¿El final de Lisbeth Salander?

Lagercrantz cierra su aportación a «Millennium» con un «thriller» solvente, pese a sus desequilibrios, que no enloquecerá a los seguidores de Larsson


No hay que perder la perspectiva, pese al paso del tiempo. Es verdad que el próximo noviembre se cumplirán ya quince años de la prematura muerte por un infarto del reportero y narrador sueco Stieg Larsson, cuando acababa de entrar en la cincuentena. Todo lo que vino después le fue en buena medida ajeno, empezando por el éxito póstumo de la trilogía que escribió protagonizada por el periodista Mikael Blomkvist y la hacker Lisbeth Salander: Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire. Un cuarto volumen quedó incluso en el tintero, apenas esbozado, en un cajón.

Aún hoy resulta difícil explicar el fenómeno editorial de masas de la saga Millennium, porque más allá del icónico personaje femenino que creó, poco o nada de innovador se puede hallar en su novelística. Lo que sí hay en estos libros es autenticidad, en ellos se respira la pasión por la información que movía el trabajo periodístico de Larsson, y, del mismo modo, compromiso, el que alentaba su lucha contra el extremismo de la ultraderecha, la revisión del pasado nazi de Suecia, y la denuncia del maltrato, la violencia y la discriminación contra las mujeres. Su combate no podría estar hoy más en boga, con la fuerza arrolladora del movimiento feminista global #MeToo y el pujante ascenso en todo el mundo de partidos de ideología fascista y xenófoba.

Lo que sucedió -asunto desagradable- después de la muerte de Larsson fue un anuncio de lo que vendría después. Erland y Joakim Larsson (el padre y el hermano de Stieg, con los que casi no mantenía relación) se impusieron en la batalla por la herencia y el control de los derechos de la obra del periodista. Su compañera sentimental durante los últimos 32 años de vida, Eva Gabrielsson, se quedó sin nada al no estar la pareja formalizada legalmente. Dio igual que ella, también como periodista, hubiese formado parte del espíritu que edificó la carrera profesional de Stieg, de su trabajo diario y del proyecto narrativo Millennium. En adelante, advirtió dolida, todo en lo que creímos se convertirá en una mera industria, en lo mismo que deploramos y dedicamos nuestra vida en común a denunciar. Y así ocurrió, una industria afloró, la que muchos calculan que, entre ejemplares vendidos y adaptaciones cinematográficas, ya superó de largo los cien millones de euros en ingresos.

Para que continuara la saga, la familia y la editorial sueca Norstedts decidieron contratar a David Lagercrantz, que había logrado cierta fama por la biografía que elaboró sobre el jugador de fútbol Zlatan Ibrahimovic. Era un producto pujante que no se podía desaprovechar. A los diez años de la publicación del primer volumen de la trilogía llegó Lo que no te mata te hace más fuerte. Después fue El hombre que perseguía su sombra, y, hace solo unas semanas, La chica que vivió dos veces. Lo que no puede reprochársele a Lagercrantz es que no respondiera a su cometido: su pulcritud y profesionalidad están fuera de toda duda. Como aconteció en gran medida con las dos anteriores entregas, La chica que vivió dos veces se lee con agrado, incluso está mejor escrita que muchas de las novelas del noir escandinavo tan publicitadas y jaleadas. Otra cosa es la ausencia del alma del relato, no solo la de sus dos protagonistas principales, sino también la de aquel texto que vibraba como un notable reportaje periodístico.

Para tratar de darle hondura a las motivaciones del mal -y del thriller-, recurre de nuevo el autor al pasado de Lisbeth Salander, enfrentándola desde el inicio de la novela a su hermana Camilla, de la que apenas muestra la superficie de una víctima de maltrato y abuso a la que los daños convirtieron en una depredadora asesina como el padre. Lisbeth entra en una deriva (¿psicológica?) de dudas que desdibuja la figura punk que tanto cautivó al lector. La neblina parece afectar también a Blomkvist, hastiado por el camino angustiante que toma el mundo, con unos políticos que solo se miran a sí mismos, entre la ultraderecha, la corrupción y las mafias del cibercrimen (las fábricas de intoxicación de los bots rusos, a la cabeza).

La introducción del universo de los sherpas y el alpinismo a gran escala no logra dotar de contenido y credibilidad la historia -que peca de desequilibrios abundantes y giros poco convincentes- y tampoco conferir cuerpo argumentativo a la novela. Si acaso, solo de un modo forzado, con un ministro que sí emerge como uno de los caracteres mejor perfilado, el del hombre bienintencionado pero cobarde que, al final, mira para otro lado para tratar de seguir creciendo y evitar que los remordimientos lo ahoguen.

Atropellada escena de violencia

Sin embargo, ni siquiera la atropellada escena final de violencia que reserva el libro -en su clímax- será capaz de arruinar la lectura a quien busca un thriller solvente, una pura evasión. Lagercrantz sirve un artefacto que resiste todos sus defectos de arquitectura, ya que la trama acaba tirando del interés, aunque se eche de menos una mayor elaboración que podría sacar mucho más partido a los materiales empleados. Ya ha dicho que para él basta, que ha acabado con la serie Millennium, que necesita oxigenarse. A ver si no es un caso Daniel Craig-James Bond y un suculento contrato lo hace regresar a la tarea.

Por el momento, no se ha atrevido a matar la gallina de los huevos de oro, y queda abierta la posibilidad de que la vida continúe para Blomkvist y Salander. Los emprendedores Erland y Joakim Larsson así lo querrán. Hay mucho en juego.

«La chica que vivió dos veces»

David Lagercrantz

TRADUCCIÓN Martin Lexell y Juan José Ortega Román

EDITORIAL DESTINO PÁGINAS 592 PRECIO 22,50

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