¿Qué sucede detrás del escenario antes de que empiece un concierto? ¿Y mientras tocan los grupos? Compartimos bambalinas con Viva Suecia y Rufus T. Firefly
23 mar 2018 . Actualizado a las 05:30 h.«Os vi por primera vez en el BBK». Es una frase que va dirigida hacia Julia Martín-Maestro y Miguel de Lucas, batería y bajista de Rufus T. Firefly. Falta cerca de una hora para que empiece el concierto en la Sala Karma de Pontevedra que los madrileños ofrecerán junto a Viva Suecia, pero algunos afortunados ya están de puertas para adentro. Es parte fundamental de los Escenarios Mahou, permitir la entrada, previo sorteo, a un reducido número de espectadores para que conozcan a los artistas y compartir unos minutos de conversación y unas cervezas.
Miguel de Lucas recuerda aquel concierto del Bilbao BBK Live, incluso comparte esas anécdotas que solo se aparecen en el camerino o el backstage, ese terreno de difícil acceso para el respetable. Al parecer uno de los miembros de seguridad no se creía que fueran a actuar debido al pequeño equipo logístico que los Rufus T. Firefly portaban, al menos en comparación con el resto de bandas que pululaban por el festival. Quizás fuera una duda comprensible, buena cuenta de ello dan las risas que se suceden tras ser comentada. Conocer a un músico admirado es siempre una experiencia positiva. Comprobar que, cuando no está en el escenario, se convierte en un ser humano corriente, sin una guitarra o un instrumento, que comenta la odisea que ha resultado llegar hasta Galicia. Viva Suecia partieron de su ciudad natal a las cuatro de la madrugada de ese mismo día. Sumen las horas. Calculen los kilómetros. Obtengan la locura que supone tocar 18 horas después para una sala llena, hacerlo de manera notable, y que nadie pueda imaginarse tal caminata. Es casi imposible. Sorprende que tengan ganas de participar en esa tertulia propuesta por Mahou pero funciona, el ambiente es bueno. La conversación también.
Una foto para casa
No es la única particularidad de este ciclo de conciertos. Los escenarios habituales también mutan y se visten de gala. Colores rojos y una estructura de madera hace del sitio un lugar más acogedor. De igual manera se instala un photocall para que todo aquel que quiera inmortalizar su llegada a la sala así lo pueda hacer. Además, ¿quién no quiere llevarse una foto a casa? Para muchos puede que sea su primera vez en un Escenario Mahou. O al menos no pocos se sorprenden cuando, a través de una tablet, les indican que pueden tratar de cambiar el repertorio que las bandas interpretarán esa noche. De acuerdo, solo es una canción; pero siempre es un plus entrañable el comprobar como el grupo se enfrenta a un pequeño reto en directo. Obviamente las canciones propuestas en el aparejo multimedia no están en el set-list, y las bandas no sabrán cuál les tocará ejecutar hasta que llegue el momento. Es una interacción directa entre las formaciones y el respetable que puede acabar en una agradable sorpresa en caso de que salga elegido (funciona por obvia democracia, el más votado) el tema que uno haya dispuesto. No cabe un alfiler en la pista. La gente se vuelca con las bandas. Más de doscientas personas asistiendo a un recital diferente, imposible de repetir otra noche. Y todo el mundo es consciente.
También las bandas quieren ofrecer algo más por su cuenta y riesgo. Se suceden hasta tres colaboraciones. Se conocen y han grabado en el pasado inmediato. ¿Por qué no sacarle partido? Viva Suecia y Rufus T. Firefly mezclados y revueltos. Un buen combinado. Un trago agradable cuanto menos. Ejemplo de noche épica, esa que comienza con un Escenario Mahou teñido de rojo y una foto con la banda para recordarlo el año que viene. Y el siguiente. Un bolo diferente, y eso siempre se agradece.