Paul Auster se explica a sí mismo

El escritor se decide a hablar sobre su obra para desmentir falsedades como que sus textos autobiográficos son ficción o que es él quien escribe las novelas de su esposa

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Pese a tener un estatus asimilable al de una estrella de rock, Paul Auster (Newark, New Jersey, 1947) es una persona retraída, que rehúye el contacto con la prensa y evita en lo posible los medios de comunicación. Es por ello que sorprende la aparición de Una vida en palabras, volumen de 400 páginas que recoge el resultado de dos años de conversaciones -entre noviembre del 2011 y noviembre del 2013- con la profesora danesa Inge-Birgitte Siegumfeldt, quien conoció al escritor cuando este aceptó su invitación para participar en un curso de doctorado de la Universidad de Copenhague. Debe ser la edad, pero Auster, que recela de críticos y comentaristas de su literatura, y deplora explicar su obra, consideró llegada la hora de hablar. Nunca se tuvo por propietario del significado de sus narraciones ni siquiera se veía como dueño de sus creaciones; es más, suele afirmar que cada libro que aborda es un camino desconocido para él, muy lejos del trabajo programado.

En la decisión de acceder a «aclarar las cosas» hay mucho de la desesperación que le genera sentirse incomprendido. Él mismo ofrece dos razones de peso para su cambio de postura. La primera alude a los más de cuarenta libros publicados que versan sobre su obra y que en algunos casos contienen «errores tan egregios» que cree que deben enmendarse; la afirmación que más le pasmó y entristeció, dice, es la que sostiene que todos sus textos autobiográficos son en realidad obras de ficción: «El elevado coste espiritual que supuso explorar esas experiencias recordadas, tantos esfuerzos para ser honrado con lo que escribía, y luego ver que todo eso se convertía en una especie de inteligente juego posmoderno me dejó perplejo. ¿Cómo podía nadie estar tan equivocado?».

La segunda gran razón que llevó a Auster a hablar pasa por desmentir falsedades sobre su esposa, Siri Hustvedt, de la que se llegó a asegurar que la inició en el estudio de Freud y Batjín o incluso que él le escribía sus novelas, auténticas estupideces que solo pueden perseguir el insulto. «Ella es la intelectual de la familia, no yo», zanja.

El libro se articula en dos partes (Escritos autobiográficos y Novelas) con que Siegumfeldt trata, con ayuda del autor, de establecer orígenes, creación y vida de los libros de Auster, asunto al que él se empeña en restar valor en cuanto a lo que atañe a voluntad y planificación. De hecho, recuerda que el gran salto que dio su obra acaeció cuando percibió «la importancia de la espontaneidad y la inspiración súbita», cuando comprendió que el inconsciente desempeña un papel clave en la construcción de historias. Es un hombre sin recetas para el éxito, que no conoce método, insiste para proclamar que en toda empresa humana, también la de la narración, «uno camina a tientas hacia algo». Y echa mano de una cita de Beckett («Fracasa otra vez, fracasa mejor») para admitir la imposibilidad de aprehender plenamente, a través de la escritura, el misterio de un ser humano. Si no el ser humano Auster, este libro garantiza una cierta aprehensión -la del análisis minucioso- de su obra.

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