Los replicantes no son el presente

La película «Blade Runner» se ambientaba en el año 2019, una visión distópica del mundo que acierta y falla en una curiosa proporción


En el arquetipo de la ficción distópica, a menudo relacionada con el cyberpunk junto con otras subdivisiones, Blade Runner es la cima popular de la concepción tenebrosa del futuro. Un mundo que situaba su propia narración en el 2019, lejano en el tiempo para Ridley Scott, muy lejano para Philip K. Dick, autor del relato original que inspira la película. Así es, hemos llegado al futuro, pero como suele ocurrir, dista bastante de lo que pensábamos que sería, al menos, en bastantes cosas. Lo cierto es que en los relatos que soñaban con el siglo XXI, buena parte de las revoluciones tecnológicas se centran en los transportes y la colonización, el uso de nuevas formas de energía y la interconexión.

Es el punto tres en el que más hemos cambiado. Internet ha brindado una ventana a casi todo el planeta de hablar con quien quiera cuando quiera. La sociedad ha alcanzado el estatus de información, y las opiniones sobre unos y otros viajan a la velocidad de la luz. Fotos, vídeos, likes… ¿En qué se parece nuestro mundo al de Blade Runner?

Lo cierto es que, pese a las evidentes diferencias, la cinta de Ridley Scott muestra más paralelismos que los deseados con el mundo real actual. Por un lado, el tema de la contaminación y el cambio climático es un hecho. Las grandes urbes del mundo se hallan bajo enormes champiñones de humo y contaminación, las playas se llenan de plásticos y los mares ya poseen islas creadas con basura.

También hay diversas tecnologías que aparecen en la película, que no solo existen hoy, sino que van más allá. Desde principios del siglo XXI podemos realizar videoconferencias, mientras que los asistentes domésticos como Alexa están al alcance de buena parte de la población. Además, la publicidad lo ha invadido todo. Un paseo por ciudades asiáticas, o el centro de New York, no dista demasiado de esos edificios cargados de luces led que promocionan un producto o una inversión.

Sin rastros de dolor

Con todo, si en algo se aleja el mundo de la adaptación de Philip K. Dick del nuestro, es en los avances tecnológicos más reseñables. No, no tenemos coches voladores con los que sobrevolar las ciudades, elemento casi indispensable a la hora de imaginar el futuro. Tampoco hemos conquistado el espacio exterior más allá de la Luna. No tenemos naves ardiendo más allá del cinturón de Orión, ni colonias, ni nada similar.

Es cierto que sí tenemos robots, máquinas que hacen algunos trabajos mucho más sencillos y eficaces, pero incluso el más moderno y logrado de los robots está a años luz de los replicantes que aparecen en Blade Runner. Máquinas que a simple vista son imposibles de diferenciar de un ser humano de no ser por el test Voight-Kampf.

Así, la película acierta en las más ambiciosas predicciones, pero acierta en quizás las más terribles, como la soledad humana que se rodea de máquinas, o el camino hacia un planeta inhabitable. En el 2049, veremos si su continuación ya es presente.

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