¿Es el enemigo? Que se ponga

Para tu guerra y muérete con gusto, de la risa. El soldado que firmó con humor la paz de las heridas está de vuelta con una antología de vida y obra. Felices cien años, Gila. Te queremos mucho


Un toque de Gila nunca sería una llamada perdida. Él no se daría por vencido hasta que te pusieses al teléfono, para contarte a su manera parte de su vida y también la de media España. Si te ríes al oír «¿Es el enemigo?», sabes quién está al otro lado de la línea. Y lo que viene después: «Oiga, ¿ustedes pueden parar la guerra un momento? ¡Que si pueden parar la guerra un momento!». ¡Hombre!

Debajo de la boina de un cateto hay un filósofo, decía Gila, «y esto lo sé porque yo soy un cateto más», un sabio con la cabeza a cubierto. Hay una memoria histórica sujeta a la ley del humor en muchos de sus monólogos sobre la familia, el matrimonio, la guerra, la Iglesia, los jefes, los hijos, los políticos, la vida: «Me habéis matado al hijo, pero nos hemos reído...», «Yo no tengo nada en contra del matrimonio. Qué va. Aunque lo de vivir en pareja me recuerda a la Guardia Civil», «Sé una cosa que no puedo contar, porque si la cuentoooo...». Ojos gachos, dientes por fuera, el dolor bien metido por dentro. Nadie como Gila para buscarle las cosquillas al suspense más familiar y cotidiano del cuento.

«Lo peor no fue morirme»

De no haberse muerto por última vez el 13 de julio del 2001 (él murió varias veces, cuenta en un monólogo, y una de ellas lo peor no fue morirse, «fue lo mal que lo pasé tragando agua»), este soldado en la trinchera del humor habría llegado este marzo a los cien años. Con una memoria apasionada lo celebra Blackie Books, con una antología de Jorge de Cascante, un álbum de entrevistas, viñetas, cuentos y notas personales, elaborada con la colaboración de Malena, la hija pequeña de Gila. ¿Por qué al oírle por enésima vez contar lo mismo nos reímos como si fuese la primera? «El suyo es un humor ingenuo y valiente, que logró unirnos en los momentos duros de la dictadura, que cura heridas y aún nos une. Tiene una lectura valiosa hoy. Gila cuestiona toda autoridad. El Ejército, la Iglesia, los jefes, los padres, los políticos... Y además fue un gran escritor, al que le pasó lo que a Gloria Fuertes, de quien, por cierto, fue vecino y medio novio. El talento literario de Gila quedó a la sombra de su fama televisiva», cuenta Jorge de Cascante.

«Cuando nací mi madre no estaba»

Cuando Gila nació, su padre no estaba en casa, por más que en uno de sus monólogos la que no se diese por enterada, por estar con la vecina, fuese la madre. El humorista perdió a su padre antes de nacer, por un golpe de mar en el rompeolas de Barcelona que lo arrojó contra las rocas: «El que iba a ser mi padre murió (poco después) sentado en una silla en la puerta del Hospital Clínico. Se murió con los ojos muy abiertos, como si el asombro de morir con 22 años le hubiera provocado una hipnosis para la eternidad», cuenta entre otras penas, con sonrisa, El libro de Gila.

Y así fue que su madre, Jesusa, viuda y con barriga a los 19, fue a dar a luz a casa de los abuelos paternos. Allí, en una buhardilla por 25 pesetas al mes, con los abuelos y tres tíos solteros, con un retrete para todos los vecinos, ganó altura un chico con vicio de flaneur que tuvo como primer amor a Katharine Hepburn, que devoraba los casos truculentos de El Caso («La realidad tiende a ser delirante», observaba) y que a los 14 años empezó a trabajar de empaquetador en una fábrica de chocolates. Buscándose la vida, lo atrapó la guerra. Se alistó en el 36, lo fusilaron mal en el 38, supo hacerse el muerto y volvió a casa curado de espanto, con una guerra perdida, para luchar por la paz matándonos de risa.

Malena fue el tango de su vida

«En la guerra hice de todo. Hasta me fusilaron. Incluso ayudé a una mujer a dar a luz», reveló Gila a José María Íñigo en Diez minutos en el 85. Es parte de la realidad emboscada en la parodia naíf con segundas de Gila, ese hombre serio del humor que dice: «Si no sabe aceptar una broma, márchese del pueblo». El que le echaba la lengua a cualquier feo se guisó el número mejor solo. Niño consciente de las maldades de los hombres, Gila siempre se interesó más por las mujeres, dice De Cascante: «Ya en los 40 empezó a hacer viñetas protofeministas. Siempre apuntó el machismo con el dedo». «Vivimos una época en la que, a pesar de que la gente se divorcie, la mujer tiene un amor y viene el exmarido y la mata. Hay que luchar contra esos hombres terribles», dijo Gila a Pedro Ruiz en 1999.

Su primera esposa, Ricarda, lo denunció por adulterio, y fueron a juicio.

«El juez me preguntó:

-¿Se acuesta con María Dolores Cabo?

-No, señoría -mentí yo.

-Pero le gusta.

-Sí, su señoría. Pero también me gusta Claudia Cardinale y no me acuesto con ella».

Argentina fue su refugio en la dictadura. Allí bailó el tango de su vida, allí nació su hija Malena, la que tuvo con su gran amor, María Dolores («Algo en su cara dejaba entrever una tristeza profunda, me enamoré al instante»). Pero su canción era Ay Carmela. Y Franco asciende al Paraíso, un relato muy suyo, menos conocido que los monólogos con los que Gila dispara de frente, nos lanza su corazón como una enorme granada de mano. El enemigo es uno de los nuestros. Somos los mismos. La única guerra que podemos dar por ganada es la que Gila no deja de contarnos por teléfono.

Miguel Gila con su mujer, María Dolores, y su hija Malena en una imagen que recoge «El libro de Gila»
Miguel Gila con su mujer, María Dolores, y su hija Malena en una imagen que recoge «El libro de Gila»

«El libro de Gila»

Antología de obra y vida

EDICIÓN DE JORGE DE CASCANTE

EDITORIAL BLACKIE BOOKS PÁGINAS 397
PRECIO
24,90 EUROS

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