Bunbury da otro estirón a sus 50 años

El zaragozano cumple dos décadas en solitario convertido en una de las mayores estrellas de la música en español de todo el planeta. Espantada la alargada sombra de Héroes del Silencio, hoy es un creador más directo y en constante renovación

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Hace veinte años Enrique Bunbury escribía lo que se le pasaba por la cabeza de esta forma: «Alicia, viajando entre lunas / de charla con musarañas / Alicia tejiendo las nubes / con tela que nunca se acaba». Hoy se expresa así: «Parece que si hay que elegir / dejar en las manos responsabilidad / pudiendo escoger entre dos o tres / preferimos al más subnormal».

Hace veinte años estrujaba el lenguaje, premeditadamente ambiguo en sus letras, bajo la alargadísima sombra de Héroes del Silencio, banda de la que acababa de separarse. Hoy va directo, sin posibles segundas o terceras interpretaciones.

Hace veinte años estuvo a punto de dejarlo todo, de abandonar la música, por la incomprensión que vio a su alrededor tras un inesperado viraje. Hoy es uno de los mejores autores en español de todo el planeta, uno de los tipos más reconocidos a los dos lados del Atlántico.

Hace veinte años le idolatraban en Alemania y Francia. Hoy hacen cola en México, Los Ángeles, Miami. Y siempre en Zaragoza (es Hijo Predilecto), y también en Galicia.

Hace veinte años no se sabía adónde iba aquel trasunto de Jim Morrison, y tenía difícil encaje con otros artistas. Hoy le comparan con Raphael y con Bowie, aunque ya tiene marca propia, y es un acompañante de lujo: de Vetusta Morla, De Pedro, Nacho Vegas, Zoe, Marlango, Draco Rosa, Pedro Guerra, Quique González, Jaime Urrutia, Calamaro, Estrella Morente... Y, sí, claro, Raphael.

Así que este 2017 tiene que estar siendo necesariamente especial. Porque nació hace justo 50 años como Enrique Ortiz de Landázuri, porque hace veinte que inició su trayectoria en solitario, porque hace diez que dio su último concierto con Héroes, porque es el quinto aniversario de boda (junto a la madre de Asia, su hija) y porque presenta nuevo disco. Se llama Expectativas. Si no las ha superado, al menos sí las ha cumplido. Es una perfecta continuación de Palosanto, el trabajo en el que las letras dejaron de ser (algo menos) retorcidas, trasladando lo que le llegaba de la calle, lo que le inspiraron los movimientos sociales del 15-M en España, de Occupy Wall Street en Estados Unidos o de Yo soy 132 en México, sus territorios más afectos (con permiso de Marruecos y la India). Pero las expectativas -y de ahí el título- de aquella protesta no han fraguado como el maño esperaba; posiblemente la llegada al poder de Donald Trump sea el mejor exponente. Y esa frustración se ha trasladado a su noveno disco, el más político (aunque él insista en rechazar esa etiqueta) desde que empezó a componer.

Hay un estirón de responsabilidad social. Hay más oscuridad en las letras y más dureza en los tonos junto a su banda, Los Santos Inocentes. Hay, como siempre, referencias literarias (es un voraz lector), en este caso al indolente Bartleby de Melville. Y hay más rock. Es una vuelta más para un creador que lleva ya más tiempo solo que en compañía de aquellos Héroes que le auparon y de los que nunca ha renegado, pero cuyo apellido le pesó demasiado cuando en 1997 editó Radical Sonora, un disco con alguna canción sobresaliente, pero que suponía una metamorfosis musical (y hasta física) demasiado precipitada. Un trabajo incomprendido que le llevó a replantearse muchas cosas.

Cuando se recuperó de un tiempo de silencio fue encontrando su sitio, explorando entre temas de desamor, de amistades, de viajes, y ahora de realidades sociales. Sin perder el característico falsete de su voz, pero introduciendo desde composiciones tradicionales hasta escenografías innovadoras (del cabaret a la fiesta de los muertos de México), más piano, guitarras menos afiladas, y ahora un poderoso saxo.

En sus giras no ha fallado casi nunca a Galicia, aunque aún no figura en el mapa de Expectativas. Es esta una tierra que le recuerda a «rayas y centollos», como relató en una memorable entrevista a La Voz entre amigos y aceitunas. Y es un lugar que estima: «Arde mi querida Galicia. Domingo negro de incendios. Qué dolor y tristeza», escribió hace apenas unas semanas.

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