¿Por qué todo el mundo está enganchado a «La maldición de Hill House»?

Ha logrado imponer sus símbolos y que estos pasen a instalarse en la madrugada de todos los espectadores. Nos matan las angustias reales

Netflix

Con el terror ocurre que la cosa, a la hora de discernir si ha funcionado o no, va de símbolos. Es el comprobar cómo, a medida que avanzan la película o los episodios, los elementos que se muestran en pantalla fueron echando raíces en el subconsciente del espectador. Con un comportamiento similar al de un virus. Una sensación que perdura más allá del hecho de encender la luz y apagar el televisor. El creernos seguros, intactos; para luego, de madrugada, discernir la penumbra del pasillo e intuir en una mera sombra o en un montón de ropa apilada el mayor de los peligros. Los monstruos de la televisión han traspasado de alguna manera la línea hacia esta realidad y ahora también habitan nuestra casa.

Ahora, esos miedos acechan en el pasillo nocturno, cuando uno decide emprender el camino hacia el cuarto de baño. Ahí, tememos toparnos con uno de otro mundo maligno, o ser sorprendidos en la ducha por un asesino armado con un cuchillo. Desde ahora también observamos si al final del pasillo hay una mujer con el cuello torcido.

La maldición de Hill House es una de las producciones del momento. Su capacidad para manejar el terror sin inventar nada nuevo más allá de sus propios monstruos ha arrasado durante estas últimas semanas. La serie de Netflix ha logrado imponer sus símbolos y que estos pasen a instalarse en las madrugadas de todos sus espectadores.

El público conecta

La creación de Mike Flanagan ha dado con un par de teclas más que afinadas. La primera es la de elaborar una historia de terror en la que sentirse identificado, porque más allá del susto inicial, de la sorpresa ofrecida por el plano de turno, el público es capaz de conectar con sus personajes y sus angustias, tan reales como la depresión, las adicciones, el miedo al compromiso o la incapacidad de conseguir tener una familia normal.

La segunda viene tocada a través del excelente montaje del que goza La maldición de Hill House, cargado de detalles en sus planos (hay decenas de fantasmas ocultos a lo largo de los episodios) y de una narrativa no lineal, a caballo entre el pasado y el presente, entre la casa y la vida más allá de ella. No es una experiencia nueva, pero Flanagan ha sabido llevarla bien, pese a alguna que otra confusión inicial posible a la hora de distinguir a los protagonistas.

Con un ritmo endiabladamente adictivo, la serie de Netflix sabe hilar el misterio con la duda, y pese a tratarse de una evidente obra de ficción, trata de introducir ciertos elementos reales en el guion, tales como el suicidio o la muerte por sobredosis. Los monstruos pueden ser también terrenales. También puede el espectador ir construyendo la historia cual detective si sabe encajar las piezas, por eso quizás intuya la naturaleza del último episodio y se sienta algo desprovisto de sorpresa. Aunque el nivel de entretenimiento general es muy alto a lo largo de toda la temporada, llegando algunos capítulos a ser obras geniales en sí mismas, como el número seis, Dos tormentas, donde el espectador asiste a una serie de planos secuencia sobresalientes, que ayudan a una inmersión preciosista en uno de los momentos más tensos de toda la historia.

Ayuda el tremendo trabajo actoral, con un Henry Thomas sublime haciendo de padre de familia en el pasado o una más que correcta Carla Gugino, como madre que camina hacia el abismo de la locura sin poder casi evitarlo.

La maldición de Hill House consigue hacer en el siglo XXI que las casas encantadas vuelvan a dar miedo sin tener que recurrir al truquito de la subida de volumen y el salto en el sofá. La angustia que puede transmitir con una simple conversación entre un padre y un hijo en un coche es mucho más efectiva.

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