Humor a primera vista

Luis PiedrahIta reflexiona sobre el humor como arma de construcción masiva. «Las buenas coñas se tiran con pausa, como las buenas cañas», asegura el mago coruñés


¿Recuerda usted la primera vez que se rio de un inofensivo sonajero?

Piense usted en cualquier primera vez. ¿Cómo fue? Torpe, ¿verdad? Uno acude a su primera vez desnudo de experiencia. La verdad, yo no acabo de verle el romanticismo a las primeras veces. La gente evoca la primera vez que montó en bicicleta, o la primera vez que estuvo con una chica, con una melancolía inexplicable.

-«Ay, la primera vez».

En mi caso, la primera vez que monté en bicicleta fue muy parecida a la primera vez que estuve con una chica: Descoordinación, vértigo, pedaladas al aire y, en ambos casos, a los pocos segundos ya estaba en el suelo. Con el tiempo vamos aprendiendo.

A reír también se aprende con el tiempo… Y empezamos a aprender cuando sabemos distinguir entre la risa y el humor. ¿Qué relación hay entre esas dos cosas? ¿Tiene el mismo valor esa carcajada cuando te hacen cosquillas que la media sonrisa que provoca una viñeta de El Roto?

La risa es al humor lo que la espuma es a la cerveza. La risa ha de estar ahí arriba coronando un humor hecho de ideas frescas, con presión y con cuerpo. Reír por reír, como seguro que hicimos todos la primera vez delante de un sonajero, no tiene mucho mérito. Sería como beberse un vaso de espuma de cerveza. Las buenas coñas se tiran con pausa, como las buenas cañas. Y el buen humorista hace el humor como se besan los erizos, muy despacito.

Ese humor siempre es necesario. Es necesario porque hace la vida llevadera. En realidad no soluciona los problemas. No cura las heridas, ni hace que vuelva la persona amada. Seguirá doliéndonos la espalda y los políticos seguirán robando, unas veces con la mano izquierda y otras veces con la mano derecha... Todo eso seguirá igual. Pero el humor nos ayudará a que todo eso sea soportable. Alguien dijo que hay dos maneras de moverse por la vida: una es construyendo lo que nos gusta y la otra es destruyendo lo que no nos gusta. Viéndolo desde ahí, a mí me gusta entender el humor como un arma de construcción masiva.

Es cierto que atravesamos años de susceptibilidades y que la gente está más sensible que el glande de Stendhal. Recordarán que hace más de 40, cuando algunos reíamos por primera vez delante de un sonajero, hubo una época en la que no se podía hablar de nada. Luego vinieron unos años en los que se pudo hablar de todo y ahora vivimos una época en la que parece que se puede hablar de todo pero en realidad no se puede hablar de nada. Es un debate que surge a cada paso y ahí se mide al humorista. Unos dicen que los límites del humor han de estar en el respeto, otros responden que la libertad de expresión es sagrada, enseguida salta otro con que todos tenemos derecho a ofendernos, después otro le rompe una silla en la espalda porque eso que ha dicho le ha ofendido… Yo opino que los límites del humor están en el talento del humorista. El humorista talentoso sabe ofender solo al que lo necesita. El humor no puede ser inofensivo, pero la ofensa ha de ser justa.

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