Un faro que no deja dormir

La nueva película de Eggers reúne a dos actores que realizan unas interpretaciones sublimes y exigentes, al servicio del terror y la locura

Fotograma del filme «The Lighthouse», de Robert Eggers, con Willem Dafoe y Robert Pattinson como únicos protagonistas
Fotograma del filme «The Lighthouse», de Robert Eggers, con Willem Dafoe y Robert Pattinson como únicos protagonistas

En un sentido práctico, los lectores han acabado por aceptar el concepto cuento a través de un matiz infantil. Es un error a evitar, pero quizás demasiado presente. Ya lo decía Cortázar, parafraseando a otro escritor argentino; si la lectura fuera un combate entre un texto apasionante y su receptor, la novela ganaría por puntos y el cuento por knock-out. Es un hermoso símil. Sobre todo porque resume a la perfección el carácter del cuento: breve y a la yugular.

Pero… ¿no es El Faro una película? Sí, lo es. Pero no por ello deja de ser un cuento, un turbulento relato de terror absoluto, narrado por dos actores en estado de gracia y envuelto en una claustrofobia monocromática que asfixia a través del formato de cuatro tercios. El Faro es una de las películas del año, téngalo bien claro desde este momento. Una obra maestra contemporánea de un género, el del terror, que atraviesa en la actualidad un momento delicioso gracias a obras como Midsommar, por citar otra cima alcanzada el año pasado.

Dos hechos a destacar antes de llegar a la isla donde este faro irradia luz. Su responsable es Robert Eggers, hombre que aspira a convertirse en un imprescindible de este arte y que ya había estado detrás de La Bruja, cinta también de terror que quizás no obtuvo el respaldo debido en su día -la engañosa campaña publicitaria no ayudó-. Aquí y ahora, se erige como un autor puro, decidido a mostrar en pantalla un ensayo sublime sobre la locura, los límites del encierro y lo masculino y sus fetichismos. Otro asunto es la presencia brutal de Robert Pattinson y Willem Dafoe. No dude del primero, no lo haga. Ya hace mucho que no se le debe poner bajo lupa por su pasado adolescente vampírico. Pattinson está aquí a la altura de Dafoe. Haga las cuentas de lo que eso significa.

El Faro es un viaje fascinante hacia la oscuridad de un alma que es encerrada sin llave ni puerta. Un juego audaz de planos claustrofóbicos y opresores en 4:3, cuadrados, que Eggers utiliza de una manera excepcional a la hora de crear una atmósfera privada de libertad. No solo en la cochambrosa casa que los dos protagonistas habitan mientras cuidan de un faro en medio de la nada, sino en esa isla abierta a la climatología, donde las gaviotas vigilan.

Dos hombres que beben, ríen, lloran, maldicen y pelean. Dos actores que ejercen una interpretación durísima, más de teatro que de pantalla, pero que no olvidan el medio sobre el que trabajan. Una especie de pesadilla ausente de sustos o aburridas subidas de volumen que buscan el gritito fácil. Egger no se recrea en lo repentino, sino en la tensión constante, creciente. Hay elementos legendarios y mitológicos, pero no buscan otro concepto que no sea la metáfora. Tentáculos y babas se relacionan con el sexo, no con el terror. Se evitarán destripes innecesarios.

No es esta una cinta habitual de la cartelera. No busque una especie de narrativa mainstream o una película para dejar sus problemas en la puerta de la sala a la espera de un entretenimiento pasivo. El Faro exige del espectador su visión y su espíritu, la capacidad para ver un cuento que quiere ser más que eso; quiere ser un ensayo de la paranoia, quiere ser denso y corrosivo con lo que muestra, quemar a todas las partes implicadas en su salida hacia un final incierto, que uno difícilmente acierta a ubicar o cuándo llegará de no mirar el reloj.

El mar, el faro, las rocas, las gaviotas, el sudor, la figurita de una sirena… Cualquier elemento se convierte en un símbolo de encierro y pesadilla. Una aliteración continua de tareas y alcoholismo nocturno, de monólogos y conversaciones que solo repiten preguntas sin cesar, como una competición entre dos locos que se ladran y se muerden. Al fondo suena una sirena que no cesa. Una alucinación salada que mira a cámara. Y da miedo, pavor. Y sigue devolviendo la mirada.

Con apenas 36 años, el director estadounidense firma una película que acompleja por lo que refleja, que anticipa una carrera brillante a la sombra, esperemos que no, de una pieza como El Faro. Síganle la pista. Aquí hay y habrá mucho que ver. Demasiado habría que equivocarse para que ocurriese lo contrario.

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