«Nunca he necesitado pelearme por una mujer»

Óscar Martínez encarna a un premio Nobel argentino que vuelve a su pueblo para ser homenajeado pero ¡sorpresa!: vive una pesadilla. A base de verdades gruesas nos arranca la sonrisa, la carcajada y la reflexión con el «savoir faire» de 45 años en la escena. Es el último ganador de la copa Volpi, y «El ciudadano ilustre», un exitazo.


Con tres cuartas partes de orígenes españoles, pero nacido en la capital argentina, Óscar Martínez (Relatos Salvajes) confiesa que lo único que le falta por conocer de España es Galicia. Bienvenido sea pues este artista “autoexigente” y “sin ficha delictiva”, bromea, que recogió en el Festival de Venecia el premio al mejor actor por su papel en El ciudadano ilustre, comedia que en la Seminci de Valladolid ganó la Espiga de Plata y el premio al mejor guion. La clave para reventar taquillas Goya, es reflejar astutamente la ignorancia y otras bajas pasiones humanas de las que nos creemos universalmente exentos. “Aunque venimos de la misma aldea”, nos recuerda parafraseando un proverbio chino.

-El pueblo, para los que lo tienen y viven fuera de él, es a veces un refugio. ¿A qué lugar sueles escaparte para desconectar o refugiarte?

-Tengo una casa a 60 kilómetros de Buenos Aires en un lugar que se llama Los Cardales. Ahí es donde descanso, recargo pilas y me reseteo.

-¿Eres un buen ciudadano?

-Yo soy un buen, buen ciudadano. No tengo antecedentes delictivos de ninguna clase, pago mis impuestos, vivo de mi trabajo y cumplo con todas mis obligaciones sociales y familiares [ríe].

-¿A quién le darías un Nobel?

-Habría que ver en qué categoría, pero no creo que pudiera elegir a nadie solo. Pero a lo largo de mi vida he tenido personas a las que les hubiera dado un premio. Uno es mi padre, ya fallecido, para que viera lo que le amaba y todo lo que hizo por nosotros. Si esto se puede considerar ya un premio, yo se lo di y esto me ha dejado muy tranquilo. Otro, a mi abuela Antonia, de Zamora, analfabeta pero dotada de una sabiduría como pocas veces he visto a pesar de que he tenido la suerte de conocer a gente muy ilustrada y encumbrada.

-¿Cómo se te da eso de decir las verdades tal cual, a la cara, de frente, crudamente? ¿O prefieres ser sutil?

-Cuando era joven, yo era bastante parecido en ese aspecto al protagonista: Mantovani. Solía decir las verdades, o lo que me parecía que era la verdad, sin anestesia. Pero aprendí que no es bueno. Todo depende del vínculo que tengas con la persona, pero, incluso con un amigo, hay cosas que uno no debe decir aunque tengas razón.

-¿Cuál es la verdad que más te molesta que te digan?

-Tengo defectos, como todos, pero no siempre me molestan las mismas críticas. Salvo en las injurias, que ya no se atiende a verdades, cuando nos enfadamos con el portador de la denuncia suele ser por cosas ciertas que tampoco nos gustan de nosotros mismos, aunque a veces somos más flexibles. Pero aunque yo no tengo duplicidades ni nada que ocultar, todos tenemos aspectos que solo vemos cuando los señalan los demás. No somos objetivos con nosotros mismos. Nabokov dijo: “Cuando muera va a haber quien diga que fui un demonio y quien diga que fui un ángel y ambos tendrán razón. Hay que ver qué fue cada uno para cada otro”.

-¿Cuál es el cuento de tu vida?

- Te diría que alguien que siendo muy pequeño tuvo un sueño y una vocación muy temprana, inició un viaje sin saber cuán lejos le llevaría ni lo fantástico que sería al sacarle de su propia galaxia para llegar a otras.

-¿A qué edad sentiste la vocación?

-Tenía 14 años y, sin saberlo, ciertas características que configuraban mi vocación. Ya sentía la necesidad de subirme a un escenario. Pero no imaginé hasta dónde me llevaría el estudio y el ejercicio de la profesión hacia dentro, en la expansión de mi conciencia, y hacia fuera, como ha sido recibir la valiosa copa Volpi en el festival de Venecia.

-¿Y qué tiene esta película para merecerse un Oscar?

-Calidad, excelencia, originalidad, hondura, profundidad. Pero todos sabemos que ser elegidos es un camino difícil y tortuoso donde juegan factores que no son meramente artísticos. “Todos corremos el riesgo”, dijo Borges cuando sonaba su nombre para el Nobel. Pero yo ya trabajé en dos películas que también representaron a Argentina en los Oscar (La tregua y Relatos Salvajes) y aunque El ciudadano ilustre está propuesta por nuestra academia, gane o no ha superado sus expectativas.

-Ha dado en el clavo de muchas cosas.

- Conmociona, interesa y divierte. Produce algo en los espectadores que no es corriente en el cine, menos porque no tiene golpes bajos. Por eso tiene posibilidades. Lo que pensábamos que era una historia argentina parece que no lo es porque en Italia, la recibieron como una película italiana y también es perfectamente una historia española. Por lo que se cumple el proverbio chino: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” porque expone el trasfondo de la naturaleza humana.

-Plagada de ignorancia, por encima de otras muchas cualidades…

- La ignorancia de la mayoría no es un descubrimiento de esta película. España e Italia se identifican con esto porque Argentina está conformada por corrientes de emigrantes españoles e italianos de forma que tenemos mucho de ustedes incluidas sus peores cosas. Todo eso está en nuestro ADN. Pero la ignorancia de Salas también es universal si no el pueblo alemán o al mexicano no se hubiera interesado. La ignorancia, la envidia, el resentimiento y el fanatismo nacionalistas son sus aristas más salientes y estas sí constituyen una metáfora extremadamente real de la Argentina. Y aunque no nos gusta y nuestra realidad es aún más completa, está siendo un éxito de taquilla en Argentina.

-¿Es tenso vivir en Argentina en estos momentos?

-Sí, para mí, sí. El Gobierno ha heredado una bomba muy difícil de desactivar en lo político y en lo social porque durante 12 años se alentó el fanatismo y la adicción, el sectarismo de corte racista. Entonces la situación económica es dificilísima y las polaridades antagónicas nos impiden ocuparnos de los problemas comunes y urgentes. Lo único que se busca es la derrota del enemigo.

-¿Cómo es esto de ponerse en la piel del actor cuando también estás acostumbrado a dirigir?

-Para mí es sencillo. Como actor soy dócil con los directores, tanto si son buenos directores como si no lo son, y, cuando actúo, no analizo lo que cambiaría como director. Pero aunque soy dócil, no acato todo.

-¿Alguna vez has recibido una visita fantasma de una admiradora y te has tirado a la piscina con ella?

-Sí, sí, alguna vez [risas]. Pero yo era más joven que Mantovani en la película. Y he caído como él. ¡Y quién no entre todos los que han vivido una historia parecida! [risas]

-¿Te has peleado alguna vez por una mujer?

-Nunca he necesitado hacerlo y menos a trompadas. Además, lo más importante es lo que la mujer quiera. Pero en algún sentido, a veces hay que pelearlo.

-¿Qué te motiva en la vida?

-El deseo por todo lo que hago, en un espectro amplio y en todas sus manifestaciones, como esta película que me emocionó ya hace cinco años hasta el punto de que esperé por ella aunque el proyecto se cayó dos veces antes de empezar a rodar. Eso me costó un vacío en mi agenda laboral y quedarme meses sin cobrar.

-¿Qué te toca contar ahora?

- No tengo nada concreto en vistas salvo el estreno de Toc Toc (con Paco León y Rossy de Palma), en mayo o junio de 2017. Además editaré un ensayo en marzo con Planeta, en Argentina.

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