Aunque ahora -cuando ya queda claro que la operación La La Land se va a saldar con beneficios- puede perderse de vista el riesgo asumido, la verdad es que Universal se la jugó. Lo hizo al aceptar asumir un presupuesto de cerca de 25 millones de dólares para producirle un musical a un director de 31 años que solo presentaba como aval la presuntuosa y -para quién suscribe detestable- Whiplash. En la memoria colectiva estaba la debacle económica de One from the Heart, la reconstrucción de Las Vegas en estudio que condenó a Coppola a vivir el resto de sus días como director esclavo.
La La Land es algo así como la cara luminosa de la oscuridad de la corazonada coppoliana. Pero lo enfático de su complaciente banda sonora no puede cegar las virtudes de una obra que, al mismo tiempo que sosiega a las audiencias mainstream, no duda en coquetear con la idea agridulce de que después de celebrado el sueño de la creación fulgurante, tras el baile deliciosamente torpe de Ryan Gosling y Emma Stone como herido primer amor, resta el «Y no fueron tan felices...» que suscribirían Minnelli, Donen o Jacques Demy, las tres influencias más notorias de esta brillante oda a la algarabía y a su resaca.