Lleva ocho temporadas en cartel y lo han visto unos 780.000 espectadores
20 ene 2017 . Actualizado a las 05:30 h.Es la cuarta vez que desembarca en Galicia. El 28 de enero, 17.30 horas. Vigo. Tetro Afundación. Desde 9 euros. el 4 de marzo, 18.00 horas. A Coruña. Teatro Colón. Entradas desde 14 euros.
Podría pensarse que, con este historial, el musical El mago de Oz, la entrañable producción de Mundiartistas, empieza a sonar viejo al público gallego. Pero ocurre todo lo contrario. El musical se ha convertido en un clásico por el que muchas familias esperan. Porque este es un espectáculo al que se puede ir una y otra vez -el productor ejecutivo cuenta la bonita anécdota de una familia de Madrid que acudió a la función catorce veces- y seguir descubriendo cosas nuevas, continuar buscándole las mil y una aristas a unos personajes que casi nunca son lo que parece. ¿Y por qué no caduca esta versión musicalizada de un clásico como El mago de Oz?. Lo explicaba bien Javier de Pascual, el director, en una entrevista. Contaba que con esta producción se habían sacrificado un poco los efectos visuales y se había apostado por los personajes, por el argumento. Es decir, el musical sigue vivo y coleando tras ocho temporadas, por algo muy básico: porque realmente cuenta una historia. Y las historias, las buenas historias, llevan el adjetivo de eternas.
Con El mago de Oz de Mundiartistas hay que hablar de los personajes, claro que sí, porque son el eje de la función. Pero, antes de meternos en su mundo, contemos cómo se parió este concepto de musical. La compañía, hace casi una década, quería romper con algo que no les gustaba: el hecho de que solo había espectáculos para niños o para adultos. Buscaban hacer una producción familiar, con la que los pequeños de la casa saliesen encantados pero que sus padres también disfrutasen. Vamos, pulsar la misma tecla por la que apostó Spielberg cuando creó a ET o caminar por la misma senda de George Lucas cuando su imaginación trajo al mundo el primer filme de La Guerra de las Galaxias.
Por otra parte, y en esa misma línea de trabajo, también se quería huir de un espectáculo excesivamente ruidoso. Para que nos entendamos: no querían que fuese una producción más de esas que intentan captar la atención del público únicamente a golpe de efectos visuales y sonoros. Querían contar algo. Y de ahí nació este musical de escenarios casi vacíos que se llenan a las mil maravillas con actores y bailarines que encarnan a personajes llenos de emoción. Ojo. La estética casi minimalista del escenario no está reñida con una cuidadísima caracterización de los personajes, con un vestuario impecable y con un magnífico hilo conductor: diferentes números de magia e ilusionismo.
¿A quién se van a encontrar los espectadores en el escenario? Presentarlos a estas alturas ya casi es un pecado. Pero recordemos quiénes son algunos de ellos. Está el Espantapájaros, que el pobre es un poco lelo pero tiene la inocencia de un niño; el hada Glinda, que es efectiva pero a veces mete la pata; está el león cobarde y el propio Mago, que ora es un truhan ora un señor. Con el texto, Mudiartistas hace lo mejor que se puede hacer: respetar el guion, la estructura y los valores de del clásico cuento de L.?Frank Baum.