Ellos no venden, recetan libros

Nos vamos de libros, nos vemos en consulta, al pie de la letra. Si me hacen un chequeo, que sea un librero de cabecera, una librera capaz de verme y acertar con la receta. Los escritores Manuel Rivas, Érica Esmorís, Daniel Cid y Manel Loureiro nos presentan a los suyos. Va por un oficio que coge aire y nos da aliento.


A Manuel Rivas (A Coruña, 1957) aún lo recuerda abrumado, tapándose la cara ante un display, un póster enorme con su foto, su librera de cabecera, Begoña Varela. Años 90. Entramos en la coruñesa Librería Colón, que puso el póster a cuento de la publicación de Los comedores de patatas en Tiempos Modernos. «O que menos esperaba eu ese día de paseo pola rúa Real era atoparme de fronte comigo!», dice Rivas. Año 2017. Estamos en la Librería Lume, donde Begoña nos recibe «en casa» y le regala a Manolo Manifiesto incierto 2 (Frédéric Pajak, Errata Naturae). Se siente una alegría sencilla que sucede a un plomo de tristeza, la de haber visto hace dos años el cierre de la Nova Colón, templo «con moita poesía» donde tenían abrigo tantas vidas como historias, aún abierto en El último día de Terranova. «Negábame a poñer o cartel de ‘Liquidación final’. Non podía. Prefería regalar aqueles libros que malvendelos», asegura esta librera que ha pasado consulta a varias generaciones de librófilos. «A Colón, e despois a Nova Colón, era un lugar sen tempo, cheo de xente e libros dos que non esmorecen. Alí Kafka tiña o seu recanto e podías ‘conversar’ con Melville, Emily Dickinson ou Wislawa Szymborska», cuenta Manolo. A él y a Begoña, que empezó a sumar letras en la pequeña biblioteca de su abuelo y recuerda aún esa vez en que se atrevió de niña a pillarle el Decamerón, les unen la condición de «verbívoros», muchos años, tantos libros... Entre otros, Si esto es un hombreNon se pode estar no mundo sen ler a Primo Levi», advierte él), Paisaje con grano de arena, de Szymborska, Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de Berger (que autor y librera sugieren para pedirles a los Reyes). Les une además la Felicidad clandestina de Clarice Lispector, que solo pronunciarla sabe a misterio. «Como era? Esa imaxe... Unha rapaza nun bambán abrazada a un libro...», tantea Rivas. Una hamaca, dice su librera, y transcribe una cita; y es un papel que yo me llevo en el bolsillo como un soplo de viento: «A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era una niña con un libro; era una mujer con su amante». «Teriamos que ter dúas vidas, unha para traballar, e outra para poder disfrutar dos libros». Begoña Varela suelta al aire este deseo.

«La rama dorada de Frazer estaba entre os libros que compartiamos. Falabamos. Ela xa sabía... Sempre. O marabilloso dunha libreira é a descuberta», revela el escritor, que entre otros libros recomienda El silencio de los animales (John Gray, Sexto Piso). ¿De Rivas, con qué libros te quedas?, pregunto a la librera que a mí me recetó El esnobismo de las golondrinas (Mauricio Wiesenthal) y los cuentos de Stefan Zweig. «A min gústame, sobre todo, a poesía». ¿O pobo da noite? «E A desaparición da neve ou A boca da terra. Nas novelas, Os libros arden mal e O último día de Terranova», decide.

(Yo tiendo a En salvaxe compaña, y me siento parte de ese club secreto que celebra la obra más Venus de Manuel Rivas.)

Salgo de Lume con dos recomendaciones, entre otras, de Begoña Varela para Fugas, Beat attitude: antología de mujeres poetas de la generación beat (Bartleby) y El jardín de los Finzi-Contini (Giorgio Bassani, Acantilado).

MOITO CONTO QUE TEMOS

«Unha librería é como un parque de atraccións», crea Érica Esmorís, premio Merlín por Nena e o mar (Xerais). Como un parque de atracciones pero zen, ¿o no? «É como un parque de atraccións en silencio. Porque as atraccións están dentro, na túa cabeza. Entrar nunha librería transfórmate, entras e o teu corpo reacciona distinto, diferente a cando entras noutros establecementos. Unha librería é un establecemento no que entras máis coidadoso, máis tranquilo», apunta Érica. Moito Conto es la librería donde ella pasa consulta, y Esther Gómez, su «médica» de cabecera. «Sempre acerta -asegura la autora de O poder de Amabel. Un bo libreiro ten que ser intelixente, culto, empático, ler moito, e ler nos gustos da persoa. Cando estaba embarazada da miña filla, cando Erin estaba aínda na barriga, pregunteille a Esther por un libro para ela. Deume Lúa (Kalandraka) e acertou! Foi o primeiro libro de Erin. A nena elixe co dedo o conto de durmir, e escolle moito Lúa. No libro hai un corazón debuxado, e Erin pasa o dedo por el, debuxa coa man o corazón e fai como que bombea...». Hablar con una librera, dice Érica, es aprender: «Con Esther sinto a necesidade sempre de tomar notas». Entre las prescripciones literarias de Esther para Érica están Esplendor (Margaret Mazzantini, Seix Barral), Tú no eres como otras madres (Angelika Schrobsdorff, Periférica & Errata Naturae) o, entre otras, Sol Robado (M.O. Walsh, Tusquets). Érica arma el último viernes de cada mes en la que ya es «su» librería, Moito Conto, un club de lectura para niños que no leen cualquier cosa. Prohibido leer a Lewis Carroll (Diego Arboleda, Anaya) y Corazones de gofre (Maria Parr, Nórdica) dos de los libros juveniles que nos tienden.

Si El estado natural de las cosas (Alejandro Morellón, Caballo de Troya, premio de cuento Gabriel García Márquez) y La mujer helada (Annie Ernaux, Cabaret Voltaire) saltan al escaparate de títulos que leer de la mano de Érica Esmorís, Esther Gómez nos ha descubierto las joyas Del color de la leche (Nell Leyshon, Sexto Piso) o la chulada rock para niños que es Pete o Gato (Lata de Sal), y apuesta en la carta de Reyes por dos de las novedades de la temporada, El club de los mentirosos (Mary Karr, Periferica&Errata Naturae) y El corazón de los hombres (Nickolas Butler. Libros del Acantilado). Además, nos pone los dientes largos (y el puño en alto) con la edición en Tres Hermanas de El diario de Virginia Woolf. Vol.1. (¡necesito que me lo receten ya! Eso y una semana entera en un cuarto propio...)

DE GABARDINA AZUL EN OURENSE

Corrupción policial, de Don Winslow, es una de las sugerencias de Daniel Cid (Ourense, 1978), que no lee la contraportada ni el argumento para escoger libro. «Me fío de mi intuición», dice con el as en la manga de un librero de referencia. Su librería es Kathedra. La conoce ya de años. Al frente de esta librería universitaria ourensana está José Manuel García, que apostó por La gabardina azul, ópera prima de Cid que alcanzó este septiembre el segundo lugar en el top de ventas de Kathedra. Daniel presentó allí su novela con vistas a las Cíes, un thriller tributo a Leonard Cohen. «José Manuel está muy volcado, se mueve mucho y se le ve con ilusión», dice el autor. ¿Qué distingue, según él, a un buen librero? «Sus lecturas -dice-. Es alguien que lee mucho y de distintos estilos y géneros, para poder acertar con diferentes tipos de lectores». Daniel, ourensano que vive en A Coruña con cierto aire de reproche a su viento (le entiendo, aquí estamos fuertes en librerías y libreras pero no hay quien aguante peinado 10 minutos) le pilló el gusto a los libros por «culpa» de su madre. Y recuerda La historia interminable en estante aparte, como el primer libro que se leyó dos veces. También aprendió a leer con El Barco de Vapor, que ha navegado la infancia de varias generaciones. De esta colección infantil, menciona un libro, La nariz de Moritz (¡vaya! pero si es un tesoro que yo recibí con 20 cumplidos, en diferido de la infancia).

Sigo en ruta, de libros, tras los libreros, las libreras, que mueven en Galicia los hilos de la suerte literaria. No podría faltar Cronopios, ese sueño alentado por Cortázar que hizo realidad Mercedes Corbillón en Pontevedra y Santiago.

LA FAMA DE CRONOPIOS

«A una librería la distinguen cosas físicas y emocionales. Primero, el olor. Esa mezcla de papel y tinta que evoca un montón de cosas y que yo asocio a las bibliotecas», revela Manel Loureiro (Pontevedra, 1975), autor de Veinte, una ciencia ficción que se codea en el top superventas con Stephen King, Pérez-Reverte o Javier Sierra.

«Yo tengo un síndrome de Diógenes literario», confiesa Loureiro. Y, por lo que he descubierto hace poco, es un trastorno con nombre propio, tsundoku. Los que conocemos el nombre de la dolencia, a menudo incomprendida entre los fans de la magia del orden de Kon Mari, respiramos tinta tranquilos. Consuelo de no estar solos en esto. «En mi despacho puede haber unos 4.000 libros ¡y subiendo! No puedo evitarlo. De pequeño descubrí que el dinero es finito y la oferta de libros que hay que leer infinita. Pero lo mejor cuando eres escritor ¡es que te mandan libros! Esto es un sueño. Tienes que tener cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad...», dice Manel.

Él siempre se sintió cómodo entre libros, y aún se ve en la librería-papelería que tenía una prima de su madre en el casco viejo de Pontevedra. «En la trastienda, yo leía la mercancía. Allí me eché los primeros dientes literarios. Fue el lugar donde leí mi primer libro sin dibujos. Al principio gruñí... pero fue amor a primera vista», comparte. La Librería Michelena, histórica de Pontevedra que ya echó el cierre, aún abre en la cabeza de Loureiro el tiempo sin tiempo de los libros. «Aún me veo entrando en aquel túnel lleno de libros, libreros que veía como señores serios, malencarados... No es que fuesen malencarados, pero yo era un niño y los veía muy grandes. Tengo la imagen de un señor fumando en pipa en la librería. Michelena fue una de las grandes librerías de fondo de Galicia», recuerda. Hoy Cronopios es su casa de los libros. «Desde que entré allí, me sentí en casa, como si fuese parte de esa familia librera. Hoy, que tantos negocios cierran, lanzarse a la aventura de abrir una librería me parece una cosa de valientes. Es como si siempre hubiese relevo, este es un sector inasequible al desaliento», observa el autor de Apocalipsis Z. A él en Cronopios, donde presenta sus libros, siempre le han tratado «fenomenal. Sientes esa complicidad». Su librera es Mercedes Corbillón, una de las mujeres que más vida dan al libro en Galicia, y que recomienda pedir a los Reyes títulos como Alguien bajo los párpados (Cristina Sánchez-Andrade, Anagrama), Deixe a súa mensaxe despois do sinal (Arantza Portabales, Galaxia) o el poemario Praderas (Louise Glück, Pre-Textos). «Tiene lo que distingue a un librero. Un librero no es un señor que despacha libros, que vende libros, sino alguien que va por delante, alguien que puede anticiparse a tus deseos», dice Manel.

Pero un librero ya no es el librero de toda la vida. Es hoy, sobre todo, librera. Libreras. El femenino plural se impone sustantivo, con poco ruido, aire nuevo y muchas letras en uno de los oficios más singulares y delicados que existen.

¿Cuántas vidas diría que hay en manos de su librera?

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