Rosalía, la prueba empírica de un talento anunciado

CARLOS PEREIRO

FUGAS

LLUIS GENE

La catalana demuestra con su nuevo trabajo que podrá competir a nivel internacional con cualquier otra artista pop. Es un disco serio y complejo, cargado de matices e intenciones. Rosalía ha comenzado su conquista

13 nov 2018 . Actualizado a las 10:49 h.

Sobre Rosalía (Barcelona, 1993) oirá y leerá estos días de todo. Le contarán que es una cantaora revolucionaria, que es la Beyoncé castiza, la paya con duende flamenco, la catalana que se enamoró de las bulerías… Pero sobre todo leerá que está destinada a triunfar, que será una estrella. Ocurre algo con este hecho y es que tal afirmación es errónea. Rosalía no va a triunfar porque ya lo ha hecho, nacional e internacionalmente, y ahora solo queda el deleite, el paseo sonoro por su aventura melómana, el disfrutar de las futuras canciones que brinde al mundo.

Hace apenas una semana, su disco El mal querer veía la luz. Es todo lo que uno podía esperar de la catalana. Una obra fresca, moderna, capaz de darle al mainstream más actual un aroma flamenco y que funcione, que el público no se inmute, sino que la aplauda. No es fácil. El mérito más grande de Rosalía con sus últimas canciones ha sido poder huir del explotadísimo ritmo reguetonero y sonar en todas las listas de reproducción del país (y parte del extranjero).

No es un tema baladí. La industria musical lleva años sin querer arriesgar por nada ni por nadie, y la apuesta de darle semejante protagonismo mediático a una joven de veinticinco años que sueña con ser cantaora, con editar un disco conceptual dividido en capítulos y por encima lanzar algunas de las piezas audiovisuales más rompedoras de los últimos años, suena a esperpento empresarial. Pero Rosalía lo ha hecho. Ha convencido a propios y a extraños. La crítica y el público la han abrazado y ella ha querido devolver el favor.

El mal querer es una obra que el tiempo acabará dotando de un significado más profundo que el que ahora tenga, más allá del éxito que pueda exprimírsele este próximo año. Es el segundo disco de larga duración de la catalana, y queda configurado como un recorrido por once rituales musicales mezclados entre el flamenco, la música contemporánea y las melodías urbanas. Hay hueco para las palmas y las guitarras, pero también para los sintetizadores y las baterías electrónicas. Ni siquiera ella misma se atreve a definirlo dentro de un estilo o una palabra.

Compuesto, coproducido y planeado por la propia Rosalía, está llamado a ser el punto de inflexión de su carrera. La parte fundamental de un proyecto que va más allá de este trabajo discográfico y que se complementa con los videoclips y los apabullantes directos coreografiados de la catalana.

En cierto modo, el viaje de Rosalía acaba de comenzar. Se avecinan curvas. Por el momento ya ha vivido acusaciones de apropiación cultural. Como si la música tuviera amo o señor. Han quedado en el anecdotario, claro. Si algo demuestra la artista en su nuevo trabajo es el talento para mezclar registros y llamar la atención a miles de profanos de una música que, ya sea por distanciamiento geográfico o desconocimiento, parece quedarle muy lejana.

Hay poder en las letras de El mal querer. Un diálogo continuo entre un hombre y una mujer. Ella pone la voz a ambos, por lo que puede llegar a costar distinguir donde empieza uno y acaba otro si uno se pierde en las palabras.

Es un trabajo elegante e inteligente, con nada o muy poco al azar. Igual que tampoco exista disco alguno en el mercado capaz ahora mismo de hacerle sombra en ambición e intenciones.