Quignard y la escritura

Es un escritor atípico, un filósofo con alma de poeta al que le gusta narrar


Qué difícil encasillar a Pascal Quignard. Qué empeño tan absurdo el del lector querer atrapar al escritor, lo leído, en un cajoncillo con etiqueta, una hermosa mariposa más clavada en su alfiler. Decía en una ocasión Thomas Bernhard, en una entrevista con el periodista austríaco Kurt Hofmann: «Un día me siento y escribo nada más que un texto en prosa, y otro día, otro. Eso lo comprende usted, unas veces le apetece a uno una cosa, otras otra». Y sin embargo es complejo renunciar a intentarlo, hay que tratar de acotar, establecer referentes, quizá porque de otro modo no se alcanza a comprender, aprehender, lo suficiente. Quignard (Verneuil-sur-Avre, Normandía, 1948) es un escritor atípico, un filósofo con alma de poeta al que le gusta narrar, y que tiene gran querencia por asuntos como la historia, la música, el sexo, la pintura, el arte todo. Otros dirán, son legión, que es un escritor típicamente francés, de tendencia amanerada, presto a envolverlo todo en una nebulosa reflexiva y erudita que oscurece cualquier posibilidad de acceder al mensaje al primer intento. Como dice el filósofo y traductor Miguel Morey en el prólogo que redactó para este Pequeños tratados, su obra «está trufada de pequeños enigmas, casi continuos: en algunos casos no daremos con su solución (no encontraremos el sentido acabado de la frase, por decirlo así) hasta unas páginas más adelante, como si de continuo nos invitara a la relectura […] En no pocos casos los enigmas quedarán ahí bailando en el aire». Es lo que Morey llama «la seducción de su secreto». Pero sí, es fácil, incluso en un vistazo rápido, establecer conexiones en el pasado, en la tradición intelectual francesa, en las obras de Michel de Montaigne, Léon Bloy, Julien Gracq o Foucault, por poner un ejemplo.

También aparece en un primer plano la condición fragmentaria de su obra, una tendencia que roza lo aforístico pese a que la construcción aspire a un carácter ensayístico o incluso en la novela. Ya en los primeros compases de Pequeños tratados, un proyecto estructurada en dos volúmenes, recuerda Morey, que Quignard cifra «como la composición de una suite de ocho tratados barrocos», el autor se disculpa, no sin cierto humor, por «estos espasmos» para dejar ver en su justificación al pensador con marchamo de poeta, o viceversa: «La ola que rompe toma prestada del sol una parte precipitada de su claridad. Esta brusquedad es como un sueño de ladrón. También la muerte quita deprisa y no restituye nada».

Por lo demás, el tema central de estos apuntes, esbozos, reflexiones, evocaciones, pensamientos, escritos entre 1977 y 1980, pero que nadie accedió a publicar en su integridad hasta 1991, es la escritura y sus derivaciones, la palabra, el lenguaje, la creación, el libro, «una búsqueda mítica», dice, examinar «los huesos calcinados de entre lo que queda del fuego más antiguo». Es así como hallaremos aventuras tan fascinantes como el modo en que la llegada de la imprenta fija el uso de la i latina o los recelos de Flaubert contra la ilustración, que considera antiliteraria y así lo argumentaba ante su editor: «Usted pretende que el primer imbécil de turno dibuje aquello que me he matado por no mostrar».

En fin, un lugar lleno de sorpresas, riesgos, enigmas, sabiduría y un lenguaje magníficamente trabajado. No valen brújulas ni clasificaciones. Ya lo suele advertir Quignard: «Cuando uno abre un libro, uno no sabe a dónde va. Quien quiera a cualquier precio saber a dónde va, ¡que no lea!».

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