Cuando Buñuel metió los pies en el barro

Este es el cómic que hay detrás del Goya al mejor largometraje de animación


Detrás del reciente Goya al mejor largometraje de animación hay un cómic. Y un muy buen cómic. Buñuel en el laberinto de las tortugas es una incursión mayúscula en el surrealista mundo de aquel director en un momento clave de su carrera, un trabajo sobresaliente que firma Fermín Solís y que ahora, gracias a este premio, tendrá seguro una segunda vida en la edición de Mondadori. O, más bien, una tercera.

Porque la pieza original es de hace casi diez años, entonces en blanco y negro, y editada por Astiberri en colaboración con la Administración extremeña. La obra que se puede encontrar ahora en las librerías llega a todo color y con una mayor paginación.

Y diez años pueden parecer mucho, pero el dibujo sigue fresco, tan original como entonces. Y sus pasajes y protagonistas, conmovedores. Y sin faltar una pizca de humor, hasta de mala leche, en el guion de Fermín Solís.

En el fondo este cómic es un juego, una especie de travesura, de ingenio, que seguro que le habría gustado a Luis Buñuel. Solís se propone recrear cómo fue el rodaje de Las Hurdes, tierra sin pan, un documental de menos de media hora, dirigido por aquel cineasta y rodado entre el 23 de abril y el 22 de mayo de 1933. Fue un trabajo que terminó de llenar a España, y media Europa, de prejuicios hacia aquella comarca extremeña. No hay realmente ningún documento que acredite cómo fue aquella visita, la de Buñuel y todo su equipo, como fueron sus relaciones con esas gentes, su asombro en la comarca, sus conversaciones... Y es precisamente eso, la capacidad inventiva, el gran hallazgo de este trabajo. Sumen secuencias de cierto absurdo y pasajes de delirio, y el trabajo es fascinante.

Solís, originario de Extremadura, traslada a Buñuel hasta el barro, para contar lo que pudo ver en las Hurdes, desde miradas hasta olores. Cómo fue la dirección de actores (gente de la calle) para trasladar un mundo rural a lo onírico. Entran ahí las contradicciones del propio cineasta, sus prejuicios, sus frustraciones, sus ansias por que aquellos lugareños, en unos deprimidos años 30, se comportaran a la manera de una hilarante producción. Ahí Solís tiene la habilidad de contraponer a Buñuel a una suerte de conciencia crítica, Ramón Acín, el que sirve para poner al creador con los pies en la tierra.

Buñuel en el laberinto de las tortugas -conviene no explicar mucho el título para que lo descubra quien se meta en la obra- tiene varias lecturas. Una, la que nos permite ver a un cineasta ante sus enajenaciones y frustraciones, cuando se ve en el ocaso de su creatividad. Otra, la que nos lleva a la España deprimida de hace 80 años que miraba con excentricidad a un tipo peculiar como pocos en un tiempo además políticamente convulso. Y una tercera, la que sobrevuela toda la obra: la visión contemporánea del arte frente los convencionalismos. El hombre que quiso llevar el cine un paso por delante, en una sociedad que se había quedado anclada veinte pasos atrás.

Buñuel en el laberinto de las tortugas

Fermín solís

EDITORIAL Mondadori PÁGINAS 160 PRECIO 17 euros

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