¿Es este el mejor Drácula de la historia?

La versión libre de Netflix sobre el vampiro reúne tantos elogios como críticas por su arriesgado planteamiento. El conde, brillante como pocos, muerde de nuevo. Ojo, hay «spoilers»


«¿Crees en el destino? ¿Que hasta los poderes del tiempo pueden ser alterados por un propósito? ¿Que el hombre con más suerte en este mundo es aquel que encuentra el amor verdadero?». Drácula, probablemente en la mejor encarnación de las muchas que ha tenido, se responde a sí mismo en la adaptación con la que Netflix y sus creadores, Mark Gatiss y Steven Moffat, han renovado el mito. Una actualización llevada hasta el extremo que trae al conde al siglo XXI en su tercer y último episodio, un giro de guion que no todos los seguidores del clásico han encajado por igual. ¿Disparate o genialidad? Probablemente, el cierre perfecto a la existencia del no muerto más laureado de todos los tiempos. También el culmen de sus palabras más célebres por obra y gracia de Coppola, que no de Bram Stoker en la novela original. «He atravesado océanos de tiempo para encontrarte», dice el vampiro por exigencias del guion en una declaración de amor que ha quedado para la posteridad. Y, en este caso, los ha atravesado más que nunca.

Los directores de Sherlock recogen el testigo de esta idea y, aunque su conde es demasiado egocéntrico como para expresar tan grandiosamente el amor, no lo es para caer rendido ante él. Todo ello en un contexto que le da al espectador la oportunidad de disfrutar a un impecable Claes Bang dando vida al vampiro, muy lejos de la Transilvania del siglo XIX. Como a Sherlock, Gatiss y Moffat se han atrevido a traer al mismísimo conde Drácula al Londres actual.

Antes, otros dos episodios más puristas, aunque igualmente versionados. La serie arranca con un inicio bastante fiel a la novela. El joven abogado Jonathan Harker viaja hasta el castillo de Drácula en Transilvania, del que sale prácticamente muerto. La atmósfera es asfixiante y consigue la oscuridad, la tensión y el misticismo del castillo del decrépito conde, un auténtico y aterrador laberinto que solo esconde atrocidades. Harker acaba infectado y convertido en un vampiro al servicio de Drácula, pero que, a pesar de su condición, sigue amando a su prometida, Mina. Ella centra uno de los grandes cambios con respecto al libro y varias versiones cinematográficas, porque en esta ocasión pasa a un absoluto segundo plano y no vuelve a aparecer. Sí irrumpe otro personaje nuevo y arrollador, Agatha Van Helsing, una monja descreída y experta en las artes oscuras que aparece en escena para cuidar de Harker y arrancarle las claves que permitan la destrucción de Drácula. Sustituta del mítico doctor que se enfrenta al conde en el relato original, Agatha recoge el testigo como su digna y eterna rival.

Una bestia con perfil de Tinder

Continúa la serie con un segundo capítulo más sangriento que transcurre en el barco en el que Drácula viaja a Londres. Durante el pasaje, que en el libro apenas ocupa cuatro páginas, los personajes se convierten en las víctimas de un conde elegante, refinado, abiertamente bisexual, irresistiblemente atractivo, divertido e irónico, pero capaz de convertirse en una bestia salvaje y sedienta de sangre. Un ser que encarna todas las supersticiones vampíricas y que solo entra en un lugar al que le han invitado primero, un escollo que gracias a su carisma e inteligencia suele solucionar con rapidez. En medio de una evidente tensión sexual, es el propio Drácula el que repasa el viaje con una aturdida Agatha mientras juegan al ajedrez en una partida en la que cada víctima representa una jugada clave.

Pero el tramo final de la historia, el más polémico, es también el más brillante. Drácula, literalmente, cruza océanos de tiempo para llegar al Londres de la actualidad y encontrarse con una descendiente de su rival, Zoe Van Helsing, que le recibe en medio de un dispositivo policial para encontrarle, estudiarle y evitar que extienda el vampirismo. No tiene precio ver al conde con perfil de Tinder, o emocionado al poder mirar de frente al sol en la televisión antes de que lo encierren en la fundación Jonathan Harker, de donde, por supuesto, logrará salir para ir en busca de otras víctimas. Entre ellas se encuentra la propia Zoe, a la que ataca sin éxito porque tiene cáncer, y descubre que su sangre es mortal para él. En la fundación destaca un estudiante, Jack Sweart, profundamente enamorado de Lucy Westenra. Una Lucy que Stocker definió como rubia y dulce, pero que en esta adaptación es, en cambio, de raza negra y tan egocéntrica como el propio Drácula. Como en el libro, uno de sus pretendientes se llama Quincey y el otro es precisamente el doctor Seward. Lo que tienen en común las dos Lucys es que ambas versiones del personaje caen rendidas al conde, que se obsesiona con ellas.

No es menos rompedora la visión que se ofrece de los vampiros, que la serie convierte en seres egoístas, narcisistas, pero, sobre todo, débiles. Drácula no quiere reflejarse en el espejo porque se ve viejo y decrépito, como en realidad es; no soporta la cruz porque es el símbolo de los que ya no viven y también el de Dios, que dio su vida por salvar a la humanidad; le teme al sol no porque crea que se va a quemar, sino porque piensa que le matará. El conde, en realidad, le tiene pavor a la muerte. Y precisamente ahí, cuando su admirada rival le hace ver a través de su descendiente que ninguna de sus supersticiones son ciertas y el vampiro descubre que, en realidad, es más indestructible que nunca, emerge un ser vulnerable. Un ser que decide ahorrarle a su eterna rival el sufrimiento y el dolor de la muerte dándole su último mordisco, mortal también para él.

Ella se sacrifica para liberar al mundo del vampiro, y el vampiro se deja matar por la única persona que ha llegado a entenderle en toda su existencia. Drácula empieza presentándose como un ser diabólico, pero termina mostrando a un ser humano que cualquiera invitaría a entrar.

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