Los juguetes también se hacen mayores en el cine

La cuarta entrega de la saga «Toy Story» es una comedia adulta disfrazada de cinta veraniega, donde asistimos al final de una época


El paso del tiempo es inexorable. Una rueda que transmite su movimiento a nuestros huesos y de ahí al resto. Cuando era niño, Toy Story me confirmó algo que yo había sospechado siempre: mis juguetes tenían vida propia. No podía ser de otra manera; adoraba tal posibilidad. Vivía cada día una media de diez o doce aventuras diferentes con ellos y Pixar cambió la historia de la animación el 22 de noviembre de 1995. Los años pasaron, Disney se hizo con su nombre y el resto es historia. Ratatouille, WALL·E, Buscando a Nemo, Up, Frozen...

La marca Toy Story es un símbolo intergeneracional. Sus dos primeras entregas, dos clásicos instantáneos; su tercer capítulo, una absoluta obra maestra que pudo haber sido su final, y durante unos segundos lo fue, ese interminable momento en el que abrazados y aceptando su final los juguetes descienden hacia un incinerador, pero Disney ha querido un poco más. Ha decidido estirar una historia que quizás no lo necesitaba, incluso sería difícil encontrar a alguien que así lo pidiese, pero Toy Story 4 está ahí, ha llegado a los cines y, por qué no, debe disfrutarse en su plenitud.

Al grano. Este último chupito de la saga de los juguetes no es el que mejor sabor tiene. El listón estaba muy alto, demasiado, por lo que no es ningún drama reconocer que la cuarta entrega está por debajo de ese Andy universitario y esos muñecos que buscan encontrar su sitio en la vida de un chico ya adulto, un motivo para seguir viviendo, una última tarde de aventuras que no da llegado.

Toy Story 4 cuenta otra historia, pero más importante que esa narración en sí misma está el cómo la vuelca en pantalla. Se trata de una cinta que abandona por completo cualquier atisbo infantil y abraza el cine adulto al cien por cien. Sería imposible negar que un niño podría verla, que quizás incluso se pueda reír con ciertas escenas, pero el humor de la última entrega va mucho más allá de eso.

Porque sí, Toy Story 4 es una película de humor, una comedia con todas las letras que busca la carcajada y lo logra gracias a un inteligentísimo guion y a una serie de gags pensados para el gozo absoluto, de veras. Los hay de todo, pero en su mayoría tienen un tono adulto que en algún caso roza el humor negro, como el relacionado con la cárcel y un accidente provocado -si ya la vio, sabe de lo que hablo; si aún no fue al cine, no se preocupe, lo entenderá pronto-.

Bienvenidos los nuevos

Le resumo muy rápido el argumento. En su primer día de cole, Bonnie crea a Forky durante una manualidad y, a partir de ahí, Woody y compañía deberán cuidar de él al convertirse en el juguete favorito de la pequeña, aunque este nuevo amigo tenga ciertos problemas de personalidad al no tener claro si es basura o si es un verdadero juguete.

A lo largo de la película se materializan diferentes frentes en los que destaca ese Woody que traza una línea ascendente hacia su destino y sus creencias personales y en donde los nuevos personajes que se incorporan a la franquicia brillan con luz propia. Son lo mejor de la cinta, y los que más juego -nunca mejor dicho- dan. Por sus bromas, sus personalidades, sus locuras... El caso de los juguetes de felpa llamados Ducky y Bunny, sus ideas y conversaciones, son absolutamente geniales, igual que los monólogos interiores del canadiense Duke Caboom. Curioso también el sorprendente cambio de Buzz, que parece extrañamente idiotizado por momentos. No se equivoquen, está presente y protagoniza algunos de los mejores momentos de la cinta, pero si han visto las anteriores películas, notarán un aroma extraño en su personalidad, como si el crecimiento mental de las anteriores películas se hubiera borrado o olvidado.

No importa. Cualquier aspecto negativo de Toy Story 4 es enterrado por sus virtudes, por el buen cuerpo que deja su visualización y por el mensaje que quiere mandar, entra la tolerancia y el perder miedo al cambio, a aceptar los caminos individuales, a dejar que las cosas sigan su curso si así tiene que ser. Es una lección de vida que vale oro, y que Josh Cooley, su director, ha sabido inmortalizar para la posteridad de una manera más que notable. Tiene mérito, sobre todo si tenemos en cuenta que este es su primer largometraje en esa posición, tras haber pasado por un crecimiento personal y laboral dentro de Pixar, muy habitual en la compañía.

Merece la pena ver Toy Story 4, aunque solo sea por recordar ese cerrar la puerta de la habitación y abrirla rápidamente para ver si alguno de nuestros otrora amigos se ha movido.

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