Del thriller de Hollywood al cine castizo

Entre Barry Seal, el último personaje que encarna Tom Cruise, y el sargento Rubén Bevilacqua (Quim Gutiérrez en «La niebla y la doncella») hay un punto en común: ambos nacen de historias reales. Pero son dos formas muy distintas de entender el cine

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Antes de entrar en faena, pongamos las balizas. La RAE no se expande en su definición de thriller aplicado al audiovisual, calificándolo de «obra cinematográfica que suscita expectación ansiosa por conocer el desenlace» y además recomienda en su lugar «película de suspense». Pero si optamos por una definición más amplia en cuanto a género muy vinculado a otras variantes, da pie a etiquetas anglosajonas como el de tralla y metralla (action-thrillers), de intriga (suspense-thrillers), fantástico con ingredientes de terror (sci-fi-thrillers), incluso del Oeste (western-thriller) y los fieles al negro clásico (film-noir thriller), además de, entre otros ya menores, el conocido como crime-caper-thriller, contenedor con cuerpos policiales y sus singularidades, tráfico de drogas con su versatilidad a cuestas y un toque de realismo sucio a partir de hechos reales o apegados a la crónica de sucesos. Sería el caso de Barry Seal: el traficante, al más puro estilo Hollywood, mientras La niebla y la doncella, con origen literario y a la española, se encuadraría en el neo-noir.

Ya metidos al tajo, y generalizando, el thriller hunde sus raíces más sólidas en la novela popular estadounidense de la primera mitad del siglo XX, las pulp fiction, llevadas de la mano por el cine en blanco y negro, sobre todo de la Warner, contagiadas ambas por la crisis de la Gran Depresión. De aquellos polvos surgieron numerosos lodos, con buenos y malos, héroes y antihéroes, aunque cada vez menos definidos unos y otros, provocando un amplio abanico de filmes memorables marcados por unos trazos comunes, más allá de la propia trama, en especial el binomio acción-ritmo, que Hollywood maneja con singular maestría, amparada también en los grandes presupuestos y en su dominio de la técnica. Mientras, el resto del orbe cinematográfico, se dedicó durante un tiempo a imitarlos, con algunas salvedades, sobre todo desde Francia y Gran Bretaña en los finales cuarenta y los cincuenta, antes de inclinarse la producción europea por el cine de subgénero en los sesenta y setenta, incluyendo España.

Y en esas estamos. Si bien Hollywood sigue en grandes presupuestos y fiel al entertainment por estar impresos en sus genes, el resto de la producción mundial, acompañada también de un auge de la literatura criminal -sobre todo desde Europa-, subió el nivel formal y de producción hasta marcar tendencia, sobre todo desde los países nórdicos, y también de los asiáticos -con Corea del Sur, Japón y Hong Kong al frente- imponiendo estilo en cuanto a luz, fotografía, temáticas y ambientes. Con el siglo XXI, el thriller ya es otro, dejando al margen el filón cómic.

Coartada realista

Los dos estrenos de hoy comparten la recreación de historias con base real o coartada realista. La vida de Barry Seal (1939-1986) es una golosina para el cine, y no es de extrañar que Tom Cruise aceptase encarnarlo para Doug Liman, acreditado aunque irregular director de acción, que en el 2002 había filmado El caso Bourne. Seal se ganó solvencia como transportista de droga mientras trabajaba como piloto comercial para la TWA hasta poco antes de su muerte. Informante de la DEA, reveló el turbio papel de la CIA con la contra nicaragüense y se encaró con el cartel de Medellín. Barry Seal: el traficante, condensa todo eso en poco menos de dos horas bajo el sello rítmico de Bourne.

El sargento de la Guardia Civil, Rubén Bevilacqua, y su colega Virginia Chamorro, ya tuvieron película en 2002, El alquimista impaciente con dirección de Patricia Ferreira. Era la segunda novela de Lorenzo Silva -nueve desde 1990- y ahora toca a la tercera a cargo del debutante Andrés M. Koppel. A competición en el pasado festival de Málaga, La niebla y la doncella fue rechazada por la crítica, que se resiste a sumarla a la buena salud que vive el género español sobre todo desde los respectivos premios Goya a No habrá paz para los malditos en 2011, hasta la más reciente Tarde para la ira, el pasado año. Los personajes vestidos por Quim Gutiérrez y Verónica Echegui deberán reabrir el caso de una desaparición en que está implicado un político local.

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