que esixe soidade e sosego. Esto último, por desgraza, non o temos», dice Andrea Maceiras, premio Lazarillo 2018 de creación literaria. Gracias a la buena acogida de Conta nove estrelas (Xerais) tenía una apretada agenda de visitas a colegios que ha tenido que aplazar. ¿Lo bueno? «Estou rematando o último proxecto de novela xuvenil».

«É complicado soñar mundos novos e construílos cando unha está demasiado preocupada pola deriva deste no que vivimos. Ás veces, abrir a cabeza vólvese imprescindible para escribir, e tamén estar en contacto coa vida», destaca Berta Dávila, que acaba de publicar Carrusel. «As nais temos que facer equilibrios máis complicados do habitual, e a vida familiar é máis tensa porque son moitos días de peche», reconoce. Pero nada de rendirse: «Paréceme que as escritoras galegas estamos máis ou menos afeitas a crear cousas fermosas en situacións de incerteza e estou segura de que, dun xeito ou doutro, tamén o faremos nesta».

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