¿Por qué (casi) nadie ha visto «The Leftovers», la mejor serie del año?

Finalizada hace unas semanas, el atractivo de esta soberbia narración sigue creciendo. Tras un gancho demoledor, la desaparición repentina de 140 millones de personas, veremos lo mejor y lo peor del género humano. Imprescindible

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Nora Durst nació el 18 de noviembre de 1979. Con 32 años, pendiente de encontrar un empleo, mira el móvil de manera casi obsesiva. La mañana del 14 de octubre del 2011 sus hijos pelean en la cocina, su marido, despreocupado, lee el periódico, el móvil suena, un empleo a la vista, el zumo de uno de los críos se cae encima, el teléfono se avería, Nora entra en combustión, chilla, les abronca, lleva el estropicio al fregadero... Y de repente el silencio. En algún momento, quizá mientras parpadeaba, los tres, el marido y los niños, han desaparecido. El periódico anda por el suelo, la leche desparramada, las galletas mordisqueadas. Fuera de su casa veremos coches llevados por la inercia, sin conductor alguno; carritos de bebés abandonados a su suerte; abrazos interrumpidos, sin cuerpo que abrazar; o un útero sin el feto que antes latía. En un segundo, al planeta se le borran 140 millones de personas. El 2 % de su población.

Por un momento, aparte la mirada de este texto y piense sobre ese improbable episodio. Improbable, pero devastador. Piense qué pasaría si fuera su madre, su padre, alguno de sus amigos, un vecino, el 2 % de sus compañeros de trabajo... Evaporados. Sin explicación alguna. Sin criterio. Sin un patrón. ¿Están muertos, huidos, desaparecidos? ¿Por qué él, o ella? ¿Quién lo ha decidido? ¿Qué sentido tiene todo esto?

Volvamos a The Leftovers. Volvamos a Nora. Las probabilidades de que en la Gran Partida -así llamarán a este cataclismo- desaparezcan tres de los cuatro miembros de una familia son escasísimas. Pero a ella le ha pasado. Durante 28 episodios la acompañaremos en su dolor, en su búsqueda, en sus falsos refugios, en sus explosiones de ira, en su intento por seguir viviendo con semejante sombra detrás. La sombra de la duda, que lucha contra la luz de la esperanza. Ese es el combate.

Nora encontrará a Kevin, el jefe de policía de su pueblo. Y nosotros, espectadores, a una de las parejas más hipnóticas que ha dado la televisión reciente. Los protagonistas de una serie sobresaliente, desde su gancho inicial hasta su desenlace, con unos secundarios rotos, sin saber a qué aferrarse. ¿Dónde está ese 2 %?

Cabría preguntarse lo mismo a este lado de la pantalla: ¿Dónde están los espectadores que han desaprovechado la mejor serie del año, con permiso de la distopía de la criada? Siguiendo con la analogía, ¿es posible que solo un 2 % de los espectadores la conozcan? En un local cualquiera de un barrio cualquiera de una ciudad cualquiera de Galicia, en medio de un grupo de amigos, unos 15, uno pregunta por The Leftovers. Solo obtiene respuesta de tres personas. El resto, ni una pista. Tienen grandes referencias y teorías sobre Los Soprano o Juego de Tronos, dos de los grandes éxitos, pasados y presentes, de HBO, la misma productora en las tres. No es una encuesta científica. Pero es reveladora.

Detrás de todo este aparato, Damon Lindelof, uno de los ideólogos de Lost. Fue sorprendiendo temporada a temporada (son tres) sin necesidad de hacer ruido. Tomó un libro del escritor Tom Perrotta y lo fue levantando hasta llevarlo a un extremo personalísimo, valiéndose de tres ingredientes. Primero, unos diálogos y una trama que obligan al espectador a ponerse en alerta, activo. Segundo, un abanico de secundarios complejos que se van quitando capas, y que nos terminan conduciendo a la mirada de Nora o a esos tatuajes con erratas de Kevin; personajes que en medio del caos necesitan seguridad, calor. Se lo darán las sectas, la Biblia, la ira, el alcohol, el sexo, aborígenes australianos o una ciudad llamada Milagro donde, ¡oh, milagro! el 14 de octubre no desapareció nadie. Y, tercero, una evocadora banda sonora firmada por Max Richter.

The Leftovers acabó poco antes de verano. Y es posible que este texto llegue tarde. O no. Lindelof decía hace unas semanas que esta no es una serie de maratón, que hay que verla con pausa. Unas semanas después de su conmovedor final, y siguiendo el consejo de su creador, la magnitud de este artefacto audiovisual se advierte mejor. Véala. Absténgase de hacerlo en estado emocionalmente sensible. Y súmese a la inmensa minoría. Que no puede estar equivocada.

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