Y para temblar en Navidad

Robert Aickman y Angela Carter coinciden estos días en las librerías españolas


Hay algo en la literatura británica que difícilmente se encuentra en otras literaturas, el respeto por el cuento y, en particular, el aprecio por las historias de terror, de fantasmas, de miedo, historias que de alguna manera, a veces humorística, rozan (o invaden) el ámbito de lo extraño, lo extraordinario. No puede ser más oportuno recordarlo a unas horas de que concluya el año Roald Dahl (el 19 de septiembre se cumplió el primer centenario de su nacimiento). Más allá del florecimiento editorial que, con la efeméride, vive el genio galés, dos egregios representantes del esquivo universo de lo fantástico coinciden estos días en las librerías españolas: Robert Aickman (1914-1981) y Angela Carter (1940-1992). Dos escritores peculiares, que habitan la periferia de las letras, autores de culto, pero que no por ello debe calificárselos de menores: su rigor narrativo, inteligencia y talento son un tesoro para el aficionado al género (y sus subgéneros).

Con Las casas de los rusos, el sello de Jacobo Siruela entrega su segunda antología de Aickman, lo que debe rescatarlo del olvido. Queda patente cómo maneja la ficción, con qué sutileza, sin abandonar la realidad conocida, con dominio del factor psicológico y exponiendo cómo el horror convive en perfecta armonía con lo cotidiano. Su prosa discurre con naturalidad mientras va evidenciando las imperceptibles grietas por las que lo siniestro aflora en un espacio perfectamente definido por sus viejos y enigmáticos edificios o un plácido paisaje de bosques y campiña. El misterio puede tomar tintes góticos pero rara vez la tensión empañará la elegancia que impregna la escritura del arquitecto londinense. Como anota Andrés Ibáñez en el prólogo que redactó para Cuentos de lo extraño (Atalanta, 2011), se sitúa «en las antípodas estéticas del patriarca del terror anglosajón, el temible Lovecraft». Y es que, prosigue Ibáñez, en Aickman, «lo sobrenatural es a menudo una intuición, una sombra apenas esbozada».

Algo similar -aunque la explicitud y el humor cobran aquí mayor peso- ocurre en la monumental antología que Angela Carter sirve en Cuentos de hadas, donde la autora recopiló durante años relatos procedentes de diferentes culturas que tienen a la mujer como gran protagonista, una versión femenina que, por supuesto, se halla muy lejos de la que tradicionalmente explotan los cuentos de hadas destinados al público infantil. No hay corrección política alguna en una fiesta que llevará al lector, por los caminos de la oralidad y hasta los Grimm, a volver a temblar como un niño por Navidad.

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