Boris Izaguirre: «La violación que sufrí me unió más a mi madre»

Ademas de showman de gran talento, es un más que notable escritor, forjado en las telenovelas, que se desnuda, esta vez interiormente, y cuenta su violación cuando tenía 13 años


Era un niño precoz, gordito, con problemas para caminar y orientarse, diferente, muy amanerado y padecía dislexia. Sufrió bullying en el colegio por parte de los profesores y la dirección. A los 13 años fue violado por tres personas, pero gracias a su madre logró superar el trauma. Todo esto lo cuenta Boris Izaguirre (Caracas, 1965) en Tiempo de tormentas (Planeta), una autobiografía novelada en la que revela aspectos desconocidos y sorprendentes de su vida y homenajea a su madre, una mujer inteligente, comprometida y de marcada personalidad que fue figura del ballet en Venezuela y que le ayudó a aceptarse como es.

-¿A qué se refiere el título de la novela, «Tiempo de tormentas»?

-Es el título de un cuadro que pintó un gran amigo de mi padre y estuvo siempre en nuestra casa. Se lo regaló a mi mamá, pero luego, con el tiempo, dijo que solo se lo había cedido y quiso recuperarlo. Esto generó una gran tensión. Dos años antes de que mi mamá enfermara decidió devolverlo, porque ya estaba harta de esa situación. Yo ya había tenido la idea de contar la historia de una familia a través de un cuadro y lo apliqué a la mía.

-¿Es también una metáfora sobre Venezuela?

-Sí, alguien me dijo que esta novela es sobre la muerte de mi madre, pero también sobre la muerte de mi país. Me parece una forma perfecta de sintetizarlo. Me fui de Venezuela en 1992 porque el golpe de Estado de Chávez, que había pasado una semana antes de que viajara a Santiago de Compostela, había resquebrajado todo de tal manera que pensaba que lo mejor era irme porque yo no podía reconstruir nada.

-Tus padres siempre te aceptaron como eras.

-Siempre me defendieron y me apoyaron. Mi mamá me inculcó que lo más importante que tenía era mi diferencia. Nunca quiso que cambiara, sino todo lo contrario, y por eso soportó muchas críticas y tuvo muchos conflictos laborales y personales con personas de su edad que creía que pensaban como ella, pero que en realidad no era así.

-¿Qué sintió cuando murió?

-Mi mamá nos educó a todos para su partida. Aprovechó su último año para organizar que su marcha fuera exactamente como quería y hacernos ver que no sentía su muerte como una catástrofe, sino como la conclusión de un ciclo y el inicio de otro. La novela arranca en el 2014, con su funeral, que mi papá dice que parecía un cóctel, al que asistieron gentes del mundo de la cultura, famosos, todo Caracas. Pero el tiempo va haciendo que surjan otras cicatrices. Yo quería que la novela fuera una reflexión sobre su valentía, las decisiones que tuvo que tomar, por ejemplo, cuando su papá la expulsó de casa porque dijo que quería ser bailarina, que pensaban que era prostituta, y se tuvo que enfrentar a un muro de intolerancia, marcharse muy joven a vivir a Nueva York, casarse mal con su primer marido, descubrir luego a su verdadero amor y tener un proyecto increíble de vida en común con mi papá. Quería que la novela fuera un homenaje a esas mujeres que tienen esa capacidad de ser madres y allanar y mejorar el camino de sus hijos.

-Su presencia en «Crónicas marcianas» durante ocho años le supuso el salto a la fama en España. ¿Qué le aportó, además de eso?

-Lo que dejó en mí fueron las disciplinas que me impuso. Una vez Sardá me dijo: ‘Es increíble cómo te pasas todo el programa mirándote en los monitores’. Yo le respondí que siempre había tenido muy poca capacidad de concentración. Y él me dijo que el narcisismo me había servido por fin para tener una disciplina. Mi madre estaría encantada.

-Pero ella le aconsejó que no llamara la atención, porque ya llamaba la atención por ser como era. En eso no parece que le haya hecho caso.

-Para nada. Eso muestra que no siempre le hacía caso. Le hacía más caso a mi papá. Cuando llamaba a casa desde España porque tenía algún problema pedía hablar con mi papá, pero al morir mi mamá me di cuenta de que ella, que era muy astuta, siempre estaba cerca del teléfono para responder primero. Al final todo se lo consultaba a ella.

-En el libro cuenta que cuando tenía cuatro años le diagnosticaron dislexia.

-Era un niño gordito, muy amanerado y con muchísimos problemas de motricidad, porque soy disléxico. Esa es una gran parte del libro porque para mi mamá el movimiento y su cuerpo eran muy importantes como instrumento de trabajo de su profesión. Ella siempre decía que Sardá y Miguel Bosé tenían un sentido extraordinario de su cuerpo en el escenario. Era algo que valoraba muchísimo. Ella detectó en el acto que yo no me movía bien, más que torpe lo que tenía eran unos movimientos rarísimos. Buscó ayuda y una pediatra me diagnosticó dislexia.

-¿Ya lo ha superado?

-Creo que no del todo, porque ser disléxico forma parte de mi rebeldía. Intuitivamente pensaba que no me la podían quitar del todo porque iba a definirme, a ser diferente, a marcarme y a hacerme luchar por muchas cosas. Para mí fue muy difícil aprender el abecedario porque las letras no se quedaban quietas. Ahora, cada vez que hago pruebas de sonido, recito el abecedario. También me fue difícil aprender a leer porque las líneas entre los párrafos se movían. Me era imposible descifrar y poner juntas las letras m, n, o y p. Al escribirlas juntas siempre se me transforman. Por ejemplo, para mí palabras como composición son muy difíciles de escribir correctamente.

-¿Sufrió acoso en el colegio?

-Yo era increíblemente popular en mi colegio, todo el mundo estaba a la expectativa de lo que iba a hacer Boris. Esa característica de histrión la exterioricé luego en la televisión en España porque siempre fui así. El bullying que sufrí fue de parte de los profesores y de la dirección. Les dijeron a mis padres que me hicieran un electroencefalograma porque pensaban que tenían que revisar mentalmente toda mi conducta. El estudio dictaminó que podía ser peligroso para mis amigos del colegio porque era muy rebelde.

-Uno de los momentos más dramáticos del libro es su violación cuando era adolescente.

-La violación que cuento es real. Nunca lo había contado en primera persona. Cuando tenía 13 años me violaron tres jóvenes a los que nunca volví a ver. En Venezuela a algunos amigos les ha pasado algo semejante, es como si el gay se mereciera que lo violaran por el mero hecho de serlo. Recuerdo cómo mi madre me ayudó y me pidió que fuera sincero. Ese incidente voló por los aires el edificio protector que ella había construido en torno a mí, pero lo importante para mi mamá fue que no me desmoronara y culpabilizara a mi forma de ser de lo que había ocurrido. La violación estableció entre nosotros una unión todavía más fuerte. Me unió aún más a ella. Fue un momento de inmensa y terrible madurez para los dos. Más que la violación en sí, lo que más me marcó fue la obsesión de mi mamá por hacerme ver que no podía permitir que la violencia acabara conmigo y eso es lo que a mí me importa contar en la novela.

-¿Cómo le ha influido en su vida ser homosexual?

-Ha hecho que mi vida haya sido exactamente lo que es, algo extraordinario, una sucesión tras otra de reivindicaciones, de éxito y de las molestias que acarrea. Creo que mi parte más reivindicativa como gay es hacer ver que a los homosexuales siempre nos obligan a dar una explicación de nuestra sexualidad mientras que los heterosexuales nunca se tienen que plantear esa situación.

-¿Qué supuso para usted Santiago de Compostela?

-Fue donde conocí hace 26 años a mi marido, Rubén, que es de Vigo y estudiaba allí. Hemos cumplido 12 de casados. Yo llegué a Santiago para ver localizaciones de una telenovela. Galicia fue como una puerta muy inesperada para entrar en España. Para mí fue como un milagro, una llamada celestial.

-¿Es cierto que le consiente todo, incluidas las infidelidades?

-No las consiente de ninguna manera. Lo pasa muy mal.

-Pero usted le es infiel. ¿Cree que él también lo es?

-No creo que él tenga esa necesidad narcisista de tener que seducir permanentemente como la tengo yo.

-¿No se siente culpable alguna vez?

-Yo considero que de todas las adicciones la más temible es la culpa. Debería estar incluida también en los pecados, porque la culpa domina nuestras vidas. Al final, es mejor tratarla como una droga más que como un castigo.

-¿Qué le han parecido las manifestaciones feministas de la semana pasada, que constituyen un hito como lo fue la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo?

-Yo estaba en la redacción del programa que hago en Miami y de repente una compañera se me abrazó y me dijo: ‘Estoy enamorada de Madrid porque es la libertad. España tiene estos golpes increíbles, ese don de ponerse por encima de sí misma y hacer algo por la humanidad’ [se ríe].

-¿Cuándo se jodió Venezuela, como diría Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, sobre Perú?

-En el momento en que pasó a ser un país petrolero. Como decía mi papá, vamos a ser tan ricos que no vamos a saber qué hacer con tanto dinero. Nuestros políticos, antes y después de Chávez, convirtieron la riqueza en una fuente de corrupción. El golpe de Estado de Chávez en 1992 no hubiera sido posible sin la revuelta de los pobres, el llamado «caracazo» de 1989, que es un elemento muy importante en la novela. Se demostró que la desigualdad en el reparto de la riqueza era abominable. La Venezuela que asomaba y llegó al ocaso a la muerte de mi mamá es un país fracasado, un desastre. Como dijo Humboldt, asombra la innata pereza de los venezolanos, y seguimos igual.

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