La tragedia más allá del arco iris

En el año en que se estrenará una película sobre su vida, se cumplen 50 años de la muerte de Judy Garland y 80 del rodaje de «El Mago de Oz»


Una extraña conjunción astral ha hecho que Judy Garland vuelva a estar de actualidad. Acaban de cumplirse 50 años de su prematuro y trágico fallecimiento; su película más recordada, El Mago de Oz, cumple 80 y está pendiente de estreno un biopic en el que Renee Zellweger se mete en la piel de la desgraciada actriz, uno de esos papeles que huelen a Oscar antes incluso de rodarse la película, en los que la estrella de turno cambia su fisionomía para transformarse en un personaje de la reciente historia americana. Bien por Bridget Jones. La película, centrada en los últimos años de la actriz, vendrá a contarnos cómo, a pesar de que cada vez que suena el nombre de Garland nos venga a la cabeza la dulce imagen de Dorothy acompañada por el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león cobarde, su vida no fue precisamente un camino de baldosas doradas.

Un juguete roto

Fue un claro paradigma del juguete roto, la niña aupada al estrellato por un Hollywood sin alma que le exigió seguir siendo la imagen de la inocencia cuando esta ya la había perdido antes de llegar a la adolescencia a base de anfetaminas, barbitúricos, alcohol y tabaco en cantidades industriales. Tocó el cielo tras ser la pareja fílmica oficial de Mickey Rooney cuando encarnó a Dorothy (o Dorita, dependiendo del doblaje) en El Mago de Oz, disimulando los cambios que las hormonas habían producido en su cuerpo de 16 años a base de ceñidos corsés y minando su autoestima hasta el punto de que desapareciera cualquier atisbo de su personalidad madura. El esfuerzo le valió un óscar en una categoría especial, la de actriz juvenil. Una especie de premio de consolación que le sirvió, sin embargo, para terminar de convertirse en una estrella. A su pesar.

Paralelamente a sus logros cinematográficos vivió un continuo ir y venir entre clínicas de desintoxicación y psiquiátricos, superó dos intentos de suicidio (que se sepan) y un aborto a los 20 años. Se casó varias veces -el matrimonio más sonado, con Vincent Minnelli, tendría como fruto a Liza Minnelli- y antes de cumplir los 30 ya era una actriz en decadencia que tendría su canto del cisne con Ha nacido una estrella. Se refugió en la música, ofreciendo recitales todavía recordados como el del Carnegie Hall de 1961, que reinterpretaría íntegramente décadas después Rufus Wainwright. Y el 22 de junio de 1969, con 47 años, fallecía por una sobredosis de barbitúricos supuestamente accidental, aunque los rumores sobre su muerte han ido mucho más lejos.

Fue quizá su prematura muerte lo que la libró de arruinar definitivamente su leyenda. Coincidió esta en los días previos a los disturbios de Stonewall que originarían el movimiento del orgullo gay. Pasó a convertirse en un icono de la causa homosexual, y no solo por esta macabra coincidencia. Su papel de Dorothy, la niña que aceptaba y se hacía amiga de todos los que eran diferentes, tuvo mucho que ver. Incluso durante años se utilizó el término «amigo de Dorothy» para identificarse entre la comunidad gay. Más allá de esto queda la imborrable imagen de la niña que supo convertir un supuesto canto a la esperanza como es Over the rainbow en una canción que rezuma tristeza en cada compás.

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