José Sacristán: «Me temo que este va a ser mi último trabajo teatral»

Miguel Delibes y José Sacristán, arrollador binomio, unidos de nuevo en la primera adaptación escénica de «Señora de rojo sobre fondo gris»


Sobre un fondo, efectivamente, gris asoma, imponente y solitaria, la figura de José Sacristán. Con jersey rojo, como el vestido de la señora que nunca aparecerá en escena, y chaqueta de ante. La señora de rojo fue en realidad Ángeles de Castro, la esposa de Miguel Delibes. Aunque narrada a modo de monólogo novelado, el autor vallisoletano escribió este texto para testimoniar la admiración que sintió por la mujer que le inclinó hacia la literatura y con la que tuvo siete hijos, y el dolor que supuso su enfermedad y su muerte a los 48 años. «Volver a Delibes supone entregarme a una tarea que bien pudiera ser o significar la culminación de una aventura de trabajo y de vida que viene durando ya más de sesenta años», confiesa José Sacristán.

-Suena a despedida.

-Bueno, es muy posible que cuando acabe el recorrido de esta obra acabe también mi recorrido teatral. Después de este espectáculo no creo que me vuelva a embarcar en otro proyecto escénico.

-Hay que ser muy valiente para hacer un monólogo de 90 minutos a los 81 años.

-No, para nada. Sencillamente, tienes que amar lo que haces. Este espectáculo lo tenía entre ceja y ceja desde hace mucho tiempo. No quería retirarme de la escena sin hacerlo. Y ha llegado en el momento oportuno. Todo el bagaje que acarreo es el que me permite dotarlo de la carga emocional que requiere.

-Una reseña que aparece en la web de la obra señala que «el espectáculo tiene ese sabor un poco vetusto, alejado del presente». ¿Cómo se lo toma?

-¿Vetusto Delibes? Una mierda. Los textos de Delibes, además de sublimar el idioma castellano como nadie, son de una vigencia absoluta. Y este, más. ¿Cómo se puede decir que hablar del amor, de la tristeza, de las emociones o de la muerte es estar alejado del presente? Quién ha escrito eso no tiene ni puta idea de lo que dice.

-«Volver a Delibes es no dejar de aprender a mirar», dice. ¿Cree que hemos perdido la capacidad de mirar?

-Cuando menos, hemos perdido la capacidad de mirarnos. Ahora todo se mira a través de una pantalla de móvil. Yo no tengo móvil. Ni Internet. Me gusta mirar a la gente cara a cara. Pero ya casi nadie te mira a los ojos.

-Para fondo gris, ¿el de ahora mismo?

-Ha habido tiempos mucho más grises, te lo aseguro. Pero sí que es cierto que los actuales están tomando un preocupante tono grisáceo. Las imágenes del domingo en la plaza de Colón y esas apelaciones al imperio y a Dios me sobrecogen. Me recuerdan a aquellos tiempos negros.

-¿Qué hacer ante una situación así?

-No tengo la solución. Y ya no estoy a tiempo de creer que alguien la tenga. Siempre he confiado en la izquierda. Pero en este país las izquierdas nunca han sabido reaccionar ante lo verdaderamente importante ni manejar los tiempos. Y cuando alguna vez han estado cerca de conseguirlo se han perdido en divagaciones que no llevaban a ninguna parte. Pero, ya digo, a mí todo esto me pilla ya un poco mayor. Serán las generaciones que vengan por detrás las que tengan que apechugar. Yo no voy a dictar cátedra.

-«¡Antes monja que meterme en política!», llegó a decir. ¿Tanto aborrece la política?

-No aborrezco la política. La política está en todas las facetas de mi vida. Incluso cuando subo al escenario me permito hacer política. Lo que aborrezco es a los políticos.

-¿Sigue manteniendo su batalla de cada día en defensa de la utopía?

-Batalla es mucho decir. Suena como grandilocuente. Sigo manteniendo pequeños escarceos en mi día a día.

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