No fue a la escuela, sí a Harvard

Tara Westover cuenta en sus memorias, tituladas «Una educación», cómo pasó de ser una niña que no iba al colegio ni acudía al médico a una adolescente que entró en la universidad y acabó doctorándose. Su historia es una de las revelaciones de la temporada


Creció en las montañas de Idaho, en el seno de una familia mormona radical, no tenía partida de nacimiento, no iba a la escuela ni acudía al médico cuando enfermaba y no tenía amigos de su edad. Vivía junto a su padre, un fundamentalista tiránico convencido de la llegada inminente del fin del mundo, que consideraba que los maestros y los doctores eran enviados de Satanás; su madre, una comadrona y curandera que obedecía a su marido; y sus seis hermanos, uno de los cuales la agredía. Se dedicaban a recoger chatarra para almacenarla en casa, criar conejos, cuidar caballos o hacer conservas para cuando llegara el Apocalipsis. «Éramos tan distintos de la gente que nos rodeaba que estábamos muy unidos», asegura Tara Westover (Clifton, Idaho, 1986), que cuenta su extraordinaria historia en Una educación (Lumen). No pisó un aula hasta los 16 años. Ahora tiene 32, vive en Londres y tiene un doctorado. Pero ha pagado un alto precio, romper con su familia; desde hace cinco años no se habla con sus padres y algunos de sus hermanos. Su libro ha sido un éxito editorial en Estados Unidos, donde Barack Obama lo recomendó y la llamó para felicitarla.

Su gusto por la música y su talento para el canto, que descubrió cuando era niña, fueron el germen del giro que dio a su vida siendo una adolescente. «Ese interés se mantuvo en mi interior hasta los 15 años, quería ir a la universidad para aprender música y ser profesora de canto, pero cuando estuve allí empecé a descubrir muchas cosas, porque lo ignoraba todo, se me abrió la mente», afirma. «Es curioso que aprendiera álgebra porque quería cantar», añade. Se matriculó en la Universidad Brighman Youth, en Utah, dirigida también por mormones, pero muy lejos de la radicalidad extrema de su familia. Recuerda que «mi padre no quería que fuera a la universidad, quería que me casara y tuviera hijos, le preocupaba mucho que me lavaran el cerebro, perdiera mi fe y me convirtiera en una persona normal y corriente». Su madre, dice, «es complicada, tiene dos versiones, cuando está con mi padre y cuando no». Si estaba con su marido decía que no quería que se fuera a estudiar, pero si no estaba le aseguraba lo contrario.

Cuando llegó a la universidad, con 17 años, en una ocasión levantó la mano para preguntar qué era el Holocausto porque no lo sabía. «Mis compañeros pensaron que estaba negando el Holocausto, pero simplemente es que nunca había oído hablar de ello», afirma. Tampoco sabía que Europa era un continente y no un país, que había habido dos guerras mundiales, quién era Napoleón o que había que lavarse las manos con jabón.

Asegura que lo que rompió su familia «no fue la religión, la ideología o el extremismo, sino la violencia de mi hermano y cómo respondieron mis padres ante ella», afirma. Westover dice que sabían que su hermano era violento y había pegado a otras mujeres, no solo a ella misma, sino también a una de sus hermanas. «Era un secreto a voces», señala. Pero miraron hacia otro lado. Asegura que en su familia no hay crimen mayor que decir la verdad. «Mis padres se inventaron que el demonio me había poseído y yo era la encarnación del mal y renegaron de mí», explica.

Después de ir a la universidad «empecé a pensar de forma distinta sobre el mundo y a desarrollar la capacidad de tener ideas distintas a las que mi padre me había inculcado, no solo sobre historia, filosofía o la religión, sino también sobre la familia y las relaciones humanas, sobre todo con respecto a mi hermano y su conducta».

Westover dice que para ella la educación ha sido una especie de salvación. «Me ha dado la capacidad de pensar, decidir por mí misma y elegir otro tipo de vida», sostiene. Pero le costó perder la relación con sus padres. «Hubiera preferido mantenerla, porque yo nunca quise escapar de ellos, me habría encantado evolucionar, cambiar y vivir una vida distinta y seguir teniéndolos, pero ellos han decidido que no sea así», señala. «Yo no controlo la situación, pero la he aceptado», añade.

Para Westover «escribir estas memorias fue un proceso de curación que necesitaba; publicarlas es algo que se hace para los demás. Espero que mi historia pueda ser útil a otras personas que estén en una situación similar y tengan que tomar decisiones».

Cuando llegó a la universidad no sabía lo que era el Holocausto

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