«(Des)encanto», la sombra alargada de Los Simpson

El humor bebe de Homer y compañía como estos han bebido de la sociedad y sus estereotipos llevados al extremo: desde el regordete policía zampa donuts, o el dependiente indio tras el mostrador de un supermercado. Con su nuevo trabajo, Matt Groening hace una apuesta de riesgo

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Hay una cita atribuida a Groening pululando desde hace años por la Red. «Si yo muero, solamente me recordarán por Los Simpson». Quizá ocurra tal que así. Aunque si uno lo piensa bien, pasar a la posteridad como el creador de la mejor serie de animación del siglo XX no es poca cosa. Porque eso es así. Los Simpson son la serie de dibujos por antonomasia. Cualquier otro producto de animación con tinte adulto y centrada en una familia será comparada hasta la saciedad con la acaecida en Springfield.

Groening es un tipo curioso, cuya vida se puede trazar a través de la de ese americano prototípico que tras llegar a Hollywood trabaja aquí y allá, lavando platos, vendiendo muebles o como chófer, para luego acabar por convertirse en una estrella mediática, tachado como genio del humor. No es broma, valga la redundancia. Los chistes de la familia amarilla, sus diálogos, forman parte indispensable de la cultura general que manejan la mayoría de personas menores de 40 años. ¿Saben que los miembros de la familia Simpson se llaman igual que la de Groening? Margaret (Marge) es su madre, Homer su padre, Lisa y Maggie sus hermanas y… efectivamente, Matt no es Bart, pero es un anagrama de la palabra inglesa brat, que viene a significar malcriado. Y sí, el abuelo del dibujante también se llamaba Abraham, aunque eso fue fruto de la casualidad, ya que fueron los guionistas de la serie quienes propusieron el nombre sin saber del parentesco real entre nombre y abuelo.

Los Simpson fueron un éxito internacional tan grande que Matt Groening pasó a ser un nombre tan familiar a la hora de comer (antes al anochecer) como el de Matías Prats. Luego llegó Futurama, un auténtico despiporre de imaginación y humor gracias a Fry, Leela y Bender y compañía. Un viaje al año 3.000, donde se bebe slurm, la luna es un cementerio y los excrementos de una mascota pueden ser más valiosos que el mismo oro. La serie se canceló, pero la aclamación popular hizo que se crearan varias películas que pusieran un final a su historia.

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Con un tono más adulto que el de Los Simpson, también un humor más enrevesado y excéntrico, Futurama no cosechó el mismo éxito pese su genialidad. Eso sí, algunos de sus personajes se sucedan en camisetas, sudaderas, carpetas y disfraces año tras año. Llega ahora (Des)encanto, que ha tenido una acogida un tanto contenida. Es la primera serie de Groening en casi 20 años. Parte de una premisa potente, la de la princesa alcohólica que quiere vivir su propia vida, pero le cuesta arrancar. Es normal. Sus ironías no son malas, sus chistes tampoco, pero la competencia en la animación adulta es hoy por hoy endiablada. Series como Rick & Morty u Hora de aventuras proponen un humor adaptado a las nuevas generaciones, más ácido, más loco, más bestia.

¿Es (Des)encanto el primer fracaso de Groening? No. Por suerte tras los primeros episodios -la primera temporada tiene diez- la cosa mejora sustancialmente y acaba por acertar y abrirse camino. Ahora bien, en la época de Netflix y HBO, la paciencia del espectador es casi inexistente y quizás no le otorgue los tres episodios de rigor que necesita. Sería una pena, ciertamente, pues el norteamericano sigue sabiendo hacer magia con sus trazados, sabe crear personajes, sobre todo secundarios de lujo, y su estilo no es solo reconocible, es puramente familiar.

No conocer a Homer, Bart, Marge, Lisa o Maggie solo es posible si uno ha vivido los últimos treinta años en algún tipo de caverna o alguna isla del Pacífico (y hasta ahí podría arrastrar la corriente un plástico que contenga alguna de sus caras). Los Simpson son un hito cultural. Un referente dentro de la industria de la animación y un producto tremendísimo a nivel narrativo. Aún en activo, sus temporadas han ido decayendo en ideas y humor, pero su primera década es puro oro humorístico en el que se refleja la sociedad del momento. Pocas series nos han definido mejor que los Simpson. Por no decir, sin arriesgar, que ninguna lo ha hecho.

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