El buen vividor da la cara

Durante años se escondió tras el seudónimo de El Guardián. Ahora, Círculo de Tiza recopila sus textos para contarnos historias que más que suyas son nuestras.


Cuando el lugar se vació, ella, aplicada, hizo lo que le pidieron: dejar impecable la planta baja del museo de arte moderno de Bolzano. Y eso que debió costarle lo suyo. Una de sus salas la saludó con los restos del naufragio de una noche sin frenos: una alfombra de botellas de champán vacías, espirales de serpentina, colillas y confeti. Acurrucada en una esquina, como durmiendo una mona profunda, reposaba incluso una esfera de espejos, imprescindible en toda fiesta que se precie. Ella, profesional, se remangó y barrió a conciencia, para a continuación empaquetar en sacos de basura la vanguardista obra de arte que era en realidad aquel vertedero, metáfora de la década de los ochenta, del placer apurado a sorbos urgentes. La instalación se llamaba Dónde vamos a bailar esta noche. El primer libro de Javier Aznar, también.

La anécdota, real, abre como nota al lector esta recopilación de 47 textos firmados por el que durante un tiempo largo fue solo El Guardián, autor del blog Manual de un buen vividor. Hoy, ya reconciliado con su identidad, colabora en revistas como GQ, Elle o Jot Down. Quizá no te suenen ni su nombre ni sus rasgos, pero seguramente te habrás cruzado con párrafos suyos en algún rápido scroll. Puede que con La chica que lloraba ginebra o con Yo también puedo escribir una jodida historia de amor, punto de inflexión. Sus textos eran ya virales en la era previa al like, cuando esta fea palabra solo evocaba resfriados.

«Cuando envié Yo también puedo escribir una... pensé que la cabecera en la que se publicaba el blog me despediría, pero arrasó», reconoce, acordándose aún del miedo que sintió con aquel personalísimo texto, el primero en el que aparcó las sugerencias etílicas y literarias, y se abrió en canal. «Aún hay gente que a día de hoy me pregunta por él, me gusta pensar que vuelven a lo que escribo como a un lugar en el que refugiarse».

Aquella sincera confesión, escrita hace más de diez años, no solo no mató al personaje sino que le sacó brillo: Aznar abandonó su trabajo de consultor y se dedicó a juntar palabras a tiempo completo. Hoy tiene 32 años, pero su anzuelo sigue siendo el mismo: la anécdota, el detalle; la historia particular bajo la que se contrae y se dilata todo relato universal.

El lector, especialmente el que ronda la treintena, es capaz de reconocerse en el vértigo del narrador, de identificar sus particulares leones y de entender al vuelo una verborrea atornillada con múltiples y precisas referencia a estos tiempos nuestros. En ese apunte previo que abre su debut en papel, Aznar avanza que acostumbra a ver la vida parecida al curioso despiste que acabó con aquella obra reducida a dos rebosantes sacos de excesos: «Una sucesión de momentos de inadvertida y efímera felicidad que, de la noche a la mañana, desaparecen ante nosotros». Nadie mejor que él podría haber descrito con tal acierto esta relación de columnas, notas y estampas vitales. Esta oda a lo momentáneo, a lo fugaz. Al estado de veraneo. Al último baile antes de que se enciendan las luces.

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